La autora chilena habló con El País sobre "Marciano", la novela que nació de cuatro años de diálogo con Mauricio Hernández Norambuena: una fuga épica, cárcel, libros y desacuerdos que siguen abiertos.
En diciembre de 1996, Mauricio Hernández Norambuena escapó en helicóptero de una cárcel de máxima seguridad en Chile. La escena tenía todo para quedar fijada en la épica: un guerrillero, una fuga imposible y un hombre convertido desde entonces en héroe para unos y villano para otros.
Años después, Nona Fernández fue convocada para trabajar en el guion de una serie internacional sobre el "comandante Ramiro". El proyecto quedó trunco, pero le abrió una puerta que terminaría llevándola bastante más lejos. Fernández empezó a visitarlo, conversó con él durante cuatro años y encontró, detrás del personaje que conocía Chile, una historia mucho menos cómoda de contar.
Frente a ella, el mito empezó a mostrar otras capas. Hernández Norambuena recordó que durante aquella fuga le dolía un brazo, estaba "cagado de susto" y pensaba que se iba a morir. Le habló de los libros que lo sostuvieron durante años de encierro, de las partidas de ajedrez que jugaba en su cabeza, de sus conversaciones con personas muertas y también de aquello que todavía consideraba peligroso revelar. Fernández, mientras tanto, discutió con él, se dejó llevar por algunas de sus historias y marcó distancia frente a otras.
De esos encuentros nació Marciano, una notable novela que renuncia de entrada a la ilusión de reconstruir una vida sin fisuras. La memoria avanza a saltos, las versiones se superponen y se contradicen, la autora entra y sale del relato y Hernández Norambuena incluso lee y comenta algunos de los libros que lo acompañaron en prisión. En lugar de resolver las contradicciones de su protagonista, Fernández las deja trabajar.
Nacida en Santiago en 1971, escritora, actriz y dramaturga, Fernández es una de las voces más destacadas de la narrativa chilena contemporánea. La dictadura, sus rastros y las formas en que una sociedad recuerda o intenta olvidar atraviesan libros como Space Invaders, La dimensión desconocida y Voyager. En Marciano vuelve a ese territorio desde un lugar especialmente complejo: escuchar durante años a un hombre cuya historia reúne militancia, violencia política, clandestinidad, cárcel y una relación inesperadamente intensa con los libros.
La novela se consigue en librerías uruguayas por 1.190 pesos. Días atrás, antes de presentarla en la Feria del Libro de la Intendencia de Montevideo, Fernández recibió a El País en un hotel de Ciudad Vieja. Durante casi una hora habló de la imposibilidad de contar una vida, de la memoria como material literario, de los libros que pueden sostenerla y de lo que ocurre cuando dos personas se escuchan durante cuatro años aun sabiendo que hay asuntos sobre los que nunca van a estar de acuerdo.
En Marciano aparece desde el comienzo la imposibilidad de contar una vida. ¿Hasta dónde se puede narrar la vida de otro?
Yo creo que es imposible. Contar nuestra propia vida es imposible, ¡imagínate la vida de otro! (risas). Asumiendo esa imposibilidad podemos entrar a jugar. Ese fue el desafío del libro. Además, tenía dificultades técnicas para registrar nuestras conversaciones, así que sabía desde el inicio que esto no iba a ser textual. Lo que Mauricio me contaba ya estaba pasado por su memoria, por sus propias curatorías, conscientes o inconscientes, y después iba a pasar por mi memoria, o por mi mala memoria. Había muchas capas que disolvían la historia real, o eso que podemos llamar realidad. Tenía que asumirlo y transparentarlo también. No pretender que esto fuera una biografía ni un libro que contaba una historia real. Por eso me parecía importante que el género que hospedara este libro fuera la novela. Entender que esto es una ficción y que la memoria también está escrita como una ficción. El recuerdo es caprichoso. Nuestros puntos de vista también.
La memoria atraviesa buena parte de tu obra. ¿Con el tiempo empezaste a reconocer ahí una especie de proyecto literario?
Ahora, con más conciencia, puedo verlo. Cuando escribimos no somos muy lúcidos. Pero cuando una ya tiene la edad que yo tengo y puede mirar hacia atrás, por supuesto que me doy cuenta de que eso es parte de un proyecto: ir desentrañando las maneras de contar algo que está en ese territorio resbaloso entre lo personal y lo público o lo colectivo. Las historias, incluso las más personales, son profundamente colectivas porque están enredadas en un contexto, en un patrón, en un guion que nos toca vivir. Somos parte de una trama. Incluso lo más personal es parte de esa trama. Mauricio me regaló algo muy concreto en ese sentido. Cada vez que me iba a contar una acción en la que había participado, me decía: "Yo te voy a contar, pero desde mi trama, porque estas acciones son organizadas por muchas personas. Yo sabía lo que tenía que saber. No sabía más. Había muchas más cabezas pensando esa acción, pero yo soy una hebra dentro de ella". Y ahí también aparece que, en la trama de la gran Historia, nosotros somos solo una hebra. Somos siempre personajes secundarios.
