Miércoles, 23 de Septiembre de 2026

Milei y Galtieri

ArgentinaLa Nación, Argentina 23 de septiembre de 2026

No hay demasiados argumentos para sostener que la súbita entrega de Milei a la causa Malvinas no se acredita como oportunista

No hay demasiados argumentos para sostener que la súbita entrega de Milei a la causa Malvinas no se acredita como oportunista. La discusión, en todo caso, podría ser otra: a qué se le llama oportunismo. O si no comprende esa categoría, a veces, la potestad de los líderes de producir giros en su derrotero delante de oportunidades inesperadas.

El término oportunista fue introducido en el lenguaje político por los marxistas para descargar reproches a quienes desafiaban las verdades pontificales de la ortodoxia. En tiempos de Lenin, oportunista era todo aquel que hacía observaciones a la lucha de clases. También rotulaban así a burgueses y anarquistas.

A mediados del siglo XIX el hegeliano Auguste Nefftzer, director de la Revue Germanique, dijo que "la política es esencialmente la ciencia del oportunismo". Con el tiempo, la discusión dogmatismo versus oportunismo fue embellecida gracias a que se le empezó decir pragmatismo al arte legítimo de anteponer urgencias circunstanciales a las rigideces del dogma.

El célebre dictum "París bien vale una misa" atribuido a Enrique IV de Francia viene de su conversión de líder protestante en rey católico. Para poder coronarse, Enrique IV abjuró, literalmente, de sus creencias. Los franceses suelen considerar que fue un buen rey debido a que trajo paz, prosperidad y, significativamente, tolerancia religiosa, si bien sufrió doce intentos de asesinato. El último, perpetrado por un fanático católico, resultó exitoso.

Abraham Lincoln, cuando en 1861 asumió la presidencia, no tenía previsto abolir la esclavitud. Sólo quería enfocarse en la unidad del país. Pero al año siguiente la Guerra Civil se estancó, el Norte sufrió graves derrotas y al emitir la Proclamación de Emancipación, Lincoln transformó el conflicto en una cruzada moral contra la esclavitud. Los abolicionistas radicales se sintieron frustrados porque la medida no liberaba a todos los esclavos sino sólo a los de los estados rebeldes, pero apoyaron el cálculo oportunista de Lincoln. Los esclavistas del Sur reaccionaron indignados, la opinión de los soldados del Norte resultó dividida y en las potencias europeas, que venían simpatizando con el Sur por razones comerciales, el giro funcionó a la perfección debido a que franceses e ingleses eran fuertemente antiesclavistas. En 1865, la Decimotercera Enmienda estableció en forma tajante que ni la esclavitud ni la servidumbre involuntaria existirían más en los Estados Unidos.

Otro caso trascendental fue el de Richard Nixon, fervoroso anticomunista procedente del ala más derechista del Partido Republicano, quien aprovechó la ruptura ideológica y militar entre China y la Unión Soviética para aislar a los rusos cuando en 1972 viajó a Pekín a estrechar la mano de Mao Tse Tung y reconfigurar el tablero mundial. En algunos cenáculos de la política norteamericana todavía se dice "Nixon va a China" para representar a un político que hace lo contrario de lo que sus principios dictan. Huelga aclarar que es una sentencia con intención ponderativa.

El mismísimo Perón, supuestamente tan mimetizado con la doctrina axiomática de su elaboración, ofrece en el registro histórico una colección de golpes de timón por temporada. Algunos ejemplos: después de sostener a capa y espada un férreo nacionalismo en la economía durante casi una década, un buen día, en 1955, firmó contrato con la Standard Oil para explotar el petróleo de Santa Cruz (por entonces Néstor Kirchner ingresaba allí a la escuela primaria), lo cual le valió que la oposición llamara "entreguista" a quien había organizado el culto machacador a la "soberanía económica". Ese mismo año, tras el bombardeo de Plaza de Mayo, Perón, súbitamente, se estrenó en el pluralismo. Autorizó por primera vez en casi nueve años y medio a un opositor -Arturo Frondizi- a hablar por radio. Pero apenas un mes después recuperó la silueta original mediante el violentísimo discurso del "cinco por uno". Nada tan dramáticamente contradictorio, sin embargo, como la imposición del terrorismo de estado en 1974 a través de la Triple A para aniquilar a la izquierda peronista a la que el líder había adulado y fogoneado desde el exilio antes de volver al poder.

Para lubricar los vaivenes chirriantes del timón el peronismo hizo suya la jerga militar del líder al que sus seguidores percibían -o perciben- como infalible. Unas veces se invocaban "razones tácticas"; otras, "razones estratégicas". Como fuera, las órdenes del general emanaban siempre de su sabiduría, claro.

Como ejemplo rocambolesco de plasticidad política moderna conviene tener a mano al Menem de 1989, aquel que avisó que se había pasado del peronismo estatista al neoliberalismo recalcitrante -bueno, él nunca lo expresó en esos términos- una vez sentado en el sillón presidencial.

Desde luego, no se pretende acá establecer una comparación de Milei con Enrique IV, Lincoln, Nixon, el encantador de serpientes Perón o la inalcanzable estatura conversa de Menem. Sólo se trata de un recordatorio de que la historia no es producto de un recorrido ceñido a una hoja de ruta o a un ideario petrificado llamado a ser honrado día por día sino que en ella se intercalan, entre otras vicisitudes, giros imprevistos capaces de soslayar al más pulido, al más acabado de los programas ideológicos.

