Papa, Moratorio y espíritu perenne
Pero el Papa no viene por los temas de un gobernante cualquiera, viene a predicar el Evangelio, a trasmitir fe.
De hoy al domingo, León XIV estará en el Uruguay. Su predecesor Jorge Mario Bergoglio, nacido en la Cuenca del Plata, en 12 años de pontificado no vino nunca. En cambio, Robert Francis Prevost, hijo de Chicago, nos llega en solo un año y medio de papado, tras extirpársele un pedazo de pulmón. La diferencia no nos pasa inadvertida.
El gobierno de nuestra República lo recibirá con honores de Jefe de Estado. Corresponde. La Ley Fundamental del Vaticano en sólo 25 artículos es una verdadera Constitución. Organiza la soberanía que le reconoció el Tratado de Letrán, 1929, firmado por el cardenal Pietro Gasparri y el "primer ministro" Benito Mussolini. Su primer artículo dispone: "El Sumo Pontífice, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, posee la plenitud de la potestad de gobierno, que comprende la autoridad legislativa, ejecutiva y judicial"; y el artículo 2 aclara que "El Estado y su ordenamiento jurídico son distintos de la Curia Romana y de otras instituciones de la Santa Sede."
Pero el Papa no viene por los temas de un gobernante cualquiera, sino -como reza el primer inciso del artículo 2- para cumplir "su elevada misión en el mundo", que es predicar el Evangelio, transmitir fe y suscitar un "Levántate y anda" que alcance no sólo a los católicos sino a gentes de todos los credos. En sus raíces griegas, "católico" se formó con el prefijo «kata» que significa «en dirección a» y «holos», que implica «todo» o «entero». La palabra la empleó Aristóteles -cuatro siglos largos antes de Cristo- para referirse a lo general o universal. Y en el segundo siglo después de Cristo, San Ignacio de Antioquía la aplicó a la comunidad cristiana que Trajano perseguía en Roma. El catolicismo lleva impresa en el nombre su vocación por lo universal, que anticiparon los Diez Mandamientos y confirmó Jesús cuando mandó amar hasta a los enemigos.
Si en estos días se corta el tránsito y se nos trastruecan las agendas no es, pues, porque llega un jefe de Estado -con la fragilidad que nos testimonian Trump y Peña- sino porque la voz mayor de una institución milenaria viene a hablarnos de asuntos del espíritu.
Eso no está de moda en un Uruguay que se acostumbró a explicar enormes desgracias -ignorancia, drogadicción, narcotráfico, delincuencia mayor- por "causas sociales" o "de estructura" y dejó de enseñar una filosofía que inspire ánimo de superación y grandeza. Sí: el materialismo de los extremos de derecha e izquierda siembra resignación a reducirnos a "una sociedad" o "un paisito".
El espíritu no está de moda, pero todos sufrimos una sed quemante de sentimientos e ideas que nos devuelvan vuelo. Es sed de espíritu. De ese espíritu que nos debe unir a laicos y feligreses en la empresa de engrandecer al Uruguay. Para ello hace falta que la Iglesia compita no sólo por la fe y las obras, sino también por la filosofía; y hace falta que la enseñanza laica, también desde la filosofía, vuelva a formar personas completas y no sólo mano de obra con currículum.
Mientras el Papa hacía las valijas en Roma, aquí se nos murió Gonzalo Moratorio. Respondió con lucha para sí mismo y para los demás. Batalló por el prójimo más allá de su desgracia.
Más aún: confirmó que la persona con grandeza, desde su puesto de trabajo -científico, intelectual o manual-, sirve los valores universales que, en un mundo desalmado, debemos rescatar juntos para que el Uruguay jamás pierda su identidad y para que los uruguayos nos hermanemos en la mirada a lo Eterno y lo Infinito, de cuya madera estamos hechos todos.