Inmigración y xenofobia
España no es una excepción, Alemania, Francia, Italia, y a su vera gran parte del continente europeo parece enfrentar el mismo camino.
El 8 de mayo de 1910 Pablo Iglesias fue elegido diputado por Madrid; su partido, el futuro P.S.O.E., obtenía de ese modo, su primer escaño en el Congreso de los Diputados. En su dirección lo siguieron grandes personalidades políticas, entre ellas Indalecio Prieto, Francisco Largo Caballero y Felipe González. Sin embargo, actualmente, abrumado por sus dificultades políticas, su continuador en el partido y actual primer ministro del gobierno, Pedro Sánchez, no tuvo otra opción que llamar a elecciones. Es difícil que repita su anterior triunfo. Hoy su partido declina frente al avance de las derechas especialmente la que Vox representa.
España no es una excepción, Alemania, Francia, Italia, y a su vera gran parte del continente europeo parece enfrentar el mismo camino: el triunfo de las derechas, algunas duras y puras, otras más contenidas, todas unidas en su rechazo a los inmigrantes, últimamente, incluso, a los turistas que, dicen, agostan sus espacios. Una actitud colectiva que no era común en las décadas posteriores al triunfo del fascismo pero que hoy revive con fuerza en donde casi no existía.
Aminora ese repudio pensar que por herencia los humanos somos seres sociales, locales y familieros. La historia de la humanidad descansa en la defensa de aldeas, caseríos, castillos, fortalezas a menudo frente a quienes solo pedían pan y refugio. Incluso para los griegos -epitomes en la antigüedad de la cultura de la humanidad- los extranjeros era bárbaros privados de los valores de los humanos verdaderos. Pero han pasado siglos especialmente el que nos precede, cuando vivimos la tragedia China y Soviética o el drama de la Shoa, la mayor masacre xenofóbica de la historia, para permitir que la irracionalidad nuevamente nos domine. O aprendemos de la historia o perecemos con ella.
Una cosa es la particularidad cultural, especialmente en circunstancias de enfrentamiento ideológico y religioso, como ocurre en ciertos países europeos, otra es el protofascismo y la expansión de un nacionalismo demencial. Un enemigo de la civilización más vivo de lo que a poco suponíamos. En estas circunstancias, en ocasiones sin advertirlo, muchos pacíficos votantes de centro, desplazan su voto hacia partidos que paulatinamente comienzan a admitir la dureza xenófoba y desde ella, elección tras elección, terminan en la derecha. Checoslovaquia, Estonia y Alemania parecen querer integrarse a esta corriente, Le Pen en Francia y la temible Rusia de Putin, no están lejos de ellos. En nuestra América los recientes errores políticos y económicos de las izquierdas ensanchan este cauce reaccionario. Una tendencia que encabeza y lidera Estados Unidos. Una potencia cuyo modelo económico resulta superior a cualquier otro sistema conocido, (incluyendo al socialismo, ya inexistente como opción) pero que, bajo la conducción de su actual Presidente, se ha convertido en el país líder de este nacionalismo xenófobo y depredador. Rodeado de millonarios exultantes de fortunas colosales, expandiendo sus ingenierías del saber, amenazan integrarse a la cúpula gobernante del planeta. Augurando el gobierno de la tecnología, una operativa sin rostro, de su exclusiva propiedad, cuyos resultados finales, es imposible predecir.