Del sueño paralímpico a 40.000km por el mundo: la historia de Jimmy Pelletier y su próximo desafío argentino
Jimmy Pelletier llevaba apenas dos o tres semanas internado cuando vio por televisión a un atleta en silla de ruedas que acababa de ganar una medalla de oro en Atlanta, para su país
Jimmy Pelletier llevaba apenas dos o tres semanas internado cuando vio por televisión a un atleta en silla de ruedas que acababa de ganar una medalla de oro en Atlanta, para su país. Tenía 19 años, acababa de sufrir el accidente automovilístico que lo dejó parapléjico y todavía empezaba a descubrir cómo sería su nueva vida. Miró a su hermano y le hizo una promesa: "Un día voy a ir a los Juegos Paralímpicos". Diez años después entró en un estadio en Turín como integrante del equipo de Canadá. Casi tres décadas más tarde, está en la Argentina para afrontar otra aventura: recorrer unos 4000 kilómetros en bicicleta manual como parte de una vuelta al mundo.
Pelletier tiene 49 años y relata aquella escena frente a un auditorio de estudiantes de la Universidad del Delta, en San Fernando. A su lado está Manon Bélanger, su esposa y compañera de viaje. También participan autoridades de la institución y representantes de la Embajada de Canadá, entre ellos el embajador Stewart Wheeler. Frente a ellos, la bicicleta adaptada con la que el canadiense recorrerá durante dos meses rutas argentinas.
Su historia comienza mucho antes, incluso antes del accidente. Pelletier jugaba al hockey y al béisbol. Prefería los deportes colectivos y, según le cuenta a LA NACION, no vivía pendiente de objetivos extraordinarios. "Antes del accidente no pensaba tener metas. Lo que yo quería era divertirme. Siempre practicaba deportes de equipo. No soy alguien individual", dice.
Noviembre de 1996 alteró esa lógica. El accidente significó, según explica, un impacto para él, sus padres y sus dos hermanos. Ya no podía realizar muchas de las actividades que habían formado parte de su vida cotidiana. A las pocas semanas tomó una decisión que hoy utiliza para explicar buena parte de lo que hizo después: no quería limitarse a sobrevivir a su nueva condición; quería adaptarse a ella.
El deporte reapareció pronto. Comenzó con atletismo en silla de ruedas, participó de pruebas de 10 kilómetros, medias maratones, maratones y carreras de pista y llegó a competir internacionalmente. Después encontró el esquí de fondo paralímpico. Aquella promesa improvisada frente al televisor empezó entonces a adquirir una forma concreta.
Turín 2006 fue la consecuencia de ese recorrido. Pelletier integró el equipo canadiense y cumplió el objetivo que había formulado cuando todavía estaba internado. Dos décadas después, el recuerdo que conserva no se concentra únicamente en la competencia. "Fue un sueño que había creado después de mi accidente. Yo me dije que un día iba a estar en los Juegos Paralímpicos", recuerda. Haber trabajado con entrenadores del seleccionado canadiense y medirse con los mejores atletas del mundo formó parte de la experiencia, pero hay una imagen que permanece por encima de las demás: la entrada al estadio. "Eso lo voy a recordar siempre, toda mi vida".
El esquí no fue el último deporte. Más tarde pasó al ciclismo manual, llegó al equipo canadiense y se propuso competir en los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016. Esa vez, sin embargo, eligió no perseguir la meta. Había adoptado en Vietnam a su hija Sarah y entendió que la competencia internacional le quitaba el tiempo que quería dedicarle a ella.
Dejar el alto rendimiento tampoco significó abandonar la bicicleta. En 2015 organizó en Quebec una prueba destinada a recaudar fondos para personas con discapacidades físicas e intelectuales y personas dentro del espectro autista. La primera edición reunió a unos 50 ciclistas. Con los años, la convocatoria creció hasta superar el centenar de participantes.
Tres años después buscó un desafío diferente: subir el Kilimanjaro con una bicicleta manual de montaña. Alcanzó la cima en cinco días y se convirtió, según la información difundida por su organización, en la segunda persona en conseguirlo de esa manera. En 2019 volvió a subir la escala. Partió desde Vancouver, acompañado por Manon, que lo sigue siempre en bicicleta, y otros seis ciclistas, y atravesó Canadá hasta Halifax, del extremo oeste al océano Atlántico, en un recorrido de casi 6000 kilómetros.
Fue cerca del final de aquella travesía cuando surgió una idea que parecía poco más que una ocurrencia. Pelletier pedaleaba; Manon estaba detrás. Después de semanas sobre la bicicleta, le dijo a su esposa: "Me siento como una máquina. Podría dar la vuelta al mundo". Meses más tarde volvieron a hablar del asunto. Esta vez ya no como una fantasía.
El proyecto inicial tenía una austeridad extrema: viajarían solos, con una carpa y lo indispensable para sostenerse durante el recorrido. Hicieron una prueba de unos 1000 kilómetros por Quebec y comprobaron que podían avanzar. Otra experiencia posterior, sin embargo, duró apenas una noche. Pelletier cambió el plan: necesitarían un vehículo y dos personas de asistencia.
Otra vez, la respuesta fue adaptarse: modificaron el plan. En 2025 finalmente comenzó la vuelta al mundo. Inglaterra, Irlanda, Italia, Portugal, Australia, Tailandia, Marruecos, distintos puntos de Europa y Turquía formaron parte de las primeras etapas. Al llegar a la Argentina, Pelletier acumulaba unos 24.100 kilómetros y más de 170.000 metros de desnivel. El objetivo global es alcanzar los 40.000 km.
