Rendirnos o erguirnos
Si nos proponemos estar en la primera línea de la IA, hace falta aprobar las materias previas.
Ofrecer al Uruguay como centro regional -"hub"- para la Inteligencia Artificial es una iniciativa plausible. Tenemos conectividad y experiencia informática. Por tanto, facilitar el "hub" para traer inversiones parece hasta natural. Entusiasma. Pero la exaltación hay que graduarla y, sobre todo, razonarla, para no apostar demás a macro-proyectos externos nunca exentos de efectos secundarios pero siempre exentos de impuestos. También en ellos sigue siendo verdad que no es oro todo lo que reluce.
Para empezar, reparemos. En las mismas horas en que se ventilaba la iniciativa, un despacho de Singapur informa que "las acciones vinculadas a la inteligencia artificial, se desploman en todo el mundo, después de que los líderes de las principales empresas del sector advirtieran sobre los riesgos derivados de esta tecnología". Entre tales riesgos, el principal es que "la humanidad termine perdiendo el control sobre su propio futuro". ¡Casi nada!
En verdad, la posibilidad de que el hombre crease un monstruo inmanejable se ventiló desde mucho antes que la informática levantase vuelo. El Aprendiz de Brujo, balada que el enorme Goethe escribió en 1797, satiriza al mago inexperiente que consigue que una escoba lo sirva, pero no logra detenerla cuando ella por su cuenta se pone a inundarlo todo.
El temor a que lo mecánico domine a lo viviente es parte de nuestro parque de miedos, desde antes de la era cristiana. Pero hoy hay una diferencia: la amenaza no nos llega por acto de imaginación de retóricos, poetas, músicos como Paul Dukas o profesionales de la imaginación como Julio Verne o Walt Disney. Nos lo dicen los hombres de avanzada, triunfadores globales en la cibernética y en las finanzas. .
Ahora que ese riesgo se materializa, no es cosa de esperanzarnos demás con ganancias que ya están retrocediendo y perder de vista que los propios líderes que manejan la Inteligencia Artificial nos ponen en guardia ante lo que pasó de ser ciencia-ficción a constituirse en ciencia-peligro.
Por lo cual, lleguemos o no a constituirnos en centro regional de operaciones, tenemos un deber básico: participar en la defensa de lo humano por encima de lo tecnológico y lo económico.
Y si realmente nos proponemos estar en la primera línea de la IA, para no recibir un implante a contramano de nuestro contexto y para que no sigamos formando islas de triunfadores en un país achatado, hace falta que nos decidamos a estudiar y aprobar las materias previas que dejamos colgadas y tenemos pendientes. Las principales son volver a pensar por cuenta propia, no en la intimidad de los cenáculos sino en todas las aulas, todas las familias y todas las esquinas; y volver a sentir amor profundo e indignación cabal, saliendo del silencio cómplice con que toleramos lo intolerable y dejamos escurrirse nuestra libertad.
Por eso, no es cosa de seguir esperando la medición y la aprobación de los dueños de un mundo que nos espanta con sus guerras y ahora nos amenaza con que "la humanidad termine perdiendo el control sobre su propio futuro". Tampoco es asunto de esperar a los inversores de afuera como el único maná posible.
El camino es otro: ante el bamboleo mundial, desde la actual decadencia nuestro deber es erguirnos como personas y como ciudadanos, para ser, otra vez, nosotros mismos.