Trump y los republicanos, humillados
El resultado debería ser un alivio para sus rivales, pero también para muchos aliados de EE.UU., que se beneficiarán del debilitamiento de su poder negociador.
Aplastantes triunfos obtuvieron los candidatos demócratas en las elecciones de medio término - midterms - del martes, al lograr un cómodo control de la Cámara de Representantes y del Senado de Estados Unidos. Donald Trump tendrá ahora que gobernar en minoría, sin capacidad para llevar adelante sus iniciativas de ley y en medio de un muy probable estancamiento legislativo, refugiándose en el poder del veto presidencial, que conserva, por contar con entre 44 y 46 senadores, es decir, más de un tercio de esa rama legislativa (están aún pendientes de certificarse los resultados de las elecciones senatoriales en Mississippi y Alaska, por las mínimas diferencias entre los contendores).
La pérdida del control de la Cámara, que cuenta con amplios poderes fiscalizadores, expone ahora a Trump a comisiones investigadoras de su gestión y de los conflictos de interés y faltas de probidad personales, de su familia y de su entorno. Pero si bien las investigaciones pueden derivar en acusaciones constitucionales, los demócratas carecen de los dos tercios necesarios en el Senado para destituir al Presidente. De hecho, el mandatario ya fue acusado en dos oportunidades en su período anterior, siendo absuelto por no reunir los demócratas el quorum necesario de 67 senadores.
Entre la variedad de causales que explican la derrota de Trump y de los republicanos, además de su arbitrario, avasallador e impredecible uso del poder, sobresale el aumento del costo de la vida, producto de las alzas de aranceles y de la guerra de Irán, en contradicción con sus promesas de campaña de incrementar el bienestar de la población y terminar con las guerras.
El desenlace electoral debería tener profundas repercusiones en el Partido Demócrata, donde ha surgido un importante bloque de izquierda, los demócratas socialistas, como también dentro del Partido Republicano, hasta ahora férreamente controlado por Trump. La actual impopularidad del Presidente y de su fracasada gestión debería redundar en deserciones y distanciamientos de parlamentarios, funcionarios y dirigentes republicanos.
Pero así como no es novedad en Estados Unidos la derrota de los gobernantes en las siguientes elecciones parlamentarias (en 100 años solo Franklin D. Roosevelt y George W. Bush en su primer período conservaron su mayoría), tampoco es novedad para Trump gobernar en minoría: así ocurrió en la segunda parte de su administración anterior, frente a lo cual reaccionó recurriendo sostenidamente a decretos y órdenes ejecutivas para llevar adelante sus políticas; eludiendo el control del Congreso, y demorando el cumplimiento de sentencias judiciales adversas. Por lo demás la aprobación, en julio de 2025, de la Gran y Hermosa Ley (Big Beautiful Bill Act) permitió al mandatario concretar gran parte de su agenda en materia energética, educacional, de salud, rebajas de impuestos, incentivos y subsidios a las empresas, recursos para defensa, control migratorio y fronterizo, seguridad pública y reformas administrativas. Sin embargo, la mayoría demócrata podría intentar ahora reducir el financiamiento para la guerra de Irán, aumentar el apoyo a Ucrania y forzar la eliminación de algunos aranceles, aunque se trata de medidas que no son fáciles de imponer sin provocar la paralización del Estado.
En el exterior, el descalabro de Trump debería ser un alivio para líderes internacionales opuestos, pero también para muchos países aliados de EE.UU., que se beneficiarán del debilitamiento de su poder negociador, amenazante y transaccional. Sin embargo, políticas importantes trascenderán a la derrota, e incluso a su presidencia. Tal será el caso, muy probablemente, del proteccionismo, de la reducción del financiamiento a organismos internacionales, en especial a la OTAN, y de la tensionada relación entre China y Estados Unidos, posiciones compartidas por sectores demócratas.
En definitiva, el fracaso y la humillación sufridos por Donald Trump esta semana podrán complicar su gestión interna y su política exterior, pero difícilmente detendrán o causarán cambios sustanciales en su agenda desafiante del Estado de derecho y del derecho internacional.