La errada porfía del Presidente
El Presidente ha reivindicado en España su autoridad frente a los partidos
El Presidente ha reivindicado en España su autoridad frente a los partidos. Y el vocero ha insistido en que es el Presidente, y no los partidos, a quien corresponde la autoridad final a la hora de conformar el gabinete.
Esas declaraciones muestran la comprensión que de su quehacer político tiene el Presidente. Y como esto se ha destacado poco, quizá valga la pena referirse a ello.
Todas las personas -y en esto el político no es una excepción- poseen un ideal del yo, una figura arquetípica e ideal que inspira su comportamiento, puebla sus fantasías, y a la que procuran, a veces inconscientemente, asemejarse. Se trata de un modelo al que el individuo trata de ajustarse y con el cual mide su propia trayectoria.
Ahora bien, las declaraciones del Presidente (su desplante frente a los partidos, su empeño en decir que él actúa procurando decir lo que sea responsable y no lo meramente popular, etcétera, algo que se ha enfatizado en el caso Rabat) muestran que su ideal del yo, adquirido sin duda en las lecciones de historia del derecho recibidas en la Universidad Católica y reforzado por parte de su círculo más cercano, es lo que se suele llamar el modelo portaliano, o, para abreviar, la figura de Portales. Por supuesto, no el Portales biográfico (que está muy lejos del sosiego moral y el buen comportamiento del Presidente Kast), sino la figura de Portales que ha sido transmitida por autores como Alberto Edwards. ¿En qué consiste esa figura -en realidad un mito- y de qué forma ella puede inconscientemente inspirar alguna de las actitudes del Presidente?
Portales, según esa imagen, sería un realista, alguien con los pies en la tierra y no alguien preocupado de las ideas abstractas; un sujeto preocupado ante todo del orden, como una especie de atmósfera impersonal; y en fin, un sujeto que encarnaría la majestad del Estado y de sus instituciones. Edwards sugiere que Chile en la primera parte del diecinueve habría descansado en el poder presidencial que, más tarde, las élites o la fronda (terratenientes, comerciantes, familias patricias, a las que llama fronda por analogía con las élites francesas que se rebelan contra la monarquía) habrían socavado en favor de sus propios intereses.
Es probable que el Presidente se deje llevar por esa imagen. Y que al resistir la opinión de los partidos (o marginarlos de su gabinete) sea la virtud atribuida a la figura de Portales (con la que él se identificaría) la que refuerza esa actitud.
Pero desgraciadamente la idea de fronda (o la idea portaliana) ya no funciona bien para explicar la situación actual del Estado o de los partidos y, por lo mismo, la resistencia o la porfía del Presidente con la que se resiste a acoger los puntos de vista de estos últimos puede ser inadecuada.
¿Por qué? Veamos.
Desde luego, hoy día existe una democracia de masas y de redes, en la que ciudadanos individualizados, con pocas referencias de clase, esgrimen sus expectativas. Como consecuencia de ello, ya no parece correcto ver a los partidos de derecha como meros instrumentos de una élite oligárquica o privilegiada, puesto que para promover incluso intereses parciales deben tener en cuenta los múltiples intereses cambiantes que manifiesta la ciudadanía y ganar legitimidad ante ella. El Estado, por otra parte, ya no es lo que era. La vieja imagen de la sociedad nacional (que inspiró a la historiografía y a la sociología clásica) como una pirámide en cuya cúspide está el Estado, cuyas riendas tiene en sus manos el Presidente, no se condice con un mundo en el que buena parte de los procesos sociales (la cultura, la economía, las comunicaciones) se han mundializado y carecen de cualquier control central. Y los partidos, en fin, se muestran cada vez más como altavoces de las expectativas inmediatas de la ciudadanía.
En un mundo como ese -nuestro mundo: democracia de masas, redes, ciudadanos individualizados, procesos que escapan al control de los Estados nacionales- el ideal portaliano de la autoridad presidencial y la desconfianza frente a los partidos, etcétera, puede obrar como ideal del yo del Presidente; pero es inadecuado como principio de comprensión de la sociedad o como orientación normativa para la conducta gubernamental. En vez de eso, los partidos son hoy más imprescindibles que nunca y no porque ellos puedan controlar una vida social cada vez más indócil, sino porque ellos, al estar, con buenas o malas razones, alertas a lo que sienten los ciudadanos, son los únicos que pueden ayudar a la legitimidad en el sentido weberiano de esa palabra: a que la ciudadanía tenga disposición a obedecer las reglas, a moderar sus expectativas o a orientarlas en pos de objetivos que la trasciendan que es, no hay que olvidarlo, en un mundo como este, la tarea fundamental de la política.
El ideal portaliano de la autoridad presidencial y la desconfianza frente a los partidos, etc., puede obrar como ideal del yo del Presidente; pero es inadecuado como principio de comprensión de la sociedad.