Las dificultades no siempre aparecen donde podría suponerse. Tailandia, cuenta, fue el lugar más duro hasta ahora por la combinación de temperatura y humedad. Debían comenzar a pedalear alrededor de las siete y terminar antes del mediodía porque continuar durante la tarde resultaba demasiado exigente. En Turquía afrontaron pendientes con temperaturas superiores a los 40 grados. En Marruecos, en cambio, Pelletier alcanzó su mayor velocidad sobre la bicicleta: 92 kilómetros por hora.
Sin embargo, después de 15 meses fuera de casa, el desgaste no está relacionado solamente con el esfuerzo físico. "Lo que es más difícil para nosotros es estar siempre en nuestros equipajes. Ya no estamos en casa", cuenta Pelletier. Él y Bélanger ya pasaron por más de 240 alojamientos. Cada jornada supone abrir el equipaje, prepararse para pedalear, completar el recorrido, llegar a otro lugar y empezar nuevamente. Extrañan su cama, el café en su casa, sus perros, sus hijos y su familia.
Manon conoce otra cara del atleta que acumula kilómetros, cumbres y competencias. "Él es muy auténtico. Lo que ven de él... es realmente eso. Es un hombre que habla mucho. Es muy intenso, expresivo. Cuando no habla, yo le pregunto si está bien", cuenta entre risas a LA NACION.
Bélanger, profesora y autora de Sobrevivir o Adaptarse, la biografía de su marido, no ocupa un lugar secundario en la travesía. Pedalea con él y forma parte de una estructura que Pelletier considera indispensable. También cuentan con dos familiares —su hermano y uno de los hijos de su esposa— que se ocupan de las tareas logísticas mientras ellos estén en el recorrido.
La bicicleta también cuenta una parte de la historia. Fue construida de acuerdo con sus medidas y la extensión de sus brazos, tiene sistemas de freno de emergencia y un radar que le avisa cuando un vehículo se aproxima desde unos 200 metros. Las velocidades varían según el terreno y el viento: puede mantener alrededor de 20 kilómetros por hora o superar los 30 en condiciones favorables. Pero la incertidumbre empieza antes de pedalear.
—¿Qué cosas todavía te dan miedo o te resultan difíciles?
—No puedo decir qué me da miedo. Pero cada vez que llego a un nuevo país y me concentro en hacer los viajes, en encontrar los hoteles, las casas, el alojamiento, en mirar si puedo pasar por ahí, si el camino va a ser correcto, eso siempre me lleva a un poco de ansiedad. Pero después sé que, cuando arranco, me libero.
La accesibilidad modifica el desafío en cada frontera. En Quebec, Pelletier asegura que tiene una autonomía prácticamente total. En el exterior debe descubrir si podrá ingresar a un alojamiento, qué caminos son transitables y qué reglas rigen para su bicicleta. En Australia, por ejemplo, la policía los detuvo porque habían ingresado a una ruta por la que no podían circular y los ayudó a encontrar una alternativa.
La Argentina será la décima etapa. Pelletier y Bélanger permanecerán cerca de dos meses en el país y prevén recorrer unos 4000 kilómetros, con jornadas que los llevarán por las provincias de Buenos Aires, La Pampa, Santa Fe y Córdoba. Será su primera experiencia en territorio argentino. Antes de llegar, solo conocían esos paisajes por fotografías y videos.
"Estamos muy ansiosos por recorrer la Argentina", dice Pelletier. El recorrido arranca este martes. Le atraen especialmente los sectores de costa y menciona a Mar del Plata y Bahía Blanca entre los lugares que espera conocer. También sabe que el mapa puede cambiar una vez que esté en la ruta: "Si hay una ruta que vemos que no es buena, vamos a cambiar el plan".
Durante esta etapa planea completar alrededor de 500 kilómetros semanales y disponer de dos jornadas de descanso. En las anteriores, el esquema habitual rondó los 400 kilómetros por semana con tres días libres.
La vuelta al mundo tiene además un propósito que excede el desafío deportivo. Pelletier recauda fondos para Adaptavie y para el proyecto de un complejo en Quebec destinado a brindar servicios a personas con discapacidades físicas e intelectuales, y personas dentro del espectro autista. Una de las formas de colaborar consiste en adquirir simbólicamente kilómetros del recorrido, a razón de 10 dólares canadienses (más de 10 mil pesos) cada uno, en su sitio web.
La magnitud de la travesía podría convertir el número que resta en una carga. Pelletier todavía tiene alrededor de 15.000 kilómetros por delante. Después de la Argentina llegará la etapa entre San Diego y Miami, en los Estados Unidos, y más tarde comenzará el último tramo hacia Quebec. Por eso desarrolló una estrategia que tiene menos que ver con el entrenamiento que con la manera de ordenar su cabeza.
"Vas a hacer tu primer kilómetro y te decís que hay 39.999 kilómetros por recorrer. Es largo. Es un gran desafío. Nunca sabés lo que te vas a encontrar cada día", explica. Y agrega una presión adicional: "Si me lastimo, no puedo parar. La Vuelta al Mundo no va a parar. Tengo que creer, tengo que tener confianza".
Pelletier cumplirá 50 años en diciembre. Durante casi tres décadas pasó de una meta a otra: primero quiso recuperar una vida activa; después soñó con ser paralímpico; más tarde llegó la competencia internacional, el Kilimanjaro, y, finalmente, 40.000 kilómetros por el mundo.
—Decís que intentás vivir el presente, pero ¿qué viene después? Cuando termine la vuelta al mundo, ¿cuál será el próximo desafío?
—No lo sé. Vamos a vivir ahora. El objetivo es terminar este Tour du Monde. Después, por supuesto, voy a hacer conferencias con mi esposa. Y después veremos. Voy a tener 50 años en diciembre.