Hay un capítulo muy conmovedor sobre la lectura y sobre cómo los libros sostuvieron a Mauricio durante sus años de encierro. ¿Qué encontraste ahí?
Cuando entré a verlo por primera vez, una de las primeras cosas que hicimos fue hablar de libros. Él sabía quién era yo, me había leído, y me sorprendió mucho su calidad lectora. Lee muchísimo. Eso desbarató completamente mi prejuicio. Yo pensaba encontrarme a un caballero de los años setenta muy cuadrado, buscando todavía esa épica de las acciones, e inmediatamente me di cuenta de que la literatura había ejercido un rol fundamental en su vida y había ampliado completamente su sensibilidad y su modo de pensar. Además, hizo carne una teoría que yo siempre he tenido: que los libros salvan vidas. Yo siempre digo que a mí los libros me han salvado, pero en mi mierdita de vida pequeña, de señora llena de privilegios (risas). Cuando Mauricio me cuenta lo que los libros hicieron por él, esa teoría se confirma de una manera mucho más radical. De verdad, los libros lo sostuvieron. Le permitieron vivir otras vidas posibles que no eran necesariamente la prisión de alta seguridad o el presidio en Brasil, que fue muy duro. Le devolvieron vida, le devolvieron paisajes, le abrieron paisajes. Es un poco lo que nos pasa a todas, pero acá mi teoría se lleva a lo más radical posible. Y eso fue un regalo increíble.
El proyecto empezó como una serie. ¿Cuándo te diste cuenta de que ahí también había un libro?
Me convocó una productora cuando Mauricio acababa de ser extraditado a Chile. Para mí el tema de la lucha armada siempre ha sido interesante porque es algo muy incómodo en Chile, algo que todavía no entendemos bien cómo pensar. Entonces me parecía muy interesante poder conocerlo y conversar con él de primera mano. Partimos en pandemia, así que al comienzo nos escribíamos. Pero cuando por fin pudimos vernos, empecé inmediatamente a interesarme por todo aquello que la serie no me pedía: su encierro, sus estrategias para mantenerse ahí, el tiempo, su memoria. La serie necesitaba las acciones, lo épico. Todo lo otro se me quedaba afuera. ¿Cómo ponía en una serie la profundidad de lo que significaba leer para él, o cómo esos libros lo hacían entablar conversaciones consigo mismo y con su pasado? Después los productores se pelearon y todo se fue al carajo. Pero yo ya tenía un año de conversaciones y, además, un lazo con Mauricio. No podía cortar eso de un día para el otro. Yo no soy periodista, no soy historiadora. Soy una escritora, una señora que escribe. No entraba a esas conversaciones intentando ser objetiva. Entablé un vínculo. Cuando la serie se cayó le propuse hacer un libro. Y él me dijo algo que siempre cuento porque me parece muy especial: "Es tanto lo que la literatura me ha dado que, si yo puedo pagarlo de alguna manera y ser un personaje literario, sería estupendo". Y seguimos conversando tres años más.
¿Se impusieron reglas para trabajar juntos durante todo ese tiempo?
Sí. La primera se la doy yo. Le digo: "Mira, yo aquí entro y todo lo que conversemos a mí me sirve. Por lo tanto, si tú quieres que algo no aparezca en el libro, edítalo tú y no lo pongas sobre la mesa, porque yo voy a usar todo lo que dices. Si después me dices 'no, eso no', nos pones en un problema". Y él me pone otra regla. Me dice: "Yo no quiero leer nada. No quiero leer absolutamente nada porque, independientemente de que me pueda encantar, siempre voy a tener un punto de vista y no quiero tergiversar tu libertad creativa". Y yo pensaba: "Pero el comandante Ramiro." (risas). Eso habla de cómo él ha ido comprendiendo la literatura y del respeto que le tiene. De todas maneras, en dos oportunidades le di a leer parte del trabajo porque quería que entendiera qué estaba haciendo. Veía cierta inquietud en él por no comprender qué tipo de libro era. Cuando lo entendió, se relajó mucho más y jugó más el juego.
La figura del extraterrestre ya atravesaba libros como Space Invaders. ¿Por qué Mauricio termina siendo un "marciano"?
Yo misma no lo sé del todo. Siempre me lo preguntan y todavía estoy elaborando la teoría (risas). Pero creo que está la imagen de lo alien, de lo otro, de lo extraño que pertenece a nuestra realidad. En mi obra se encarna mucho en el otro político. En el caso de los marcianitos de Space Invaders, los marcianitos éramos nosotras mismas, que estábamos en la calle reclamando por algo, y llegaban los tanques terrícolas, que eran los tanques policiales, y nos disparaban. Concretamente nos disparaban.En el caso de Mauricio, la metáfora llega con todo porque él es un ser de otro planeta. En la realidad cotidiana que vivimos es un completo marciano. Ya no existe gente así. Es como una raza que ya no existe. Por ahí hay algunos dando vueltas y los encontramos, sin duda, pero son alienígenas. Los miramos y decimos: "Ya no existen".
