Por decirlo "así"
Defender la dignidad del cuidado es más complejo de lo que parece.
La condena pública a las descalificaciones a Matthei y Bachelet ha sido transversal. Se ha discutido sobre el humor como excusa para agredir, la incomodidad frente al poder femenino y la paradojal solidaridad que gatilla entre adversarias. En lo más sustantivo, distintas voces han reparado en el costo del cuidado doméstico y su insustituible valor social. Por una parte, se ha destacado que, humilde y silencioso, el cuidado es condición de posibilidad de todo empleo remunerado y éxito profesional. Por la otra, se ha criticado la feminización y privatización del cuidado: la primera, cuando este se presenta como destino ineludible y exclusivo de mujeres, y la segunda, cuando se invisibiliza su trascendencia.
Pero defender la dignidad del cuidado es más complejo de lo que parece, como demuestran ciertas dificultades comunicacionales experimentadas por la expresidenta Bachelet. Tras retirar su candidatura a la ONU, expresó su decisión de permanecer en política, afirmando que no se quedaría "tranquila tejiendo, por decirlo así". No es primera vez que la mandataria utiliza la misma metáfora. Al concluir su labor como alta comisionada de DD.HH., en 2022, desde Ginebra, ofreció contribuir al país desde donde su experiencia fuera útil, descartando volver para "ponerse a tejer".
¿Por qué mencionar estos impasses menores si Bachelet, referente ineludible de liderazgo femenino, ha sido explícita en defender la autonomía de las mujeres y la corresponsabilidad de cuidar? Hace cuatro años fue posible callar, pero el nivel más profundo del debate actual exige que el equívoco sutil pero reiterado sea atendido. No se trata, desde luego, de atribuir a la Presidenta un desdén por lo doméstico o el cuidado. La cuestión a destacar en cambio es el modo en que una mujer líder puede, sin advertirlo, impugnar el confinamiento femenino al estereotipo doméstico y, al justificar su propia participación pública, utilizar una imagen que conserva la menor valoración de dicho ámbito.
Se trata en efecto, de dos dimensiones distintas: ampliar la libertad de elección de las mujeres es una cosa, y revisar la escala de prestigio con que se juzgan las elecciones de esas mismas mujeres, es otra. En este sentido, Bachelet tiene pleno derecho a no querer tejer, a no retirarse de lo público y a seguir en política. Esa preferencia no constituye, por sí misma, una desvaloración de otras mujeres.
Otra cosa es el significado implícito en la metáfora que la Presidenta ha usado reiteradamente para justificar su vigencia pública. Escoger una actividad asociada culturalmente a mujeres mayores y al espacio doméstico para representar la pasividad o el retiro de una tarea socialmente valiosa (como la política) es desafortunado aunque ello esté lejos de su intención. La tensión es evidente: ¿qué entendemos por una vida valiosa cuando la actividad pública y el trabajo remunerado parecen ser siempre las medidas de valor? ¿Qué es lo que queda implícito, "por decirlo así"?