El regreso de María Corina
La líder opositora María Corina Machado regresó a Venezuela la semana pasada
La líder opositora María Corina Machado regresó a Venezuela la semana pasada. Su retorno constituye una noticia alentadora para un país que lleva demasiado tiempo esperando recuperar su democracia. Su presencia en Caracas devuelve al centro de la escena a una dirigente cuya legitimidad no depende únicamente de las encuestas ni del entusiasmo que despierta entre sus seguidores. Tiene, sobre todo, un respaldo expresado en las urnas. Conviene recordar que, entre otros atropellos, Machado fue impedida arbitrariamente por el chavismo de competir en las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024. En su lugar se presentó Edmundo González Urrutia, candidato respaldado por ella y por una amplia coalición opositora. Los votos que recibió, documentados en las actas divulgadas por la oposición, representaron un mandato de cambio que la entonces dictadura de Nicolás Maduro se negó a reconocer. Ese antecedente resulta indispensable para entender por qué el regreso de Machado modifica el panorama político venezolano. Ella vuelve, además, a un país distinto del que dejó. Venezuela se encuentra hoy bajo la estrecha vigilancia y la decisiva influencia de Estados Unidos, cuyo papel en la administración de esta etapa le impone responsabilidades enormes. Y Washington no puede ser inferior a su histórico compromiso con la libertad y la democracia. Ni la estabilidad de corto plazo ni los intereses económicos o estratégicos pueden convertirse en excusa para relegar la voluntad de los venezolanos. Delcy Rodríguez ha anunciado el fin de las detenciones arbitrarias y la renovación del Consejo Nacional Electoral, pero ha evitado comprometerse con una fecha concreta para votar. Son anuncios que deberán traducirse en hechos verificables. La liberación de quienes han sido perseguidos, el respeto a las libertades políticas, la independencia de las instituciones, la eliminación de las restricciones y el acoso a la prensa y la existencia de un árbitro confiable son condiciones mínimas para unas elecciones auténticas. Es justo, necesario y urgente que Washington, el chavismo y la oposición, especialmente los dos primeros, no dilaten más los diálogos encaminados a fijar una ruta electoral. La propuesta de celebrar comicios a más tardar en 2027 merece una respuesta seria, con plazos, compromisos y garantías. Cada aplazamiento prolonga la incertidumbre de millones de personas, que esperan que la democracia también retorne. Más de ocho millones de venezolanos han tenido que abandonar su tierra en las últimas décadas. Detrás de esa cifra hay familias separadas, proyectos truncados y generaciones enteras marcadas por el exilio. A ellas, y a quienes permanecieron resistiendo las privaciones, se les debe una transición que no sea apenas un arreglo entre unos pocos. Eso implica incluir al movimiento de María Corina en las conversaciones. La premisa es irrenunciable: ninguna salida será sólida ni duradera si no cuenta con el respaldo mayoritario de la población. El gran peligro consiste en tomar atajos que satisfagan a algunos de los actores, preserven cuotas de poder o aseguren ventajas inmediatas, pero dejen intactas las necesidades de las mayorías. Venezuela no necesita una transición hecha a espaldas de los venezolanos. Necesita que su pueblo pueda decidir, libremente y cuanto antes, su propio destino.
La presencia de la líder opositora revive las esperanzas de la oposición en que se fije pronto una fecha electoral.