En el libro buscás a Mauricio detrás del comandante. ¿Cuándo entendiste que ese era el camino?
Eso apareció casi de inmediato. Yo diría que en las dos o tres primeras conversaciones. Para mí era importante entender cómo se había construido el comandante, porque en Chile conocemos al comandante. El comandante tiene una voz, tiene un discurso, tiene una épica. Una de las primeras cosas que hablamos fue la fuga en helicóptero. Y lo primero que él me dijo fue que le dolía el brazo, que estaba cagado de susto, que pensaba que se iba a morir. Todo el mundo espera que en ese momento haya tenido una epifanía sobre la libertad. Y él no pensó ninguna cosa sobre la libertad. Nada. Estaba realmente muerto de miedo. Yo lo encontré delicioso. Tú vieras cómo la izquierda narra épicamente esa fuga, y también está muy bien. Pero creo que es interesante quebrar esa narrativa y complementarla con otra: encontrar en esa superfuga al personaje que tenía miedo, que no sabía qué hacer y que lo único que pensaba era que se iba a morir.
¿Para qué voy a contar lo que ya se ha contado? Yo quería contar a Mauricio, que tiene miedo y que no piensa un carajo. No piensa épicamente, no piensa en la frase para la Historia. Esa fue la hebra con la que tracé el libro. Además, normalmente se nos enseña la Historia a partir de villanos y héroes. Mauricio es un personaje muy polémico en Chile: una mitad del país cree que es un héroe y otra mitad cree que es un villano. Pero cuando empiezas a profundizar sobre el villano o sobre el héroe y descubres a una persona común y corriente, como tú o como yo, que en un momento de su vida tomó ciertas decisiones y siguió trabajando a partir de ellas, la historia se vuelve mucho más desafiante. Porque entonces dices: "¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo? ¿Qué haría yo? ¿Qué he hecho yo? ¿Qué hago yo en el tablero de ajedrez de la Historia que estamos viviendo? ¿Cuál es mi lugar?".
Hacia el final aparecen tus desacuerdos con él, especialmente en torno al secuestro. ¿Por qué tenían que quedar adentro del libro?
Porque este no podía ser el libro del comandante héroe. Es un libro sobre Mauricio y yo no podía dejar fuera las razones por las que está en la cárcel. Habría sido una trampa tremenda para él, para mí y para quien lee. Esos temas los dejé para el final porque eran los más difíciles y los más complejos. Yo misma necesitaba pasar por todo el recorrido antes de llegar ahí. Y no estábamos de acuerdo. Sobre todo con el tema del secuestro, no llegamos nunca a un acuerdo. Me parecía importante ponerlo. También ahí entendí la forma del libro. Primero pensé que la voz de Mauricio debía ser la voz principal. Pero si yo asumía su voz en una especie de travestismo literario, no podía torcerla para darle un punto de vista distinto. Tenía que ser leal a esa voz. Entonces pensé: "¿Qué hago con mi propio punto de vista?". No puede quedar fuera porque el libro es mío. Y en algún momento entendí: esto es una conversación. Me pareció pertinente explicitar un diálogo en un momento en que dialogamos poco y escuchamos poco. Esto fue un ejercicio de escucha y de conversación, incluso cuando no teníamos el mismo punto de vista. Y hay algo interesante: nos modificamos. Cuando de verdad estableces un diálogo en profundidad con alguien y tienes buena disposición, te modificas. Yo no salí de esa conversación de cuatro años siendo la misma, y Mauricio tampoco. Él es un marciano para mí, y yo soy una marciana para él.
Hay una idea que termina llevando Marciano hacia el presente: una generación tuvo un sueño colectivo y se jugó por él. ¿Sentís que ahí está el corazón del libro?
Sí. Mauricio me decía mucho: "Nosotros intentamos algo. Ya, no resultó y tenemos que estar claros en que no resultó. No funcionó. Pero lo intentamos, y lo intentamos con todo". Había un sueño colectivo, una utopía que atravesó un continente. Y no hay que pensarlo solamente en la política: hay que pensarlo en las canciones, en los movimientos, en todo. Había una energía muy fuerte. Eso no ocurrió, lo sabemos. La revolución socialista no ocurrió. Pero eso no quiere decir que no podamos seguir intentando algún otro sueño. No tiene por qué ser ese. Ha pasado tiempo, vivimos otro mundo, la contemporaneidad es otra, pero tenemos todo el derecho, incluso el deber, de inventarnos un sueño y caminar hacia él. Yo creo que para mí ese es, de alguna manera, el corazón del libro. Creo que eso también explica algo de lo que Marciano provoca. Hay una necesidad de eso. El libro es triste, yo lo sé. Deja mucha nostalgia y mucha tristeza, pero también deja una pregunta por el futuro. Quizá llega ahí llega a encorazonarte un poco.