Miércoles, 28 de Octubre de 2026

Después de la fiesta

UruguayEl País, Uruguay 28 de octubre de 2026

A alguien le puede gustar más Lula o Bolsonaro. Lo que no resiste análisis es la romantización de quien lideró la política brasileña casi todo el siglo y dejó los problemas que hoy dice solucionará.

El domingo, Luiz Inácio Lula da Silva logró algo que ningún candidato había conseguido en Brasil desde la redemocratización: dar vuelta en el balotaje una primera vuelta perdida. Con 51,8% de los votos obtuvo su cuarto mandato. En Uruguay, el oficialismo lo celebró como propio. El presidente Orsi lo saludó como "un amigo", la cuenta del Frente Amplio proclamó que "ganó la democracia, la esperanza", y su presidente, Fernando Pereira, que siguió el escrutinio desde el comando de campaña en San Pablo, calificó el triunfo de "conmovedor". La fiesta, sin embargo, terminó. Ahora empieza lo difícil.

Ganara quien ganara, Brasil tenía por delante una tarea enorme. La economía crece en torno al 2%, el déficit fiscal total roza el 10% del producto y la deuda bruta, que supera el 82%, se encamina al 87% el año próximo. Los economistas coinciden en que hará falta un ajuste del orden de cuatro puntos del producto. La paradoja es que esa tarea le toca ahora al mismo hombre que vació la caja para ganar, y que deberá hacerlo con un Congreso adverso y un país partido casi en mitades. Para saber qué esperar de él, conviene recordar quién es.

Antes, una aclaración necesaria. Uno puede rechazar a Bolsonaro como candidato y buena parte de lo que representa, empezando por su pedido de anular una elección que perdió. Es incluso razonable pensar que, para Uruguay, Lula era la opción preferible, o el mal menor, al frente de nuestro gigante vecino. Pero preferir a Lula no obliga a romantizarlo.

El primer Lula es un populista. Para remontar un balotaje que empezaba perdiendo, desplegó un paquete de beneficios que la Institución Fiscal Independiente del Senado brasileño estima en casi 300.000 millones de reales solo para este año, y que otras consultoras elevan por encima de 350.000 millones: un aumento de 15% del Bolsa Familia, cobrado por primera vez seis días antes de la votación, renegociación de deudas, rebajas de impuestos a los combustibles, nuevas becas mensuales para universitarios. Todo sobre unas cuentas que ya estaban rotas. Usar el Tesoro para comprar la reelección no es solo mala economía. Es una inmoralidad, porque la factura la pagarán muchos que ni siquiera lo votaron.

El segundo es el Lula de la corrupción. Bajo sus gobiernos se montaron el mensalão, la compra sistemática de votos parlamentarios, y el petrolão, el saqueo de Petrobras que dejó decenas de confesiones y miles de millones devueltos. Lula fue condenado en dos causas y pasó 580 días preso. El Supremo anuló luego esos procesos porque el juzgado de Curitiba no era competente y porque consideró parcial al juez Moro. Pero los hechos nunca volvieron a juzgarse: las causas prescribieron en Brasilia. Lula no fue absuelto. La justicia no dijo que fuera inocente; dijo que ya no podía juzgarlo. Y la responsabilidad política no prescribe: uno de los mayores esquemas de corrupción de la historia del continente funcionó durante años en las empresas y los ministerios de un gobierno que él encabezaba.

El tercero es el defensor de las dictaduras. Lula fundó con Fidel Castro el Foro de San Pablo, comparó a los presos políticos cubanos en huelga de hambre con delincuentes comunes y justificó la eternización de Daniel Ortega preguntando por qué Angela Merkel podía gobernar dieciséis años y él no. En 2023 recibió a Nicolás Maduro con honores en Brasilia y sostuvo que el autoritarismo venezolano era "una narrativa construida". Y cuando en julio de 2024 Maduro se robó la elección, Lula no lo reconoció, pero tampoco llamó fraude al fraude. Pidió actas que nunca iban a llegar, propuso nuevas elecciones o un gobierno de coalición con el chavismo, y pateó la pelota al costado mientras el dictador ganaba los meses que necesitaba para volver a asumir.

Ese es el hombre que ahora deberá ordenar la casa. A Uruguay le conviene que lo haga, porque necesita un vecino que crezca, que ordene sus cuentas y que vuelva a mirar hacia afuera. Los próximos años mostrarán al verdadero Lula: el que tendrá que pasar la cuenta y limpiar después de la fiesta que él mismo organizó.

Desearle éxito en esa tarea es lo más sensato. Decir que Lula es preferible a Bolsonaro es una opinión como la contraria. Lo que no resiste análisis es la romantización de quien lideró la política brasileña casi todo el siglo XXI y dejó los problemas que hoy dice solucionará. Lo que se le viene a Lula ahora, él nunca lo vio, aunque sí su amiga Dilma. Ordenar una fiesta salvaje de gasto público autogenerado, sin festival de commodities para pagarlo.
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