Martes, 20 de Octubre de 2026

Octubrismo francés

ChileEl Mercurio, Chile 20 de octubre de 2026

Basta levantar la cabeza para ver que nuestro octubre no fue una anomalía.

Nada ha cambiado en siete años. La derecha, que gobernaba entonces y gobierna hoy, pidiendo cuentas a la izquierda por la violencia que se desató tras el 18-O; esta, insistiendo en los malestares que hicieron erupción entonces y que siguen vivos, aunque agazapados. Entretanto, las víctimas, que perdieron sus ojos, sus bienes, su libertad, su empleo o sus esperanzas, siguen ahí, incrédulas.
Pero basta levantar la cabeza para ver que nuestro octubre no fue una anomalía. Fue un signo. Lo sucedido en Francia el 17-O así lo prueba.
Todo partió, igual que acá, con los secundarios. Llevan semanas en las calles. Se fija un día y un lugar. Se convoca por redes sociales. La policía se prepara. Concurren con sus máscaras y sus cantos. Pequeños grupos vestidos de negro destruyen mobiliario urbano y encienden barricadas. Caen las lacrimógenas. Estudiantes y policías heridos. Llamados transversales contra la violencia. Guion conocido.
¿Qué reclaman? Baños insalubres, falta de papel higiénico, salas repletas, edificios que se caen a pedazos, falta de profesores, calor insoportable en verano. "Estamos en condiciones miserables", denuncian: las escuelas no prestan atención al cuerpo de los alumnos ni a las condiciones del aprendizaje. La consigna: "!Dignidad¡".
Se suma un reclamo más genérico: una igualdad de oportunidades solo de cartón. Así lo experimentan los estudiantes de barrios populares y de familias inmigrantes, pero cuentan con la solidaridad de los alumnos de colegios de élite y de los universitarios.
El sábado 17 el asunto tomó otra envergadura. Convergieron en las calles los estudiantes y los míticos "chalecos amarillos", que salieron a protestar por el costo de la vida. Este movimiento de pensionados, transportistas, pequeños empresarios, agricultores y trabajadores de la Francia periférica convulsionó al país entre 2018 y 2019. Para calmarlo, Macron abrió un Gran Debate Nacional: dos meses de asambleas, consultas y cuadernos de quejas. Siete años después, todo se presenta igual: un país cansado, con los nervios de punta, agobiado por la deuda, las tasas de interés, la caída del poder adquisitivo, la crisis de la vivienda, el desempleo; y en el horizonte, más despidos por la inteligencia artificial.
La jornada reunió a más de medio millón de personas y terminó con graves escenas de violencia, pillaje y destrucción. Al día siguiente Macron habló por televisión en tono solemne. Culpó a grupúsculos de ultraizquierda y a delincuentes, y advirtió que quienes intentaron "derribar la República" tendrán que responder. Pidió a partidos, gremios y sindicatos condenar la violencia "sin ambigüedad" y ordenó revisar las fallas de inteligencia. Suena conocido.
Macron reconoció, a la vez, que hay reivindicaciones legítimas. Convocó a estudiantes, profesores, empresarios, sindicatos y parlamentarios a buscar en conjunto respuestas concretas. ¿Pero qué cabe esperar de un gobierno exhausto, al frente de un Estado ahogado en deudas, sin mayoría en la Asamblea y con un presidente impopular, sobre todo entre los jóvenes, a seis meses de una elección presidencial que, según las encuestas, ganaría la ultraderecha?
Lo de Francia -que, como en el 68, podría resonar en el resto de Europa- debiera ayudarnos a poner en perspectiva nuestro propio octubre. El "estallido" no fue obra de unos "octubristas" descerebrados, como tampoco lo es el francés. Ambos expresan algo que ebulle en las oscuras profundidades de la sociedad moderna. Algo que, cuando no encuentra cauce, irrumpe en actos imprevistos, dolorosos y autodestructivos. Una forma extrema de llamar la atención sobre un mercado que ahoga, un Estado que no llega, un futuro que se vive como amenaza y autoridades que prometen "recuperar" un orden y una prosperidad que son incapaces de proveer.
Macron llegó ofreciendo escuchar a los franceses. Nueve años después, envuelto en oropeles y banderas, habla a un país hastiado que ya no lo escucha. Un déjà vu .
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