Miércoles, 28 de Octubre de 2026

¿De qué se habla en San Francisco?

UruguayEl País, Uruguay 28 de octubre de 2026

Fuimos a ver un presente que, en lugares como Uruguay, es parte del futuro.

Estuve una semana en San Francisco recorriendo Silicon Valley. Conocí de primera mano empresas gigantes de tecnología, startups de inteligencia artificial, inversores y universidades de primer nivel como Stanford y Berkeley. Todo empezó en el City Hall, el único lugar público al que fuimos además del Consulado uruguayo. Fuimos a hablar de inversión, tecnología y emprendimiento.

Fuimos a ver un presente que, en lugares como Uruguay, es parte del futuro.

Nadie, en ninguna conversación, mencionó al Estado, al gobierno o a las políticas públicas. Nada.

Las palabras preceden a los hechos, y no es casualidad que al final de este año vaya a haber 12.000 nuevos millonarios en un entorno de 3,5 millones de personas.
El diario de la Universidad de Stanford contaba otra historia.

La edición del 2 de octubre del Stanford Daily abría con el siguiente: "La universidad aclara su vínculo con la Casa Blanca". Stanford se sumó a la Foundry School, un programa del gobierno federal para formar emprendedores, ingenieros y técnicos para la industria manufacturera.
También integra Pax Silica, una iniciativa del Departamento de Estado que reúne a gobierno, universidades y empresas en torno a la inteligencia artificial y las cadenas de suministro globales.

El resto del diario seguía en la misma línea. En el Senado se discute una ley para regular la remuneración de los atletas universitarios. Un grupo de estudiantes protestó contra la política exterior de su país.

Un profesor reconstruía el proceso judicial contra once estudiantes que ocuparon la oficina del presidente de la universidad.

Y dos columnas de opinión le pedían a Stanford que deje de empujar a sus mejores egresados hacia la consultoría y las finanzas, y que haga público el costo ambiental de la inteligencia artificial que promueve.

En las charlas con las empresas el Estado no apareció. El Estado estuvo y está: buena parte de Silicon Valley nació de investigación financiada con fondos públicos, y el diario muestra que esa relación sigue viva. Pero nadie lo espera.

Quien emprende o invierte allí no organiza su conversación en torno a lo que otros deberían hacer por él. La pregunta es, similar a la que hizo Kennedy, qué tiene que hacer cada persona, por sí mismo y para los demás. Es un rasgo cultural antes que económico: la iniciativa se asume como propia, y el entorno, incluido el gobierno, es un dato del contexto.

En Uruguay solemos empezar la conversación al revés.

Ante cada problema, la primera pregunta es qué debería hacer el Estado.

Esa pregunta tiene su lugar, y el país construyó mucho a partir de ella durante el siglo XX. Pero se convirtió en la única pregunta. Falta: qué puedo hacer yo con lo que tengo, con quién y para quién.

La distancia con Silicon Valley no se mide solo en la diferencia increíble de escala en términos de capital, talento e infraestructura.
Se mide también en las preguntas que nos hacemos primero. Y si las palabras preceden a los hechos, es evidente que nos estamos haciendo las preguntas equivocadas.
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