Miércoles, 14 de Octubre de 2026

Economía uruguaya 2026: 10 claves de otro año de bajo crecimiento

UruguayEl País, Uruguay 14 de octubre de 2026

No parece razonable esperar, casi como expresión de deseo, que el sector privado mueva la aguja, invierta más y asuma mayores riesgos si el sector público no mejora las condiciones para producir y competir.

A esta altura del año, 2026 ya dejó varias confirmaciones sobre la economía uruguaya. Algunas eran esperables. Otras fueron despejando dudas. Vistas en conjunto, apuntan en una misma dirección: Uruguay acumula otro año de bajo crecimiento y, más importante aún, no aparecen señales claras de que eso vaya a cambiar en el corto plazo.

1. La economía volverá a crecer menos de lo previsto, como ya ocurrió en 2025. La actividad está estancada, en el mismo nivel que hace 20 meses. Es probable que lo que resta del año muestre algún rebote por una base de comparación baja, más que por un cambio de tendencia. Eso permitiría cerrar 2026 con crecimiento, aunque probablemente por debajo del 1% y lejos del 1,6% reestimado por el gobierno, ya con el efecto de la sequía incorporado. Más que los decimales, preocupan los fundamentos: Uruguay lleva demasiado tiempo creciendo poco como para atribuirlo solo a factores transitorios.

2. El contexto externo no fue una fuente de impulso, aunque tampoco un freno. A las condiciones financieras más restrictivas, asociadas al aumento de las tasas de interés globales, se sumó la desaceleración de Argentina y Brasil. El fuerte aumento del petróleo también restó, compensado en parte por mejores precios de exportación (aunque, salvo la carne, siguen bajos en términos reales) y por el subsidio implícito en los combustibles en surtidor. Parte de esas condiciones financieras fueron, a su vez, la contracara del boom de inversión en inteligencia artificial, que continúa impulsando el crecimiento global.

3. La inversión siguió débil, en torno a 16% del PIB. La baja rentabilidad convivió con un deterioro del clima de negocios, según encuestas privadas, y con mayor conflictividad en sectores estratégicos. Sin grandes proyectos en ejecución, los componentes más genuinos de la inversión extranjera directa volvieron hacia niveles históricamente bajos.

4. El mercado laboral comenzó a moderarse, aunque desde niveles de empleo elevados. Es razonable que recoja con rezago el enfriamiento de la actividad. El desempleo permaneció cerca de 7%, en parte por una menor participación laboral. Asimismo, si los salarios reales continúan distanciándose persistentemente de la productividad, a la larga terminarán afectando la cantidad de empleo. A la vez, la inserción laboral de los jóvenes siguió siendo un problema estructural, con poca presencia en la agenda pública.

5. La inflación fue de menos a más, pero permaneció relativamente contenida. Ni el 3% de marzo era una señal de preocupación ni acercarse al 5% constituye una alarma, aunque sí una luz amarilla. Lo que al inicio del año se presentó como un problema terminó siendo una fortaleza. Hacia adelante, el balance de riesgos parece inclinado al alza por factores domésticos, como la dinámica salarial, y externos, como una mayor inflación importada, esta vez sin una apreciación cambiaria que la amortigüe.

6. El consumo privado continuó siendo el principal sostén de la demanda agregada, apoyado en el aumento del ingreso real de los hogares. Sin embargo, surgen señales de desaceleración hacia adelante. Una mayor inflación esperada, las dificultades en el mercado laboral, peores expectativas de los consumidores y una menor propensión al consumo de bienes importados apuntan en esa dirección.

7. El BCU mantuvo una postura monetaria expansiva, respaldada por expectativas de inflación ancladas y el estancamiento de la actividad. Las tasas reales acompañaron la tendencia global al alza. Como suele ocurrir, el efecto sobre el tipo de cambio nominal y, sobre todo, real fue muy limitado. Otra confirmación de que la política monetaria puede amortiguar el ciclo, pero difícilmente corrija problemas de crecimiento y competitividad. Con la inflación nuevamente al alza, ahora se abre una etapa de subas de la TPM.

8. La competitividad se vio resentida por factores que no son nuevos. Lo preocupante es su acumulación año tras año sobre una estructura de costos que ya es pesada. Combustibles y energía, costos logísticos, carga impositiva y rigideces en las relaciones laborales siguen presionando. La denominada ley de competitividad, si bien es relevante en varios aspectos vinculados a competencia y facilitación de trámites, no ataca directamente ninguno de esos factores.
9. El puerto de Montevideo estuvo paralizado durante más tiempo que en 2025, que ya había sido un año conflictivo. Más que celebrar el reciente acuerdo que permitiría retomar la actividad sin interrupciones, sería útil estimar el lucro cesante, el daño económico y el costo reputacional incurrido. En paralelo, habría que poner foco en recuperar condiciones de competencia, limitadas por el régimen adoptado en 2021, que consolidó una estructura monopólica.

10. El frente fiscal volvió a dejar una señal incómoda. El déficit cerrará por tercer año consecutivo por encima de 4% del PIB. Es posible que la regla fiscal se cumpla, pero una meta de déficit en esos niveles no luce particularmente exigente. Además, la recaudación continuó rindiendo por debajo de lo previsto y eso obligó a contener el gasto. El punto de partida para los próximos tres años es, por tanto, cualitativamente más complejo: el ajuste previsto descansa en mayores ingresos, justamente donde ya surgieron desvíos, elevando el riesgo de fatiga fiscal.

En síntesis, el crecimiento promedio de 2025-2026 no sería muy distinto al de la década previa. Tampoco parece razonable esperar, casi como expresión de deseo, que el sector privado mueva la aguja, invierta más y asuma mayores riesgos si el sector público no mejora las condiciones para producir y competir. Volveremos sobre estos puntos en próximas columnas.
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