La resiliencia de la economía mundial a prueba
La economía mundial enfrenta tensiones comerciales, guerras y un debilitamiento de las reglas del comercio internacional
La economía mundial enfrenta tensiones comerciales, guerras y un debilitamiento de las reglas del comercio internacional. A las alzas de aranceles de EE.UU. se sumó este año la guerra en Medio Oriente, que ha elevado los precios de los combustibles y dado un nuevo impulso a la inflación y la incertidumbre. Pese a ello, la actividad global ha mostrado una sorprendente resiliencia.
El crecimiento se mantiene, aunque con diferencias importantes entre economías. En EE.UU., el consumo y la inversión asociada a la inteligencia artificial (IA) sostienen la actividad, el desempleo sigue bajo y las utilidades de las empresas siguen robustas. En la zona euro, Alemania ha tomado más dinamismo y España mantiene un crecimiento elevado. China sigue apoyándose en sus exportaciones, compensando su débil demanda interna. En Taiwán, Corea del Sur y Japón, la demanda tecnológica vinculada a la IA impulsa las exportaciones y el producto.
Tres factores ayudan a explicar este desempeño. Primero, una oferta petrolera más diversificada geográficamente y una menor dependencia del petróleo, gracias al avance de las energías limpias y al cambio en la composición del producto hacia servicios, a diferencia de décadas previas con mayor relevancia industrial. Segundo, muchas economías enfrentaron estos shocks con inflaciones cercanas a sus metas y expectativas ancladas, lo que permitió a los bancos centrales actuar inicialmente con cautela. Tercero, el auge de la inversión en IA, que ha impulsado la demanda de bienes de capital e insumos tecnológicos.
En este contexto, las proyecciones de crecimiento mundial han cambiado poco. Pero esta fortaleza no garantiza estabilidad. La persistencia de la inflación y los riesgos financieros podrían terminar debilitando el crecimiento.
Una de las principales amenazas proviene del shock energético, que ha sido más persistente de lo previsto. Los ataques a instalaciones y rutas del golfo Pérsico, junto con los daños a la infraestructura energética por la guerra entre Rusia y Ucrania, han restringido la oferta. Los precios de los combustibles refinados han subido incluso más que el petróleo crudo, presionados por la destrucción de refinerías, bajos inventarios y mayores costos de transporte. Las señales de posibles negociaciones entre Irán y Estados Unidos han provocado caídas del precio del petróleo esta semana, pero anuncios similares no han tenido efectos duraderos. Una prolongación de la guerra, nuevos daños a la infraestructura energética o un invierno muy frío en el hemisferio norte podrían intensificar el shock de los combustibles. Al mismo tiempo que el fenómeno de El Niño agrega un shock de precios agrícolas.
Estas presiones inflacionarias están modificando las perspectivas de política monetaria. En Estados Unidos, la fortaleza de la demanda, la resiliencia del empleo y las presiones de precios han llevado a la Reserva Federal a evaluar nuevas alzas de la tasa. Los mercados anticipan nuevas alzas, una este año y otra el próximo, mientras las presiones del Presidente Trump sobre la Fed añaden incertidumbre respecto de su independencia.
Otros bancos centrales enfrentan dilemas similares. El Banco Central Europeo, tras subir su tasa en septiembre, la mantuvo en octubre, pero dejó abierta la posibilidad de otro aumento. El Banco de Inglaterra la subió esta semana. En Japón, la inflación, la depreciación del yen y la recuperación de la actividad apuntan a nuevas alzas. Canadá también ha debido responder al repunte inflacionario con una nueva alza de la tasa.
A este escenario monetario se suma el deterioro fiscal de las economías avanzadas. Sus altos niveles de deuda a PIB y déficits persistentes, asociados entre otros factores al gasto militar, las pensiones y la salud, presionan los mercados de bonos elevando las tasas de interés de largo plazo. Con ello, se encarece el financiamiento y se reduce el espacio fiscal para responder a nuevos shocks .
El auge de la IA, uno de los motores del crecimiento reciente, también introduce riesgos. Las inversiones de las grandes tecnológicas descansan en expectativas exigentes de rentabilidad y recurren cada vez más al financiamiento con deuda. Una revisión de esas expectativas podría desencadenar ajustes abruptos en los mercados financieros, afectando la inversión y la actividad. Algo de esto hemos visto esta semana en medio del temor de que los demócratas en nuevas posiciones de poder en estados claves en el desarrollo de la IA amenacen su auge. La combinación de estos factores configura un entorno financiero internacional más exigente. Aunque las tasas largas retrocedieron desde sus máximos recientes, siguen elevadas. El dólar se ha fortalecido ante el dinamismo estadounidense y la perspectiva de una política monetaria más restrictiva. La persistencia de estas condiciones, o una corrección brusca en los mercados, pondría a prueba la resiliencia de la actividad mundial.
Para Chile, este escenario refuerza la importancia de contar con fundamentos sólidos. La estabilidad macroeconómica, la credibilidad institucional, la apertura y los acuerdos comerciales, un mercado de capitales y la seguridad energética son defensas fundamentales frente a shocks externos. Aunque Chile ha avanzado en estas materias, todavía necesita profundizar su mercado de capitales y fortalecer su seguridad energética.
Sin embargo, resistir shocks no basta: también es necesario adaptarse a ellos. Esto exige una economía dinámica, capaz de sostener la inversión, crear empleos y reasignar recursos ante cambios en las condiciones externas. En este ámbito, Chile presenta debilidades importantes. El bajo crecimiento, el aumento de los costos laborales y las rigideces del mercado del trabajo limitan la creación de empleo y dificultan esa adaptación.
La estabilidad macroeconómica es indispensable, pero insuficiente. En un escenario internacional más adverso, recuperar la capacidad de crecimiento y la capacidad de crear empleo no es solo un objetivo de mediano plazo, también es una condición para fortalecer nuestra resiliencia frente a un mundo más incierto.
"Resistir shocks no basta: también es necesario adaptarse a ellos. Esto exige una economía dinámica, capaz de sostener la inversión, crear empleos y reasignar recursos ante cambios en las condiciones externas".