Martes, 06 de Octubre de 2026

Otro país, otra política

ChileEl Mercurio, Chile 6 de octubre de 2026

La política sigue mirando a una sociedad que se desvanece y no termina de reconocer la que tiene delante.

La política chilena sigue ofreciendo lo de siempre: partidos que hablan en nombre de clases, credos o tradiciones, y que esperan lealtades de larga duración. El problema no es necesariamente la calidad de esa oferta. Es que fue concebida para una sociedad que ya no existe.
En su lugar hay lo que Kathya Araujo ha llamado desapego: personas que entran y salen de lo colectivo según las circunstancias, que confían más en los cercanos que en las reglas y que se relacionan con las instituciones de manera instrumental. Detrás está la individuación: sujetos con planes de vida propios, poco dispuestos a dejarse uniformar. Las instituciones tradicionales de integración han perdido capacidad para ordenar esas trayectorias bajo una misma norma.
No todo es modernización. Hay también algo de "latinoamericanización": una relación con el Estado nacional menos identitaria y más instrumental, en la que este deja de ser una fuente de sentido y pasa a ser un proveedor más.
Nada de esto es enteramente nuevo. Lo nuevo es la velocidad. Y hay al menos tres procesos que la están acelerando.
El primero es demográfico. Entre 2017 y 2024 la población nacida en el extranjero duplicó su peso y hoy representa el 8,8% del total. En 2025, casi uno de cada cinco nacimientos fue de madre extranjera, mientras la fecundidad cayó por primera vez bajo un hijo por mujer. En Tarapacá, casi uno de cada cuatro habitantes nació fuera de Chile; en Los Ríos, uno de cada cincuenta.
Hay dos Chiles: uno nacido aquí, que envejece y tiene cada vez menos hijos, y otro más joven, que llegó a trabajar y hacer su vida acá. Los partidos le hablan básicamente al primero; el segundo está fuera de su radar. Con él se vuelve más visible esa relación instrumental con lo público: el Estado se usa, se sortea o se elude; la protección se busca antes en la familia y las redes cercanas.
El segundo proceso es tecnológico. Las plataformas han hecho menos necesarios a los intermediarios. Cada cual puede informarse, comprar, vender, opinar, organizarse o protestar sin pasar por ellos. Las redes no crearon la individuación, pero la aceleraron.
El tercero, acaso aún más profundo, es el retroceso del orden patriarcal, que ha reorganizado la familia, el trabajo, la crianza y también la política. Durante mucho tiempo esta descansó en varones liberados de gran parte de las obligaciones domésticas, que encontraban en la vida pública una forma de realización y reconocimiento. Ese modelo se ha ido desarmando, lo que deja a algunos hombres con la sensación de haber perdido su lugar, terreno fértil para quienes prometen devolvérselo.
La distancia entre la oferta política y la experiencia social se hace cada vez mayor. La política sigue pensando en bloques, programas, organizaciones y lealtades relativamente estables. Una parte creciente de la sociedad se mueve de otro modo: pide protección rápida, desconfía de las mediaciones, cambia de adhesiones y se refugia en lo cercano.
La inmigración, el nuevo lugar de las mujeres y el algoritmo no son episodios pasajeros. No hay gobierno que pueda revertirlos.
Pero no todo es disolución. La misma individuación que debilita las antiguas lealtades permite escoger nuevas pertenencias. La inmigración trae una fuerte aspiración de movilidad. La tecnología abre caminos para trabajar y emprender sin tantos intermediarios.
La política no puede seguir hablándole a un país que ya se fue. Asegurar mínimos comunes sigue siendo indispensable, pero ya no basta. Una sociedad más individualizada pide oportunidades para moverse, elegir, progresar y protegerse de riesgos inmediatos.
Nada de esto se parece a la cohesión antigua, ni tiene sentido reconstruirla. El problema es otro: la política sigue mirando a una sociedad que se desvanece y no termina de reconocer la que tiene delante.
Es otro país, y pide otra política.
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