La industria "descremada" (y no es la láctea)
Según las estadísticas del BCU, desde 2018 a la fecha, aproximadamente la mitad de los sectores industriales vieron aumentar sus precios de venta al exterior y la otra mitad los vio caer.
Los datos del INE sobre la industria manufacturera muestran desde hace mucho tiempo una sustancial diferencia entre la que trabaja en zonas francas (celulosa y jarabe concentrado) y el resto que lo hace en territorio no franco. Tomando la última base de 2018, en el año móvil cerrado en agosto pasado, casi ocho años, mientras la primera se ha expandido 70,5% (7,2% anual), la segunda apenas creció 7,8% (1% al año). El promedio general, que crece 16,6% (2% anual), no describe a ninguna de las dos.
El promedio también esconde diferencias entre sectores. La mitad de ellos, que en la base representaba un tercio de la industria, retrocedió 25%; la otra mitad creció 36%. Los cambios, donde unas actividades crecen, otras retroceden, algunas nacen y otras desaparecen, forma parte del normal funcionamiento de una economía, lo que llama la atención es la magnitud del cambio en un lapso no tan largo.
En el período hubo, además, una importante mejora de productividad. Tanto el personal ocupado como las horas trabajadas cayeron un 10,5%, dando como resultado global promedio un aumento en la productividad del 3,5% anual, 30,3% acumulado, en parte explicado por el mero cambio de estructura interna: los sectores que se contraen, normalmente son los "peores".
En el mismo período, los salarios en dólares aumentaron 35,4%, (5,9% en términos reales). Así, el conjunto de productividad y el costo salarial por unidad producida, medido en dólares, en promedio aumenta casi 4%; es decir, poco. Pero en muchos sectores, aún dentro de los que crecen, este costo aumenta entre 10 y 20%. En contrapartida, los precios de exportación de la industria, también en dólares, aumentaron 18,8% en ese lapso. Con una inflación del orden del 30% en Estados Unidos y Europa, en promedio, el costo laboral directo no explica el problema.
El tema es que otra vez el promedio oculta diferencias significativas. Según la estadística que publica el BCU, aproximadamente la mitad de los sectores industriales vieron aumentar sus precios de venta al exterior y la otra mitad los vio caer.
La otra pata de la industria es su competencia con los bienes importados, donde el cuadro depende del tipo de bien de consumo que se trate. Excluidos los automotores y los bienes de consumo duraderos, donde no hay producción local desde hace algunas décadas, quedan alimentos y bebidas y el resto de los bienes de consumo. En alimentos y bebidas, los precios de importación en dólares subieron un 22%, por lo que pudieron mantener la capacidad de competencia que tenían 8 años atrás. Es más, en la industria de los alimentos la productividad crece 37% frente a 35,4% de salarios y termina expandiéndose 31%, en tanto en la de las bebidas los valores son 9%, 35,4% y caída de 4% respectivamente. Las cifras "cuadran" casi a la perfección. En el resto de los bienes de consumo, los precios importados bajaron 13%, de donde se infiere que la capacidad de competencia se vuelve casi nula. En estos sectores la producción industrial retrocede y mucho.
Esta es la película del promedio, pero conviene recordar que el punto de partida no era nada cómodo. En 2018, base de la serie, ya la industria tenía importantes dificultades para competir, tanto en el exterior, como con los bienes importados, debido al atraso cambiario generado en los años previos.
¿Dónde está entonces la presión? En los costos internos. En un producto industrial, el precio de las materias primas e insumos suelen moverse en forma parecida al del bien final; por eso la competitividad depende de cómo varía el costo de los servicios y de los bienes no transables. Si éstos, medidos en moneda de intercambio, aumentan por encima de lo que lo hacen en el resto del mundo, como pasó en estos años analizados, aunque no sea mucho, igual empeora las cosas y la única forma de sobrevivir es compensarlos mediante aumentos de productividad superiores a los que logran los competidores externos.
En Uruguay los salarios básicamente se negocian con independencia de sector y la guía pautas del Poder Ejecutivo, se basan en los sectores no transables. Estos ajustes arrastran los de otros servicios privados y públicos, que terminan repercutiendo en el precio de los bienes y servicios que adquirieren los sectores transables. A lo anterior se suman costos "indexados" que impone el sector público. El resultado es una estructura de costos que deja poco espacio a la flexibilidad que requieren algunos sectores. Las cifras son coherentes con esta explicación, aunque no permiten aislar causas ni se le puede atribuir la "responsabilidad" total. También la competencia de terceros mercados y el contexto regional pesan.
La consecuencia es una industria cada vez más concentrada en pocas actividades, y eso no es
una buena noticia porque nos deja más expuestos a lo que ocurra en un puñado de sectores, en un mundo donde los cambios rápidos son la norma.
Para quienes no pueden absorber costos internos que, en dólares, aumentan por encima que el resto del mundo competidor, los caminos son cerrar o conseguir subsidios o exoneraciones impositivas. Los subsidios estiran la agonía. La experiencia muestra que por sí solos no vuelven viable la actividad. Es un esfuerzo inútil de la sociedad que destruye valor y, lo peor, no le brinda futuro a quienes allí trabajan. Las exoneraciones suelen pasar más inadvertidas, pero su efecto de distorsión sobre la asignación de recursos afecta la dinámica del crecimiento, salvo que no sean dirigidas a un sector, sino que se tratan de regímenes especiales generales que, seguramente, obedezcan a una carga tributaria es demasiado pesada.
Con costos que suben más que el resto del mundo, la industria debería ganar productividad más rápido que sus competidores del exterior y el costo del Estado al menos dejar de crecer. Si la política es "aliviar costos" lo mejor es hacerlo con criterio general por dos razones; i) no dirige dónde se ponen los recursos y, ii) el beneficio no es a la "insistencia" (capacidad de dedicar recursos), sino a mejor producción.