Partidos. ¿Por qué y para qué?
Siguen siendo los intermediarios más aptos entre el pueblo y el Estado.
Los partidos políticos sufren una crisis de prestigio y legitimidad, aun cuando tanto la teoría como la experiencia empírica nos muestran que son la forma más idónea de organizar el sistema político en una democracia liberal representativa. En la encuesta CEP de abril-mayo de 2026, los partidos obtuvieron apenas un 6% de confianza institucional, y el Congreso, donde operan, solo un 13%. Anteriormente, la confianza en los partidos había llegado a un mínimo de 2%.
Etimológicamente, "partido" viene de pars , es decir, una parte, un segmento de un todo. Antes, para describir estas asociaciones parciales se hablaba de "facción", término que tenía un significado peyorativo. En este contexto, desde la Antigüedad las divisiones organizadas representaban más bien una enfermedad de la república, y Maquiavelo, por ejemplo, desconfiaba de lo que para él eran las "sectas".
Aquello sucedía en una era de supuesta unanimidad, basada en la premisa de que existía una verdad única en los más diversos temas, que podía imponerse desde el poder central; por lo tanto, todo aquello que la dividía era anatema. Cuando surge y se acepta la realidad de una mayor pluralidad, se entiende que hay posiciones divergentes que son legítimas y que requieren que quienes comparten una misma concepción del bien común puedan asociarse para competir por el poder. Como dice Sartori, "el partido solo se vuelve legítimo cuando se acepta que la discrepancia no destruye la unidad del cuerpo político". En otras palabras, cuando se entiende que "es parte de un todo pluralista, que canaliza, expresa y agrega demandas".
Incluso en la Inglaterra del siglo XVIII, donde supuestamente se originó el concepto de partido político, ser Whig o Tory era más bien un insulto que una definición, y la doctrina antipartidista era la dominante. En Chile, en ciertos movimientos de derecha de la primera mitad del siglo XX, la concepción de la democracia liberal basada en partidos políticos era intelectualmente vilipendiada, y se sostenía que debía ser reemplazada por organizaciones de corte corporativista.
Es con la publicación de Thoughts on the Cause of the Present Discontents, de Edmund Burke, en 1770, cuando surge la primera reivindicación conceptual de los partidos. Allí, el filósofo y político los define como "un cuerpo de hombres unidos para promover, mediante sus esfuerzos conjuntos, el interés nacional sobre algún principio particular, en el que todos están de acuerdo". Y agrega sabiamente: "Ningún hombre que no esté inflamado de vanagloria hasta el fanatismo puede ilusionarse con que sus esfuerzos solitarios, sin apoyo, erráticos y asistemáticos, tengan poder para derrotar los sutiles designios y las camarillas unidas de ciudadanos ambiciosos". Concluye que "cuando los malos se coaligan, los buenos deben asociarse; de lo contrario, caerán uno a uno, sacrificio sin compasión en una lucha despreciable". Ello, aclara, no significa obediencia ciega al partido si sus políticas se oponen a principios superiores del representante, quien debe ejercer su propio juicio en ciertas ocasiones.
En la literatura más contemporánea, los partidos son vistos como esenciales para organizar la pluralidad existente, canalizar los intereses dispersos y traducirlos en programas coherentes, y para reclutar y formar élites y candidatos. Además, sirven de pedagogía democrática, porque entregan al elector un atajo para comprender de manera más rápida e inteligible las ofertas electorales en disputa.
Si bien hoy existen mecanismos de conexión directa entre el líder y el pueblo a través de las redes sociales, estas implican una permanente simplificación y distorsión de temas complejos. Por lo tanto, los partidos siguen siendo los intermediarios más aptos entre el pueblo y el Estado.