Multiverso digital
Mis hijos hablan del multiverso, y creo que empiezo a encontrar mi propia manera de entenderlo
Mis hijos hablan del multiverso, y creo que empiezo a encontrar mi propia manera de entenderlo. Llegué allí siguiendo una inquietud de estas columnas: cómo lograr que las instituciones públicas entreguen mejores resultados con transparencia. En esa búsqueda apareció la tecnología, que cada vez atraviesa más lo público, lo privado, la academia y lo cotidiano. Mientras más posibilidades encuentro en ella para mejorar la gestión pública, más me inquieta comprender cómo cambian los controles y cómo protegemos lo que estamos conectando. Esas conexiones ya hacen parte de nuestra vida: pedimos una cita médica, consultamos una cuenta, hacemos un trámite o conversamos en las redes sociales. Vemos una pantalla, mientras detrás se relacionan personas, organizaciones y sistemas. Nuestra solicitud viaja, se cruza con otros datos y pone en marcha decisiones. A esas conexiones se suman cámaras, sensores y máquinas conectadas a internet que intercambian información sin que tengamos que intervenir a cada momento. Empiezo a imaginar entonces un multiverso digital como una realidad que se entrelaza con nuestra vida fuera de la pantalla. Humanos y máquinas, múltiples realidades y sectores que se encuentran y se transforman mutuamente. El médico consulta nuestros resultados a distancia; nosotros recibimos un correo con los exámenes de laboratorio; el hospital reorganiza la atención, y una universidad prepara a quienes trabajarán de esa manera. Al mirar más de cerca, encontramos que en ese multiverso digital también hay desigualdades. Una entidad tiene un equipo dedicado a proteger sus sistemas, y otra apenas logra mantenerlos funcionando. Sus capacidades son distintas, aunque sus sistemas pueden estar interconectados. Las consecuencias de las acciones de unos y otros recorren el multiverso. En Londres, en 2024, un ciberataque a Synnovis, un proveedor de análisis clínicos del sistema público de salud, obligó a aplazar más de 10.000 citas y 1.700 procedimientos programados. El ataque a un proveedor se convirtió en la espera de miles de pacientes que necesitaban atención. Nuestras decisiones cotidianas también pueden abrir la puerta a un ataque. La confianza que nos permite comunicarnos y trabajar puede ser aprovechada por alguien que quiere engañarnos. En la calle, un estafador cuenta una historia; en nuestro teléfono, un mensaje anuncia que nuestra cuenta será bloqueada. El miedo y la urgencia pueden llevarnos a entregar una clave. Con ella, alguien podría acceder también a información de nuestra familia, de nuestros clientes o de la institución donde trabajamos. Para quienes dirigen instituciones públicas, los riesgos tecnológicos amplían las responsabilidades de gestión. Cuando una entidad contrata una plataforma o conecta un servicio, necesita comprender de quién depende, qué riesgos comparte y cómo seguirá atendiendo si algo falla. Esa comprensión debe traducirse en seguridad desde el diseño y en controles durante su operación. Más allá de cada entidad, al Estado le corresponde protegernos también allí, en el multiverso digital. Eso exige políticas, estándares mínimos y protocolos que conecten los esfuerzos de los distintos sectores. También planes de emergencia y responsables que comprendan el impacto de los riesgos, sepan cómo reducirlos y puedan actuar si se materializan. Ese esfuerzo de protección nos compromete desde lo público, lo privado, la academia y lo personal, cada cual desde sus responsabilidades y su capacidad de actuar. Al conectar nuestras vidas también ponemos en juego la confianza en las instituciones, en las empresas y en el otro. Es allí donde la ciberseguridad se convierte en un pilar fundamental de la confianza pública y la gobernanza. Ya navegamos ese multiverso digital. ¿Está el Estado preparado para protegernos también allí?
Ese esfuerzo de protección nos compromete desde lo público, lo privado, la academia y lo personal.
¿ESTÁ EL ESTADO PREPARADO?
Patricia Rincón Mazo