Lagarde anticipa su adiós al BCE
Todo indica que el Banco Central Europeo volverá a asumir un no buscado protagonismo en un tensionado Viejo Continente.
Christine Lagarde ha comunicado su salida anticipada -se irá en febrero, aunque su período terminaba en octubre de 2027- de la presidencia del Banco Central Europeo (BCE), después de casi siete años al mando de la institución. Como todo liderazgo en política monetaria, el manejo del covid y la estabilización de la inflación posterior marcan su actuación de los últimos años. Existe unanimidad respecto del buen manejo del BCE frente a esos escenarios, así como de la capacidad demostrada por Lagarde en la conducción interna de una institución compleja y heterogénea.
Bajo su presidencia, el BCE ha pasado en cierta forma desapercibido, lo que, más que una crítica, debe interpretarse como un cumplido. Luego de años en que los bancos centrales han tenido que lidiar con diversas crisis, como fue el caso del banco europeo en la primera mitad de la década pasada, en el último tiempo una inesperada buena respuesta de la zona euro a la crisis del petróleo ha evitado poner a la institución en el centro de la atención económica y política.
Lo anterior, sin embargo, podría cambiar en el corto plazo. El significativo aumento del costo de financiamiento en algunos países, y particularmente en Francia, como consecuencia de los altos déficits fiscales y de la incapacidad para lidiar con ellos amenaza con reponer el protagonismo del BCE en la política europea: si hace 15 años la autoridad monetaria debió salir a comprar masivamente bonos de países llamados periféricos para evitar una crisis mayor, en la actual coyuntura es posible que la presión vuelva. Y es que las dificultades fiscales en algunas naciones -y esta vez, no necesariamente periféricas- hacen muy complejo el manejo de un banco central en una unión monetaria.
Vista así, la salida de Lagarde se produce en el momento justo para evitar asumir un protagonismo en esta materia, el cual sería especialmente complejo de manejar considerando su pasado como ministra de Finanzas de Francia. Por cierto, nada hace suponer que su retiro obedezca a haber anticipado y querer eludir ese conflicto, pero a estas alturas parece inevitable que, más temprano que tarde, este debate se apodere de los pasillos de la institución con sede en Frankfurt.
De ser así, se pondrá a prueba por segunda vez en un cuarto de siglo la institucionalidad monetaria europea. Esto, en una coyuntura en la cual las dificultades económicas en el Viejo Continente han agudizado tensiones sociales y, con ello, también la conflictividad política. Así, se acumulan señales que ya anticipan las discusiones que se vendrán en torno al rol que el BCE asuma para desatar el nudo gordiano en que se encuentra Europa.