Viernes, 06 de Noviembre de 2026

La revolución silenciosa de la compasión

ArgentinaLa Nación, Argentina 5 de noviembre de 2026

El 29 de octubre, la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires aprobó por unanimidad, con 56 votos afirmativos, la Ley Compasión

El 29 de octubre, la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires aprobó por unanimidad, con 56 votos afirmativos, la Ley Compasión. A partir de esta norma, la educación porteña deberá incorporar contenidos vinculados a la compasión, el respeto y la protección de los animales y la naturaleza, reconociendo a los animales como seres sintientes. Su alcance comprende establecimientos públicos y privados, desde el nivel inicial hasta la formación docente.

Hay algo profundamente revolucionario en que una sociedad decida poner la compasión en el centro de la educación. Especialmente en la Argentina, donde nuestra relación con los animales atraviesa la economía, la cultura y hasta la identidad nacional. Buena parte de nuestro marco jurídico y económico todavía concibe la naturaleza como un conjunto de recursos a disposición de los seres humanos. Nos cuesta reconocer el valor de otras formas de vida independientemente de cuánto puedan servirnos.

Hace mucho que sabemos que los animales sienten, sufren y experimentan el mundo. Sin embargo, continuamos organizando buena parte de nuestras vidas como si ese conocimiento no tuviera demasiadas consecuencias. Una sociedad revela mucho de lo que es por cómo trata a los animales.

Tengo la sensación de que esta ley también viene a expresar una incomodidad que miles de personas llevamos dentro desde hace tiempo. Una especie de grito ahogado, la percepción de que algo en nuestra manera de convivir con los demás seres vivos no está bien. Que tenemos una deuda. Que sabemos mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer en nuestras conductas. A veces nuestra cabeza tarda en comprender aquello que, de alguna manera, ya está en el corazón.

Por eso me parece tan significativo que la palabra elegida haya sido compasión. Proviene del latín compassio, padecer con, compartir el sufrimiento. Desde el pangeísmo, la compasión se entiende también como sentir-con: abrirnos a la vulnerabilidad y a la alegría de los otros, reconociendo que compartimos una trama de existencias interdependientes.

Somos singularidades irrepetibles, atravesadas por innumerables otras vidas. Formamos parte de una continuidad que nos precede y nos excede. Reconocer al otro implica comprender que su existencia importa, aunque sea diferente de la nuestra y jamás lleguemos a conocer plenamente su experiencia del mundo.

Quizás una de las contradicciones más profundas de nuestra civilización sea esa distancia entre lo que sabemos y nuestra manera de vivir. Una sociedad también se revela por aquello frente a lo cual ha aprendido a no sentir nada.

En este contexto, elegir la compasión como objetivo educativo es una provocación cultural. Nos invita a pasar de preguntarnos qué derecho tenemos sobre los demás a preguntarnos qué responsabilidad tenemos con ellos. Y abre una posibilidad que trasciende ampliamente la protección animal: aprender a convivir con mayor sensibilidad hacia las distintas formas de existencia.

La aprobación unánime también merece atención. No porque el consenso legislativo demuestre que todas nuestras contradicciones fueron superadas, sino porque representa un acuerdo político alrededor de una sensibilidad que históricamente encontró enormes resistencias. Y el acontecimiento ya empieza a proyectarse más allá de Buenos Aires. En pocos días, más de diez provincias empezaron a trabajar en proyectos de ley similares. Me entusiasma pensar en un posible efecto Compasión, una multiplicación de propuestas que permita llevar esta conversación a otras legislaturas, escuelas y comunidades. El valor de ese proceso dependerá de la profundidad de los debates que despierte y de lo que finalmente se implemente.

La Ley Compasión fue elaborada por Sintientes, organización fundada por Liz Solari, y presentada por el legislador Emmanuel Ferrario. Detrás de su aprobación hay años de trabajo voluntario y una enorme tarea de articulación. También existen décadas de esfuerzos anteriores de personas y organizaciones que fueron preparando el terreno. Este hito les pertenece a todas ellas.

