El acercamiento de Uruguay a la OCDE abre una oportunidad para el Mercosur, cuyos socios avanzan hacia reglas compartidas que pueden fortalecer la inversión, la competitividad y su integración.
Por Marcelo Scaglione / Director General del Centro Internacional para la Convergencia de América Latina con la OCDE y con sus países miembros y exsubsecretario de Estado (2016-2019) a cargo de liderar el acceso de Argentina a la OCDE.
El 29 de setiembre, en la apertura de la Cumbre Ministerial de la OCDEpara América Latina y el Caribe, el ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone dijo que ser miembro del organismo es un camino que Uruguay "empieza a discutir". Agregó que al país le conviene estar en las mesas donde se escriben las reglas, en lugar de recibirlas hechas. La frase podría ser leída como una noticia uruguaya. Yo la leo como una noticia del Mercosur. Uruguay llega a ese punto con credenciales propias. En 2009 figuraba en una lista de la OCDE por su política de intercambio de información tributaria. Reformó, superó la revisión entre pares y en 2015 entró como observador al Comité de Asuntos Fiscales y al Centro de Desarrollo. Hoy, según Mathias Cormann, secretario general de la OCDE, el país participa en 10 ámbitos del organismo y adhirió a 21 instrumentos jurídicos. Su sistema político casi no discute la dirección, y eso vale más que cualquier cumbre: las reformas duran más que un gobierno.
Además, Uruguay copreside junto a Costa Rica el Programa Regional de la OCDE para América Latina y el Caribe 2026-2029. El país que empieza a discutir su lugar ya ayuda a fijar la agenda de la región. Para el Mercosur, eso significa tener una voz propia en esa conversación.
Ahora miremos el mapa completo de nuestro bloque. Argentina presentó su candidatura para ser país miembro en 2016, recibió la invitación en 2022, la aceptó en 2023, adoptó su hoja de ruta en 2024 y presentó su memorando inicial en 2025. Brasil entregó el suyo en octubre de 2022, con 108 de los 270 instrumentos de la OCDE ya adoptados. Paraguay firmó en junio de 2025 su Programa País, por tres años renovables y con cinco pilares que van de la política social a la transparencia. Uruguay comienza a decidir su lugar en el Mundo OCDE.
Sé bien lo que cuesta cada año perdido. En junio de 2016 comencé a recorrer en París las embajadas de los países miembros de la OCDE. Algunos me recibían de pie, como para dejar claro que la reunión sería corta. Veníamos de un país que cambiaba de posición con cada gobierno. En 2019 volví a muchas de esas puertas con el informe de lo cumplido. De ahí mi convicción de que las puertas se abren con la palabra cumplida. Uruguay, por historia, ya tiene esa carta de presentación.
Imaginemos un inversor de Silicon Valley, de Seúl o de Paris que evalúa una planta en el bloque. Hoy lee cuatro regímenes distintos. Con los cuatro socios dentro del mismo marco, empieza a leer reglas que ya conoce. El acuerdo con la Unión Europea, desde el 1° de mayo de 2026, nos abre un mercado de 450 millones de consumidores. Las reglas compartidas por los cuatro socios del Mercosur van a decidir cómo se atraviesa y cuánto se gana de ese mercado.
La OCDE no es una fórmula mágica. Corea entró en 1996 y hoy su ingreso por habitante es comparable al promedio de la organización internacional. Polonia más que duplicó su posición relativa, con la Unión Europea a su lado desde 2004. El marco rinde según quién lo use. Ignacio Munyo se preguntó, tras la visita de Cormann, si Uruguay "va a dar el paso y ser miembro pleno". Cormann, por su parte, recordó en Montevideo que la productividad por hora de la región equivale al 38% del promedio de la OCDE. Esa brecha es la agenda. Nuestra agenda.
Uruguay tiene además una ventaja que no se compra: instituciones que funcionan y una credibilidad que el propio Cormann destacó en Montevideo. Con ese capital puede ser el laboratorio donde el bloque ensaya cómo se incorpora un instrumento de la OCDE sin perder velocidad ni soberanía. Lo que funcione allí lo pueden adoptar Paraguay, Argentina y Brasil. La reflexión ya llegó a la academia: Carlos Loaiza-Keel, a quien acompañé como codirector de su tesis doctoral, presentó en la sede de la OCDE, en París, su libro sobre el acceso como hoja de ruta para un país periférico. La pregunta de Uruguay ya se discute con rigor en la casa de la OCDE, donde se piensa el nuevo mundo.
El horizonte es más amplio que el bloque. México, Chile, Colombia y Costa Rica ya son miembros de la OCDE, y ninguno pertenece al Mercosur. Argentina, Brasil y Perú están en proceso de acceso. Paraguay avanza con su Programa País y Uruguay comienza a decidir. Si ese conjunto llega a término, América Latina será la segunda región del mundo en la OCDE, después de Europa. Cada país que converge deja instituciones más sólidas, una macro y una microeconomía más ordenadas, más capital humano y social, y un ambiente mejor preservado.
Hay dos decisiones que mueven la aguja. La primera es de Montevideo: fijar una hoja de ruta con plazos y responsables. La segunda es del bloque: abrir un espacio donde los cuatro socios comparen avances, instrumento por instrumento, y se apoyen entre sí. En ese espacio la experiencia cuenta: quienes recorrimos parte de este camino en la Argentina aprendimos qué sostiene un proceso y qué lo frena, y esas lecciones están a disposición de cualquiera de los cuatro socios. Ningún tratado nuevo lo impide. Basta voluntad política y una agenda compartida.
Pocos bloques tuvieron la oportunidad de llegar a las mesas donde se escriben las reglas con cuatro socios convergiendo a la vez. Uruguay, el momento es ahora.