Miércoles, 28 de Octubre de 2026

Occidente, de luz a villano

ChileEl Mercurio, Chile 27 de octubre de 2026

Hasta la ardiente crítica y combate a esta civilización y a la modernidad revela también sus raíces en ella misma.

En los siglos XX y XXI ha sido un tópico defender o atacar a Occidente. No ha habido civilización anterior en que haya surgido tal grado de juicios condenatorios o al menos de gran carga autocrítica, que es una misión correctiva y a la vez orilla el abismo de la autodestrucción.
Hace 100 años comenzó la reflexión melancólica, inspirada en Spengler, acerca del cansancio y decadencia de Occidente. Después afloró la autocrítica radical, una oikofobia, odio a lo propio, incluyendo sus tradiciones espirituales y culturales. Me muevo en un ambiente intelectual donde predomina una autocrítica mecánica, total, transformada en santo y seña, orden de la manada, que incluso permite lograr réditos en la carrera, en línea con la industrialización de la ciencia en que en nuestros días se extravían las humanidades y la teoría social. No ayuda a remediar esta situación menesterosa una defensa del nombre de Occidente sin su contenido, su espíritu. Su prototipo en nuestros días es la pretensión de Trump y sus adláteres de representar la defensa de Occidente, sin aludir con honestidad a ninguno de los valores que lo hicieron grande. Uno diría, no me ayude compadre.
Para aquilatar esta civilización se debe entender que su cemento original y originante, que le confería unidad, era la cultura cristiana en torno al Mediterráneo, la que luego, sumada a la herencia cultural grecolatina, tras la expansión musulmana, quedó anclada en lo que devino Europa. Esto marcó un origen común a las civilizaciones, en todas ellas, que otorga creatividad y capacidad protectora a valores en potencia universales. Además, por su raíz en la experiencia judeocristiana, traducen un monoteísmo universalista que le da poder de conversión. El cristianismo y el islamismo son pruebas vivientes, como lo es otra de las grandes religiones, una no monoteísta, el budismo. Lo particular de la experiencia cristiana es que de sí misma produjo una cultura secular que derramó sobre la sociedad, en principio no antirreligiosa, aunque también podía serlo y muchas veces lo fue y lo es. También, su experiencia de universalidad hace que sus nociones se hayan expandido por todo el mundo con más vigor que otras experiencias de grandes Estados o imperios.
Esta civilización tuvo además un rasgo especial en la estructura íntima de su sociedad: una diversidad que complementaba a las partes, tanto porque dio origen a un enjambre de soberanías políticas o Estados como porque en el interior de cada uno de los países que se conformaron existía un pluralismo de poderes e instituciones. Su dinamismo revirtió en la fuerza de la ciencia, la ilustración, la creación de la democracia moderna y de la misma modernidad, en sus diversas caras: las letras y las artes, el pensamiento; la revolución industrial y todo lo que le siguió, con logros colosales y frenesíes patológicos, como en consecuencias no intencionadas y a veces repulsivas. No refleja más que el hecho de que la existencia humana es un continuo e interminable claroscuro. Hasta la ardiente crítica y combate a esta civilización y a la modernidad revela también sus raíces en ella misma (como la alucinación decolonial, entre tantas). El mundo no occidental asumió estilos y contenidos de la modernización; por ello también traduce pertenencia occidental.
¿Y nuestra América? Asumo plenamente la idea del gran Octavio Paz, que somos un "Occidente excéntrico", no solo por la expansión cultural de su civilización, sino porque pertenecemos en parte a su corazón y dilemas, en lo que está incluida la herencia de las sociedades precolombinas, hoy inseparables de la modernidad.
La Nación Argentina O Globo Brasil El Mercurio Chile
El Tiempo Colombia La Nación Costa Rica La Prensa Gráfica El Salvador
El Universal México El Comercio Perú El Nuevo Dia Puerto Rico
Listin Diario República
Dominicana
El País Uruguay El Nacional Venezuela