Raphael volvió a demostrar que su voz es un espectáculo
El ídolo español mantiene vigencia a sus 83 años. Volvió a Chile y repasó su extensa carrera, con otra noche triunfal.
Antes que todo, su voz. Raphael, a sus 83 años, se ha sobrepuesto a muchas cosas, entre el tránsito inevitable del paso del tiempo y problemas de salud complejos, como el linfoma cerebral que sufrió en diciembre de 2024, pero su fuerza magnética hacia el escenario es una atracción que todavía resulta indiscutible. Y en la asistencia a su actuación en vivo, aún muy disfrutable.
El pasado lunes, tres días después de otra noche de aplausos en el Gran Arena Monticello, apareció en el Santander Arena de la capital con una mano estacionada en su cintura. La otra, apuntando a las tribunas más altas, en un recinto sin asientos vacíos, y con el cartel de entradas agotadas anunciado días antes. Su sonrisa iba creciendo con los aplausos del público, una audiencia que lo recibió de pie, en algo muy parecido a una ovación.
Su público es bastante adulto y el ambiente es completamente familiar. Hijos acompañando a sus padres, en una dinámica envuelta por un cancionero de gran arraigo popular de esta estrella de la canción latina, que sigue permeando generaciones.
Los temas de Raphael atraviesan el tiempo, y al micrófono, su voz pareciera no tener edad. Hay versiones levemente desaceleradas, pero ahí aparece su interpretación, entre fraseos que él mismo se ocupa de transmitir que va sintiendo, siempre expresivo, cada palabra que va saliendo de su boca. En "Yo sigo siendo aquel", la segunda canción de la noche, tomó fuerza casi al final, para recitar firme "sigo siendo aquel, el mismo, el Raphael de siempre", cantó, y el público se puso otra vez de pie.
Sin ocupar el micrófono para dirigirse a la gente en todo el concierto, estas salidas de libreto fueron la forma que utilizó para comunicarse y establecer este mensaje, que es más una añoranza romántica en esta vuelta a los escenarios tras los sucesos de hace dos años. Su registro vocal es una anomalía positiva entre los colegas de su generación, y que mantiene la fuerza interpretativa, pero su cuerpo está más frágil y eso se nota en sus desplazamientos.
Algunas canciones como "Digan lo que digan" las interpreta sentado en una silla. En otras, como "La vida en rosa", de Edith Piaf, lo hizo apoyado en el piano. "Mi gran noche", que escribió Adamo y que el español le dio otra vida, la cantó de pie, y en todas, su voz se oyó fantástica. También entre la intimidad de "Que nadie sepa mi sufrir", acompañado solo por la guitarra, o el empuje de su banda completa que incluía percusiones, teclados, cuerdas y bronces, en éxitos como "Escándalo", su voz se imponía a la orquesta.
Raphael no habló con el público, toda la comunicación fue a través de sus temas, en una noche donde interpretó 27, con cita a Los Beatles ("Day Tripper") incluida, durante casi una hora y 50 minutos, casi sin pausas, dando una buena repasada a su extensa carrera. En el final, el español abría los brazos para envolverse en los aplausos que le regalaba la gente, de pie, en una dinámica de despedida que se extendió por algunos minutos, para una noche que no tuvo ningún bis, por más fuerte que lo pidieron sus fans.