Conozco de cerca lo que significa trabajar por una ley. Pasé más de diez años involucrado en la Ley Nacional de Educación Ambiental Integral y participé en la cocreación de la Ley Yolanda, entre otras iniciativas. Aprendí cuánto esfuerzo requiere transformar ideales en normas, pero también fui descubriendo las contradicciones del sistema. Leyes que no se cumplen, que se superponen o que terminan enfrentadas con otras disposiciones. Nuevas regulaciones que se aprueban sin considerar adecuadamente los consensos socioambientales anteriores.

La vida cambia mucho más rápido que las leyes. Pero necesitamos acuerdos que perduren, un suelo firme sobre el cual construir. Si no, terminamos parados sobre arenas movedizas. Mi confianza en la capacidad transformadora de las normas, por sí solas, fue cambiando con los años.

Y esta ley me entusiasma especialmente. Porque es una ley de educación. Y porque detrás hay muchas personas dispuestas a llevarla a la práctica.

Me gusta pensar la educación desde la idea de educir: sacar hacia afuera aquello que, de alguna manera, ya llevamos dentro. Despertar sensibilidades que permanecen adormecidas bajo las costumbres y los mandatos de nuestra cultura. Que algo se mueva adentro, que cambie nuestra manera de percibirnos y, con ello, nuestra forma de convivir.

Educar en compasión puede comenzar por algo tan esencial como reconocer al otro. Comprender que un animal no es una cosa, que tiene una experiencia propia del mundo y necesidades que merecen consideración. Advertir cómo nuestras decisiones afectan su existencia. La ley contempla contenidos sobre sintiencia animal, cuidado responsable y prevención del maltrato, entre otros aspectos. Su desarrollo educativo deberá acompañar ese reconocimiento con experiencias de aprendizaje adecuadas a cada edad.

Tampoco sería deseable que una ley de educación para la compasión terminara convirtiéndose en un instrumento de imposición moral. Necesitamos formar personas capaces de preguntarse, descubrir, sentir y disentir, que encuentren desde su propia libertad maneras de cuidar y convivir.

Hay una idea que me acompaña desde hace tiempo: donde hay amor, las leyes empiezan a sobrar. Una ley puede establecer obligaciones, pero hay algo en ese darse cuenta que ninguna imposición jurídica puede producir por sí misma.

Quizás ahí esté una de las posibilidades más profundas de esta ley. En que algún día necesitemos menos normas para obligarnos a respetar la vida, porque habremos aprendido, desde adentro, por qué merece ser respetada.

Ahora comienza una etapa decisiva. El Ministerio de Educación porteño tendrá que traducir los principios de la ley en contenidos concretos, preparar a los docentes y garantizar recursos para su aplicación. La propia norma contempla expresamente la articulación de las escuelas con organizaciones de la sociedad civil y especialistas en protección animal. Una oportunidad enorme para que aporten su experiencia y participen activamente de este nuevo camino. La ley es un trampolín. Ahora habrá que demostrar en la cancha.

Me gustaría que dentro de algunos años un chico o una chica vuelva de la escuela con una pregunta sobre los animales y sobre nuestra responsabilidad hacia ellos. Que esa inquietud llegue a su casa y abra una conversación que antes no existía. Que quizás cambie algo pequeño, pero importante, en su manera de mirar lo que siempre estuvo ahí.

No sé cuánto tiempo llevará transformar las sensibilidades de una sociedad. Pero sigo creyendo en la educación y en esa capacidad, tan misteriosa como extraordinaria, que tenemos de transformarnos por dentro.

En esta ley encuentro una semilla de esa civilización que me gustaría que seamos. Ahora tenemos la responsabilidad de cuidarla y hacerla crecer.
La Nación Argentina O Globo Brasil El Mercurio Chile
El Tiempo Colombia La Nación Costa Rica La Prensa Gráfica El Salvador
El Universal México El Comercio Perú El Nuevo Dia Puerto Rico
Listin Diario República
Dominicana
El País Uruguay El Nacional Venezuela