Martes, 13 de Octubre de 2026

Caza de brujas

UruguayEl País, Uruguay 13 de octubre de 2026

Nos escandaliza ver cómo una multitud destruye a alguien desde detrás de una pantalla.

Hace unos días, Estados Unidos vivió uno de esos pequeños dramas que se convierten en virales. Kelly Clarkson, cantante bastante popular por aquellos pagos, que confieso no haber escuchado nunca, hizo un posteo en sus redes contando que entró a una tienda de juegos en Brooklyn y salió sintiéndose Julia Roberts en Mujer Bonita: según contó, la trataron como si no pudiera pagar lo que quería comprar. Acto seguido, en pocas horas la tienda recibió una avalancha de críticas de gente que hamás había puesto un pie en el local y su puntuación en Google se desplomó.

Al día siguiente la tienda emitió un comunicado explicando que lo que Clarkson había querido comprar era un pájaro mecánico que forma parte de la decoración y que no está a la venta. Clarkson cuestionó esa versión y la discusión sigue hasta ahora.

No sé quién tiene razón. Tampoco lo saben los miles de personas que ya habían elegido un culpable. Y a esta altura, poco importa. Porque la acusación ya recorrió el mundo mientras la explicación recién empieza a circular. Y hay algo muy desigual en esa carrera: la indignación tiene piernas mucho más rápidas que la rectificación.

Todo esto me hizo acordar a la historia de las Brujas de Salem. En 1692, cuando Massachusetts era todavía una colonia inglesa, las acusaciones de un grupo de niñas desataron la cacería de brujas más famosas de la historia. Más de doscientas personas fueron acusadas, diecinueve terminaron en la horca y uno aplastado bajo piedras. El fundamento fue "prueba espectral". Alguien podía asegurar que había visto el espíritu de otra persona atormentándolo y eso ya podía ser considerado evidencia. Alcanzaba con acusar y conseguir que otros creyeran.

Más de tres siglos después, cuando supuestamente somos más sofisticados con teléfonos inteligentes, cámaras en cada bolsillo y acceso a cantidades de información que los habitantes de Salem no tenían, aquella vieja predisposición parece gozar de excelente salud. "Si todo el mundo habla, por algo será", dicen. Pocas frases describen mejor el mecanismo: alguien cuenta algo, otro lo repite, alguien más agrega un detalle. Hasta que ya nadie sabe qué fue lo que pasó, pero todos parecen saber quién fue el culpable.

Porque quien participa de una cacería de este tipo rara vez siente que está cazando. Probablemente quienes acusaban en Salem pensaban que estaban protegiendo a su comunidad. Nosotros también solemos justificarnos con buenos motivos: defender a una víctima, denunciar una injusticia, advertir a otros, solidarizarnos con alguien. La indignación moral ofrece incluso el agradable privilegio de juzgar con la conciencia tranquila.

Y así aparecen los pequeños Salem de todos los días. El comentario que escuchamos y repetimos. El rumor al que agregamos nuestra cuota de teléfono descompuesto. La historia de la que conocemos una sola versión pero sobre la que formamos una opinión definitiva. Nos preocupan, con razón, el bullying, la salud mental y la crueldad de las redes. Nos escandaliza ver cómo una multitud destruye a alguien desde detrás de una pantalla. Pero es bastante más difícil reconocer el fenómeno cuando formamos parte.

Quizás por eso Salem todavía sigue tan vigente. No porque aquellas personas fueran monstruos. Sino porque eran vecinos.
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