Perdió la motosierra
El triunfo de Lula en Brasil pone en evidencia los riesgos de las estrategias de comunicación de las derechas.
No es intención de esta columna explicar el inesperado triunfo de Lula en Brasil; me interesa sí analizarlo desde un punto de vista específicamente comunicacional.
Parece claro que semejante vuelta de la tortilla en tan solo tres semanas sorprendió a todos, incluso a los analistas yoruguas que llevaban la camiseta de Lula pintada en la piel. En esas semanas previas se dedicaron a justificar por qué perdería. Entre los argumentos insensatos que escuché y leí, figuró que los votantes ya habían dejado de pensar por sí mismos y hacían lo que les ordenaba el pastor evangélico del barrio. O que la clase alta había tramado un acuerdo con la clase baja. O que la clase media, tan desagradecida, ahora que había prosperado gracias a Lula, quería un gobierno de derecha, porque había renegado de la solidaridad y se reconvertía en capitalista y malvada. Entre otros tantos delirios, llegué a escuchar a un joven politólogo de moda decir que "en Brasil, mirándole el aspecto al votante uno puede saber su intención de voto" (sic).
Desde la victoria de Milei en Argentina me sigue sorprendiendo cómo tantos analistas sesgados son incapaces de admitir públicamente que el avance de las derechas se debe a los desastres perpetrados por la vieja ola progresista, de la que Lula estaría siendo hoy uno de los pocos sobrevivientes exitosos.
Pero en este análisis aspiro a dar un paso más y a reflexionar sobre los errores de comunicación de la derecha, más allá de las notorias carencias del candidato que la representó en el reciente balotaje brasileño.
Elijo una imagen: la motosierra. Esa herramienta que los políticos liberales (y libertarios) usan como símbolo del imprescindible recorte de los gastos del Estado, también está asociada, para los que somos cinéfilos, a Leatherface y toda la saga de asesinos seriales de grotescas películas de terror.
Recuerdo cuando la mencionó Luis Alberto Lacalle Herrera en la campaña electoral uruguaya de 2009: su adversario José Mujica se valió del recurso para agitar el fantasma de un recorte del gasto en políticas sociales. Incluso se encargó -con tanto ingenio como mala leche- a un pequeño sector del FA la divulgación de un dibujito animado donde aparecía justamente un fantasma de manto blanco, blandiendo una motosierra, que usaba para -literalmente- partir al medio una ceibalita, ante el rostro sufriente de un escolar. En ese momento tuvimos claro que la metáfora de la motosierra no había sido adecuada y ningún partido fundacional volvió a emplearla a partir de entonces. ¿Por qué a Milei le funcionó en Argentina? Porque el desastre económico del kirchnerismo era tal que la ciudadanía ansiaba exactamente eso: que llegara un outsider que arrancara de cuajo a la llamada "casta" con un aparato tan agresivo como ese.
El problema (del domingo pasado en Brasil y pronto de España) es que el presidente argentino tiene ínfulas mesiánicas de influir con su proyecto libertario en el resto del mundo, y cada manito amiga que pretende dar a candidatos hispanoamericanos de derecha se parece más bien a una mano de bleque.
No es casual que tanto Lula como Pedro Sánchez hayan magnificado el apoyo de Milei a sus adversarios: el estilo insultante que ha funcionado para el electorado argentino resulta una extravagancia para brasileños y españoles. Milei cree que tira un salvavidas a Bolsonaro y a Núñez Feijóo, pero lo que ellos reciben es un yunque.
En el caso de Brasil, tampoco es casual que Lula haya dedicado un segmento del último debate a victimizarse porque su oponente se burló de él llamándolo "nueve dedos". Motosierra maligna de un lado, y pérdida de un dedo trabajando, del otro: no puede haber simbología más favorable a quien terminó ganando la elección.
¿Hay que renunciar a recortar el gasto público y bajar el costo del Estado? Claro que no. Pero esto no significa que haya que promoverlo utilizando metáforas berretas como las de la motosierra y el "derrame".
Cada motosierra que se mencione en un discurso político liberal servirá para que del lado del populismo se asuste a la gente con pérdida de derechos o incluso -como acaba de ocurrir en Brasil- para que le endulce el bolsillo con nuevos subsidios y exenciones, como patética, pero eficaz compra de votos.
Cada vez que se dice que el libre mercado "derrama" en toda la sociedad, se está dando a entender que a los menos pudientes les llega solo "lo que sobra", cuando no es así: lo que les llega es más puestos de trabajo, mejores salarios, más capacidad de compra y oportunidades de prosperar. No es un mero derrame, es una consecuencia lógica y buscada.
Estaría bueno que las llamadas "derechas" abandonaran, primero que nada, las posturas maximalistas, que le hacen el trabajo demagógico tan fácil al populismo de la vereda de enfrente. Y en segundo lugar, que dejaran de usar esas metáforas tontas que las entierran en lugar de potenciarlas.
Y ojo si Milei nos tira uno de sus vociferantes salvavidas: lo más recomendable será esquivarlo.