Viernes, 16 de Octubre de 2026

Rentabilidad de la inversión en tecnología educativa

UruguayEl País, Uruguay 15 de octubre de 2026

Para Uruguay, pionero regional en llevar tecnología a las aulas, la pregunta relevante ya no es si usarla, sino cómo integrarla para que rinda en el aprendizaje de los niños.

Cuando computadoras y programas digitales reemplazan al docente en el aula, suelen no mejorar lo que aprenden los niños. Y llevar la tecnología al centro educativo es caro: equipos, conectividad, capacitación. Una alternativa atractiva es llegar directamente a los hogares, donde el teléfono celular ya está en el bolsillo de los padres. Queda entonces una pregunta abierta.

Con Juanita Bloomfield y Ana Balsa (ambas profesoras e investigadoras fulltime de la Universidad de Montevideo) respondimos esa pregunta con un experimento en México, publicado este mes como documento de trabajo del Banco Interamericano de Desarrollo.

Un experimento a gran escala

Trabajamos con la Secretaría de Educación de Nuevo León y 105 escuelas públicas. Mediante un sorteo, las escuelas se dividieron en tres grupos de 35. El primer grupo, de control, no recibió nada. En el segundo, las familias de niños de cinco años accedieron a Leo Leo, una aplicación para celular que enseña a leer y escribir con juegos que se adaptan al nivel de cada niño, en sesiones de 20 minutos, tres veces por semana. Además, recibían mensajes automáticos de WhatsApp donde aplicamos economía comportamental para alentar su uso. El tercer grupo recibió lo mismo, y además los docentes recibían cada dos semanas un reporte por WhatsApp que clasificaba a cada alumno como "al día", "prioritario" o "crítico" según su uso de la app y su avance en lectura y escritura en la aplicación. Nada más: ni computadoras en el aula ni cambios en el currículo.

Como el sorteo hace que los tres grupos sean comparables, las diferencias observadas al cabo de ocho meses pueden atribuirse al programa.

Sin la escuela, casi nada

Los resultados son nítidos. Darle la aplicación a las familias, sin involucrar a la escuela, no produjo mejoras significativas. En cambio, cuando docentes recibían los reportes, los niños mejoraron en la prueba de lectura de la propia plataforma y en conciencia fonológica (la capacidad de reconocer y manipular los sonidos de las palabras), medida con una prueba independiente aplicada por evaluadores externos. Hay además indicios de mejoras en operaciones aritméticas. También hay señales de que los mayores beneficios se dieron entre los niños de hogares con menor nivel educativo, lo que sugiere que el apoyo institucional vale más justamente donde las restricciones del hogar son mayores.

¿Por qué importa que la escuela reciba el reporte de la app?

La explicación más consistente con los datos es el "enganche". En las escuelas que recibían reportes, los niños usaron la aplicación con más frecuencia, en sesiones más largas, y avanzaron más: completaron en promedio el 69% del recorrido (la app es como un juego, donde al avanzar se va pasando de pantalla y se aumenta en complejidad), frente al 51% en el grupo de niños cuyas maestras no recibían reportes de avance. En resumen: el mensaje a la familia no alcanzó; hacía falta que alguien en la institución educativa estuviera mirando el grado de avance.

No encontramos evidencia de que las familias hayan cambiado cuánto leen o juegan con sus hijos, aunque este dato surge de una encuesta con baja tasa de respuesta y debe leerse con cautela. Y un detalle revelador: los talleres para docentes tuvieron poca asistencia (apenas un 32% de los maestros los completó). Todo indica que lo que hizo la diferencia fue el reporte periódico, no la capacitación.

¿Y las pantallas?

Una preocupación legítima es que más tecnología signifique más pantallas. En este tema encontramos dos resultados interesantes. Primero, en las escuelas donde las maestras recibían reportes de avance en la app no aumentó el tiempo total que los niños están frente a una pantalla en comparación al grupo de control, y tampoco detectamos efectos negativos en el desarrollo socioemocional. Segundo, en el grupo donde el foco es sólo la familia y las maestras no recibían reportes de la app, el tiempo de pantalla sí aumentó, con señales de mayor hiperactividad y uso problemático.

En suma, como la aplicación se cierra sola a los 20 minutos y su progreso está atado a contenido de lectura, la escuela ayuda a que ese tiempo sustituya, en lugar de sumarse, a pantallas de entretenimiento.

Cuánto cuesta

La licencia de la aplicación cuesta alrededor de 1,25 dólares por niño por año. Sumando los costos de capacitación, coordinación y los equipos de internet satelital que llevamos a los eventos de lanzamiento, la primera cohorte costó unos 17,5 dólares por niño, una cifra que debería bajar a medida que el programa escale. En suma: una intervención con efectos grandes y costo modesto. Eso sí, falta traducir estos resultados a una métrica común de años de escolaridad ajustados por aprendizaje, que permitiría compararlos con los de otras políticas educativas.

Lecciones

Dejamos tres lecciones. Primero, la tecnología no sustituye a las instituciones: las necesita. Una inversión en tecnología educativa que ignora el complemento institucional puede tirar el dinero; a veces ese complemento es tan barato como un reporte por WhatsApp. Segundo, hay que evaluar antes de escalar: un sorteo bien diseñado nos permitió distinguir lo que funciona de lo que solo parece funcionar. Tercero, cautela: Nuevo León es uno de los estados con mejor conectividad de México, medimos efectos tras un solo año y falta saber si perduran. Para Uruguay, pionero regional en llevar tecnología a las aulas, la pregunta relevante ya no es si usarla, sino cómo integrarla para que rinda en el aprendizaje de los niños.
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