Imprudente interpelación al canciller
Sería aconsejable que ni interpelaciones como esta ni otras inconvenientes prácticas vistas durante estos días se repitan.
Siendo la interpelación un mecanismo legítimo, tal emplazamiento público al canciller en el Congreso, aplicado a la política exterior, comprobó su inconveniencia, independientemente del circunspecto y correcto desempeño del ministro en respuesta a las ásperas, políticamente motivadas, preguntas de su interpelador, el diputado socialista Nelson Venegas, que llegó al despropósito de pedir al ministro su renuncia.
En la ocasión se ventilaron sensibles discrepancias respecto de las prioritarias relaciones con Argentina y EE.UU., países con los cuales hay densas e históricas relaciones, negociaciones e importantes programas en curso que aconsejaban la mayor reserva. Nada de eso pareció importarles al interpelador y a los jefes de bancada opositores, con excepción del jefe de la bancada del Partido de la Gente, quien, al igual que el oficialismo, advirtió los daños de la interpelación en estas materias. La instancia hubiera sido perfectamente evitable, pues existen mecanismos de fiscalización de la política exterior exentos de riesgos, como las sesiones e intercambios de documentos secretos.
Aparte de críticas por eventuales descoordinaciones entre ministros en materia de política exterior, aumento de embajadores políticos ajenos a la diplomacia y reproches por declaraciones del embajador de Estados Unidos, aspectos públicamente opinables, la interpelación se concentró en temas reservados, como el desencuentro con Argentina por el Estrecho de Magallanes, sin considerar que los presidentes Milei y Kast, en declaración conjunta, reiteraron la plena soberanía chilena del Estrecho; aspectos limítrofes pendientes, y las derivaciones del Escudo de las Américas, desconociendo las limitaciones introducidas por Chile, que garantizan la no discriminación entre países en sus aspectos económicos y la subordinación de los acuerdos a la legislación chilena.
Con todo, se debe seguir insistiendo en la libertad de comunicaciones y servicios logísticos desde Magallanes a las islas Malvinas, y en la eliminación de la mención al Estrecho de Magallanes como un espacio compartido -específicamente "para su exploración, estudio y control conjunto", según decreto 457 de 2021 argentino-, y atento a los permanentes intentos de sectores nacionalistas de ese país por limitar la soberanía nacional del Estrecho.
El Escudo de las Américas puede crear suspicacias por ser una iniciativa del gobierno de Donald Trump, que emplea la coerción y transgrede acuerdos y tratados. Sin embargo, además de las protecciones mencionadas en favor del respeto de la legislación nacional, habría que destacar que son 16 países los participantes, incluidos nuestros tres vecinos y la casi totalidad de Sudamérica. De no participar Chile, los demás obtendrían ventajas para la defensa de su soberanía, en cooperación militar, económica, tecnológica, intercambio de información e inteligencia humana y artificial. Además de conducirnos al aislamiento en nuestro hemisferio, marginarnos dificultaría enormemente la lucha contra el crimen organizado y la migración irregular.
Así como no hay precedente de una interpelación a un canciller, tampoco hay registro de una declaración conjunta de expresidentes que cuestionen decisiones en materia internacional de un presidente en ejercicio, ni de infidencias de una reunión reservada de excancilleres con el ministro.
Aconsejable sería que interpelaciones sobre política exterior e inconvenientes prácticas como las mencionadas no vuelvan a repetirse, por dificultar la gestión diplomática y dañar la reputación y unidad nacional en materia internacional, que ha sido una tradición hasta ahora respetada.