Petróleo contra ballenas
El revivir del sueño petrolero nos vuelve a poner en una situación de conflicto entre el desarrollo económico, el ambiente, y los lobbies.
Meterse con este tema es más peligroso que criticar a las feministas, a Taylor Swift, o a los fans de Lust. Hablamos de este mundo ambientalista 3.0, donde la protección de un statu quo natural actual, se ha vuelto un integrismo casi religioso, que trata a los apóstatas peor que un talibán festejando el Ramadán.
Y, lamentablemente, muchas veces nos sentimos apóstatas. Es que en el caso de este autor, representante de la "generación X", el ambientalismo era una causa pura e indiscutible. Se trataba de una era bisagra, entre generaciones previas que medían el desarrollo en metros cuadrados de hormigón, y quienes clamábamos por salvar a las ballenas de la extinción, evitar que los ríos cercanos a la capital se convirtieran en cloacas, o que la plombemia se ensañara con los sectores más pobres de la sociedad.
La cosa hoy parece muy distinta y hay un ambientalismo extremo, al filo de la frivolidad, y que parece perder el foco de una cosa central: si algo daña al medio ambiente es la pobreza.
Pero toda esta cháchara viene a cuento por la noticia de una inminente exploración en nuestras costas, en busca de petróleo. No le vamos a repetir toda la información, que ya se publicó en este diario en una nota de Qué Pasa. Pero los titulares son estos: hay un nuevo empuje en la búsqueda de petróleo en el mar uruguayo, los expertos creen que hay un 25% de chance de encontrarlo, aunque algunos son más optimistas. Y se habla de que ese hallazgo, si todo sale bien, podría dejar entre 1.500 y 4 mil millones de dólares por año.
Esta noticia ha generado un estímulo irrefrenable de las glándulas salivales de muchos de nuestros políticos, la inquietud de algunos economistas y la ira de la nueva camada ambientalista. Que viene impulsando una agresiva (y costosa) estrategia legal para desestimular a las empresas que quieren arriesgar en la jugada.
Esta semana se informó que la justicia desestimó una medida cautelar pedida por estos grupos, que exigía que antes de un estudio de la zona se presentara un plan completo de impacto de una eventual explotación petrolera.
La campaña judicial no es aislada. Al mismo tiempo se ha lanzado toda una movida de lobby a nivel político y de la sociedad general, donde figuras públicas y deportivas, con expresión solemne alertan de que esto será un apocalipsis para nuestro mar.
Tal vez sea esta acción la que más nos impulsa la rebeldía interna, por tres motivos.
El primero, que no se entiende qué puede saber un actor, una ex modelo, o un deportista semiprofesional, como para repetir esos mensajes apocalípticos. Con perdón de los participantes, parece de una banalidad chocante.
El segundo, es que como alguien que tiene el vicio del surf, y de pasar todo el tiempo que la vida le permite en el mar, la explotación petrolera no es incompatible con un mar saludable. Desde Huntington Beach en California, a Lobitos en Perú. Ni que hablar de que nosotros mismos tenemos una boya petrolera en el lugar de turismo más selecto del país. Alguna vez puede haber habido algún problema sí, pero contrastado con los años de funcionamiento, y el impacto de largo plazo, no parecen ser una antinomia.
El tercero, es la seguidilla. Tal vez sacar petróleo sea un error. Pero cuando quienes se oponen también se opusieron a la soja, a la forestación, a la minería, a los tambos, a los feed lots, a Arazatí, pero también al plan Neptuno... ¡Basta, loco!, ¡Llevame una! Si hoy alguien planteara construir Salto Grande sería ejecutado en la Plaza Matriz.
Lo que muchos no parecen evaluar es que en Uruguay tenemos gente que la pasa muy mal. Que nuestra economía, así como estamos, ya no tiene tanto de donde sacar más recursos para sostener el nivel de vida que todos queremos para nuestra gente. Eso a menos que usted sea fan del Partido Comunista y la ficción del impuesto al 1%, cosa de la que la mayoría de quienes conocemos en estas causas están muy lejos.
A ver... bajemos un cambio. El autor de estas líneas no es experto ni mucho menos. Y tal vez con toda la información disponible, a la hora de medir costos y beneficios de una eventual explotación petrolera en nuestras costas, la balanza se inclina hacia el no. Cuando vino la idea de Aratirí, por ejemplo, nos dio esa impresión.
Pero lo que rechina es esta industria sin chimeneas que vive de vender como idílico un mundo que nos condenaría a la edad de piedra. Que tiene una capacidad de lobby desproporcionada. Y que pontificando muchas veces desde la holgura de su situación personal, parece ignorar las carencias del país en general.
Ni que hablar de que mientras se desgañitan por una eventual contaminación futura se les escapa la viga en el ojo de cosas como la refinería de la Teja. ¿Tenemos claro el impacto de esas simpáticas chimeneas sulfurantes en el corazón de la zona donde vive la mitad de los uruguayos?