La sorpresa Bachelet
La exmandataria busca mantener influencia en una izquierda aferrada al pasado.
En una entrevista en el canal de la Universidad de Concepción, se le consultó a Michelle Bachelet si "no había segunda sin tercera". Ella respondió, luego de varios segundos de silencio y entre risas, con un dos veces, "sí, yo creo que sí". Con ello, abrió la posibilidad de ser candidata a la Presidencia de la República por tercera vez. Lo sorpresivo, prematuro e inesperado de su revelación dejó al mundo político y a los analistas escudriñando sus razones.
Al revés de las postulaciones anteriores, en las que se mantuvo dubitativa durante un largo período, ahora ha dejado entrever su aparente interés cuando todavía faltan más de tres años para las elecciones. Como se trata de una figura nacional importante, referente de la izquierda criolla, llama la atención que el cuidadoso y prolongado cálculo previo al anuncio de sus candidaturas anteriores haya sido dejado de lado en esta ocasión. Esto admite diversas interpretaciones.
En un extremo, podría indicar que, más que buscar una candidatura, le interesa mantener su vigencia e influencia en el devenir de la izquierda chilena, y este anuncio le da la visibilidad y la atención necesarias para lograrlo, especialmente luego de su fallida postulación a la Secretaría General de la ONU. En esta interpretación, no le preocuparía el hecho de que normalmente las candidaturas tan anticipadas y sin otros contendores se desgasten antes de llegar a la meta, porque no sería eso lo que busca.
En el otro extremo interpretativo, en cambio, aunque la decisión de ser candidata no la haya tomado de manera definitiva, este planteamiento le permitiría instalar su figura por encima del resto de posibles contendores, en un momento en que no hay claridad en su propio sector y abundan las vacilaciones en el oficialismo. A partir de ambas constataciones, ella podría liderar la construcción de una oposición con mayor protagonismo y fuerza que, eventualmente, conduzca a una candidatura.
Pero, cualesquiera hayan sido los motivos detrás de este anuncio, una postulación de izquierda -de Bachelet o de cualquier otro- enfrenta importantes desafíos. Por de pronto, la ausencia de una autocrítica aguda respecto de los gobiernos de Bachelet II y Boric, así como de la vergonzosa actitud del sector en los días del estallido y de su apoyo al rechazado texto constitucional de la Convención. Se suma a ello, y es a la vez su consecuencia, la carencia de un proyecto político convocante, más allá de algunas vaguedades, como el "país más justo" del que habla Bachelet o "los sueños de cambio" que llevan a Boric a rechazar la moderación. Eso complica la capacidad de convocatoria de una candidatura de este sector, salvo que pretenda basarse solo en el bajo apoyo actual del Gobierno. Ello constituiría una apuesta arriesgada, no solo porque a este le quedan aún tres años para mejorar y mostrar los resultados de sus iniciativas, sino además porque, en el cambiante paisaje político contingente, no es claro que los ciudadanos vayan a considerar a una izquierda aferrada a rostros e ideas del pasado como una alternativa creíble.