Domingo, 27 de Septiembre de 2026

Entre la espada y las urnas

ColombiaEl Tiempo, Colombia 27 de septiembre de 2026

Hablamos de la posible mutación de la Fuerza Pública en actor político

Hablamos de la posible mutación de la Fuerza Pública en actor político. Abrir esta caja de Pandora es un riesgo.
La dirección de EL TIEMPO me ha ofrecido este espacio quincenal para dialogar con ustedes, los lectores. A veces siento que estamos presos de nuestras redes, como si oír opiniones diferentes nos fuera vedado. Por eso me entusiasma escapar de los algoritmos para encontrarnos en un espacio abierto como este. Colombia está en plena mutación. Vemos oportunidades y riesgos. Queremos dar el salto hacia el futuro sin repetir los errores del pasado. De ahí que haya querido comenzar con un tema ligado a nuestro porvenir como democracia. Me refiero al debate sobre si la Fuerza Pública debe poder votar o no. El senador Germán Rodríguez —"El Comandante de la Verdad", en redes sociales— ha presentado un proyecto para permitirlo. Colombia es uno de los pocos países que no lo hacen. Entre soldados y policías no hay consenso: unos dicen que no sufragar los relega a ciudadanos de segunda; otros, que votar los reduce a botín electoral. Pero, en definitiva, ¿qué podría cambiar si pudieran votar? Nuestra larga historia de violencia me hace pensar que quienes tienen el monopolio de las armas no deberían hacerlo mientras están en servicio activo. Hasta las primeras décadas del siglo XX, las elecciones colombianas eran acontecimientos muy conflictivos con las tropas presentes alrededor de las urnas. Desde la Constitución de 1886, ya se establecía que la Fuerza Armada no fuera deliberante. En 1930, con la llegada de los liberales al poder, se suspendió el derecho al sufragio durante el servicio activo para evitar que las Fuerzas Armadas se convirtieran precisamente en un actor partidista. Sin embargo, a finales de los años cuarenta, aparecieron "los chulavitas", un grupo de conservadores radicales que el mismo Gobierno integró a la Policía con el fin de perseguir y matar electores liberales. Luego llegaron "los pájaros" al Valle del Cauca. Estos eran civiles armados que también perseguían liberales y comunistas. Como respuesta, nacieron las autodefensas y las guerrillas. La Violencia siguió creciendo hasta el golpe militar de Rojas Pinilla, en 1953. Estos antecedentes nos llevaron a valorar la tradición civilista de nuestro Ejército y a buscar preservar nuestras Fuerzas Armadas de ser cooptadas electoralmente por algún gobierno de turno. Con Gustavo Petro sentimos que el peligro seguía rondando: emprendió una purga en el Ejército y la Policía para alinearlos ideológicamente, descabezó el alto mando, restringió las operaciones y debilitó la inteligencia, mientras crecían los grupos criminales con los que se había aliado electoralmente. ¿Qué habría pasado si Petro hubiera podido chantajear a nuestros soldados y policías obligándolos a votar por él? ¿Y qué pasaría a futuro si se convirtieran en un botín electoral? El presidente de turno, además de comandante supremo, tiene las herramientas para forzar su adhesión electoral: ascensos, traslados o permanencias podrían definir quién gana o quién pierde las elecciones. En las pasadas contiendas estuvimos a doscientos mil votos de perder nuestra democracia. La Fuerza Pública representa algo más de trescientos cincuenta mil votos. De hecho, la neutralidad política de nuestras Fuerzas Armadas preservó a Colombia de caer —como sí cayó Venezuela— en el caos. El tema es complejo. Hablamos de la posible mutación de la Fuerza Pública en actor político. Abrir esta caja de Pandora es arriesgarnos a repetir errores del pasado. Pero el debate está abierto. Celebro que el senador Rodríguez lo haya puesto sobre la mesa. Colombia está lista para darlo. A fondo. Sin vetos y sin consignas.
EL VOTO DE LA FUERZA PÚBLICA
Ingrid Betancourt Pulecio
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