Sábado, 03 de Octubre de 2026

Tres luces negras

ColombiaEl Tiempo, Colombia 3 de octubre de 2026

UNA HISTORIA QUE DEBE CONOCERSE MEJOR
Kandya Obezo Casseres
Hay una frase que me ronda la cabeza desde hace unos meses

UNA HISTORIA QUE DEBE CONOCERSE MEJOR
Kandya Obezo Casseres
Hay una frase que me ronda la cabeza desde hace unos meses. Apareció en la película Yo vi tres luces negras, del director Santiago Lozano, y la decía un padre que intentaba hacer las paces con la muerte sin sentido de su único hijo. La escena transcurre de noche, en la espesura de la selva, entre fusiles, camuflados y la precariedad misma de los campamentos de la guerra. El protagonista, don José de los Santos, llegó retenido y ahora está obligado a curar a un herido. Hay saludos afectuosos, tensión, viejas anécdotas y sospechas. Los hombres que están allí conocieron a su hijo, jugaron con él. Años después, también lo asesinaron. "A mi hijo lo mataron los mismos que crecieron jugando con él", reafirma más tarde el protagonista, como para que no queden dudas de que los que terminaron enfrentándose no siempre fueron desconocidos. Muchas veces habían sido vecinos. Para quienes vivimos el conflicto desde la sala de nuestras casas, la ficción es realmente poderosa. Les da rostro, cuerpo, paisaje, sonido y emociones a sucesos que, de otro modo, permanecerían como fechas, conceptos o cifras. En Yo vi tres luces negras, la violencia no solo está representada en la muerte. Está en el río, la mina, el duelo, las relaciones rotas y la gente que decide quedarse. El cine saca la guerra de los archivos y los monumentos y la devuelve a la pantalla grande convertida en experiencia humana y, de alguna manera, también en memoria visual compartida. He vuelto a pensar en esa película viendo la nueva adaptación de Cien años de soledad para Netflix. En el episodio seis de la segunda temporada, en el tiempo que parece congelarse justo antes del ruido de los fusiles, en los muertos que no cuadran, en el silencio y en el olvido que después quisieron imponerse. De repente, un relato que durante décadas había hecho trabajo de memoria mediante la literatura adquiere una capacidad de circulación global que nunca había tenido. Quizás, así como yo me pierdo durante horas viendo series históricas sobre las dinastías chinas o tratando de entender mejor la ocupación japonesa de Corea entre 1910 y 1945, la masacre de las bananeras puede entrar en el imaginario de alguien en Seúl, Roma o Montevideo que jamás había oído hablar de ella. Las sociedades no recuerdan espontáneamente. Construyen formas de hacerlo. Las novelas, las películas y las canciones no reemplazan la historia, pero mantienen abiertas preguntas incómodas y conversaciones pendientes. Así lo ha hecho el cine argentino con La historia oficial, o más recientemente el brasileño con Ainda estou aqui, volviendo una y otra vez sobre las dictaduras y las desapariciones hasta instalarlas como referencia compartida dentro y fuera de sus fronteras. Nosotros también hemos contado historias que hoy circulan internacionalmente con éxito. El narcotráfico, los carteles y los sicarios llevan años ocupando un lugar enorme en el repertorio desde el cual otros nos imaginan. Cuando salí del cine aquella tarde, tuve la sensación de que Yo vi tres luces negras debería verla mucha más gente. Producciones como esa necesitan una segunda y tercera vida. Llegar a los colegios, universidades, cineclubes, plataformas, centros culturales, embajadas y consulados, y volverse referencias a las que una generación pueda regresar. Tal vez la verdadera batalla cultural pendiente sea que don José de los Santos deje de ser una excepción de festival y se convierta en algo tan reconocible como un capo o un sicario. Otra historia con la que también podamos explicarnos a nosotros mismos.
Las novelas, las películas y las canciones no reemplazan la historia, pero mantienen abiertas preguntas incómodas y conversaciones pendientes.
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