Códigos y apps
Aquello de que la tecnología avanza para responder a las nuevas necesidades, no corre más.
No se si llamarlo sueño o pesadilla: viajaba en un ómnibus y a mi lado se sentó un señor con su celular y un grueso cuaderno lleno de anotaciones. Cada que vez que usaba el celular, consultaba a las muchas páginas del cuaderno. Mi curiosidad pudo más y le pregunté qué tenía anotado ahí. Su respuesta fue muy sencilla: "códigos".
Me explicó que como cada diferente sitio al que accede exige un código distinto, los escribió porque no lograba recordarlos. Había sitios que solo le pedían cuatro números. Otros que mezclara números y letras, o que una de las letras fuera mayúscula o que entre números y letras intercalara un símbolo y había quienes le exigían cambiar de código con frecuencia por seguridad. Eran tantas las variaciones que las anotó en una libretita y cuando la libreta le quedó chica, pasó a su grueso cuaderno. Ahí desperté del sueño.
El sueño fue perturbador porque reflejaba el modo en que estos avanzados instrumentos tecnológicos se metieron en la vida cotidiana al punto que empiezan a hartar. Implicaron continuos cambios profundos en nuestras vidas.
Algunos para bien, otros no tanto y no siempre necesarios.
A bajo costo, con inmediatez innegable y a la distancia que sea, podemos conectarnos con familiares, amigos y lugares de trabajo. Podemos hablar y vernos las caras no importa donde esté cada uno. Hemos reencontrado viejos amigos a través de las redes. Tenemos acceso a información que publican los medios más prestigiosos del mundo.
También provocaron una forzada dependencia. Para todo hay que "abrir una aplicación" y, como en el sueño, recordar el correspondiente código. Así se accede rápido a buenos servicios, aunque para otros, sin tanto celular, antes era más fácil.
Hay puertas de apartamentos o de habitaciones de hotel que requieren un celular para abrirlas. Poner el código para la aplicación y volver a poner el código para que la aplicación abra la puerta es más molesto que usar la vieja llave. Y obliga a andar con el celular cargado a todos lados, aun cuando se está en un hotel en medio de bosques y lagos donde quien se alojó quiso salir de la abrumadora vida urbana.
Lo grave es que no siempre se puede optar, no para todo hay otra alternativa. Cuando sí se puede elegir, el resultado es llamativo. Estando en Italia observé que si bien mucha gente compraba sus billetes de tren por Internet o digitalmente en la propia estación, también había quienes (turistas o locales, jóvenes o mayores) preferían hacer cola frente a los cajeros donde alguien cobraba y entregaba el pasaje. Pudiendo optar muchos prefieren la atención personal.
Los supermercados promueven sus ofertas invitando al cliente a abrir una aplicación. ¿No es más fácil recorrer las góndolas y ver el producto con un notorio cartel que informa cual es el descuento?
Días pasados escuché en un programa de radio al director de un instituto que ofrecía cursos para aprender a usar las novedades a personas mayores, definidas como "analfabetos tecnológicos". El jubilado que antes usaba su ocio para aprender carpintería, ir a un curso de historia o participar en un taller de arte por el solo goce de hacerlo, ahora está forzado a usar ese tiempo para aprender técnicas imprescindibles. No son cursos para disfrutar a la edad madura; son aprendizajes obligados.
Parte de esa tecnología se desarrolló no porque hubiera urgencia de cubrir una necesidad sino por la pura novelería lúdica. A tal punto que se inventan usos de corta duración. Lo que se tenía salvado en una computadora se pierde al pasarlo a una nueva. Los puertos cambian de forma y tamaño con lo cual muchos dispositivos se tornan obsoletos gracias a una decisión deliberada e innecesaria.
Antes se aconsejaba salvar en un disquete el material valioso, pero un buen día ninguna computadora aceptó los disquetes y lo salvado se volvió irrecuperable.
Hasta hace poco, la tecnología ayudaba a hacer una tarea, a llevar la contabilidad o investigar un tema y acceder a información. Lo importante era el trabajo y la tecnología era la ayuda. Ahora, todo gira sobre la novedad de cada nuevo avance. No se habla de lo que se investiga con ayuda de la tecnología, sino de la tecnología misma. La conversación es endogámica. Aquello de que la tecnología avanza para responder a las nuevas necesidades, no corre más. Ahora avanza para superarse a sí mismo, aunque nadie necesite ese avance.
Todo esto parecerá queja de alguien reacio a tanta novelería. No es así, mucha de la nueva tecnología cumple un rol valioso. Pero ese afán de ganar la carrera e inventar algo nuevo cuando lo "viejo" todavía no le es, cansa. La obligación de conocer sus manejos para acceder a cosas que antes se conseguían por vías más simples, enoja. Y que todo gire en torno al instrumento en sí y no a lo que se puede hacer con él, satura.
Estas reflexiones valen sin siquiera haber entrado en el tema de la Inteligencia Artificial. Un capítulo que ya está dando mucho que hablar, y del que se hablará aun más de lo que algunos imaginan.