El novedoso maridaje de Milei con la causa pro-soberanía de Malvinas, además, tiene una diferencia fundamental con el formato tradicional de los cambios bruscos de posición. Milei no pasó de sostener una determinada postura a sostener la postura opuesta. No es que venía predicando que las Malvinas son inglesas, se levantó una mañana y se colocó al frente de la reconquista. Obvio que si no hubiera estado alineado desde el vamos con el mandato constitucional de que las Malvinas son argentinas -a la vez un pilar identitario- no habría sido presidente. Simplemente lo que sucedió fue que traía una política malvinera soft, podría decirse, frente al Reino Unido, y se apareció con un nacionalismo agresivo. El asunto ni de lejos pertenecía a la agenda prioritaria del gobierno. Milei lo acomodó de golpe en primera fila. Lo agresivo no es para nada impropio en él, el nacionalismo sí. Pero lo que quizás más contribuyó a que el cambio luciera neutrónico en verdad fue la confluencia de tres cosas.

La primera: él no estaba parado hasta ahora en un lugar nítido en este tema vitalicio de la agenda nacional. Sobre todo, por contraste. La mayoría de los políticos practica el fervor malvinero automatizado bajo el mandato de sintonizar con el sentimiento popular más transversal y más emotivo que existe en el país. Sentimiento que se renovó, se refrescó fuerte con el episodio de la consigna patriótica intrusada en el campo de juego del partido mundialista contra Inglaterra.

En algunas ocasiones Milei, siempre distinto, acarició la teoría alternativa levemente blasfemante de respetar el deseo de los habitantes de las islas, algo a contramano de lo que la diplomacia argentina sostiene regularmente, pero no hay constancias de que hubiera sido la suya una idea consistente, una política oficial, ni de que él conozca el tema en profundidad.

Concentrado como de costumbre en la economía, Milei dio indicios de ver el asunto en el marco de las relaciones económicas con el Reino Unido, seguramente más cerca de la estampa de Carlos Menem almorzando en el Buckingham Palace con la reina Isabel II que de la de Cristina Kirchner tratando de enchufarle en la Cumbre del G-20 a David Cameron una carpeta con las 40 resoluciones de la ONU que instaban a ambos países a dialogar sobre la soberanía para conseguir que el primer ministro británico se la rechazara, se diera media vuelta y retornara a su sillón. Anticolonialismo mediático de la misma fábrica que en otro momento desafió al "imperialismo yanqui" con un alicate.

La segunda razón que amplificó la resonancia del giro de Milei se llama Thatcher. Y la tercera, Galtieri.

La admiración de Milei por Margaret Thatcher, extravagancia que por lo visto no le hizo perder las elecciones en 2023, quizás dejó la idea subrepticia de que al economista libertario no le va la vida, emocionalmente hablando, en la causa Malvinas. Milei practica con Thatcher una disociación pragmática, no recuerda que ella ordenó hundir el Crucero General Belgrano en el que murieron 323 argentinos porque sólo la ve como ícono del liberalismo económico, como líder determinada, inclaudicable: lo suyo. Cuesta imaginarse que el día de mañana un presidente ucraniano diga que admira a Vladimir Putin por sus reformas económicas, su nacionalismo energético o su habilidad política para perpetuarse.

En cuanto a Galtieri, esta podría ser en la Argentina la marca del oportunismo supremo no precisamente genuino. Una dictadura acorralada por no poder resolver el problema de los desaparecidos, la economía, la corrupción, las internas militares, nada. La cual genera una guerra para tapar lo adverso mediante una movida inmensa, onerosa en todo sentido, apropiándose de la causa visceral por excelencia y fabricar bajo una fiebre triunfalista la ilusión de que la mágica unidad nacional volverá insignificantes todos los problemas prexistentes. Ese eco retumba inevitablemente en cualquier nueva escalada diplomática con el Reino Unido. No faltarán quienes crean que la escalada ha sido prefabricada para tapar los disgustos domésticos, especialmente si todo empieza con la suposición de que ahora sí los Estados Unidos están dispuestos a apoyar a la Argentina en el enfrentamiento con Londres.

Galtieri viajó a Washington en noviembre de 1981 y entendió que el gobierno de Ronald Reagan estaba tan agradecido con el financiamiento y entrenamiento de los "contras" nicaragüenses por parte de los militares argentinos, con las prestaciones en la lucha contra el comunismo, que a cambio Estados Unidos se mantendría neutral o apoyaría a la Argentina en su reclamo por Malvinas. Como se sabe, entendió mal.

Ahora es diferente. Milei se inspira en un comentario público de Trump, quien dijo lo que Reagan nunca había dicho: que estaba revisando la posición norteamericana frente a Malvinas. Claro que las bravatas de Trump -esta fue en el marco de un cuestionamiento de los gastos de defensa de los británicos dentro de la OTAN- a veces se invierten como consecuencia de un arreglo o se esfuman.

Merodea un deja vu de algo forzado. Ahora muchas cosas son diferentes. No hay una dictadura ni se trata de riesgos bélicos sino de una tensión diplomática basada en la pretensión británica de quedarse con recursos naturales que pertenecen a la Argentina.

Pero para algo seguramente sirve la experiencia. Por ejemplo, para mostrar que no todos los oportunismos son malos, que las oportunidades políticas hay que aprovecharlas, que para tirarse a la pileta siempre es importante saber antes que tiene agua y que apelar a la unidad nacional detrás de una épica patriótica no siempre da los resultados esperados.
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