Domingo, 22 de Septiembre de 2019

¿De dónde la violencia?

ChileEl Mercurio, Chile 22 de septiembre de 2019

Es falso que nuestra sociedad se divida en un grupúsculo de violentos y una inmensa mayoría de no-violentos.

El pueblo donde vivo -rural, pequeño, periurbano- tiene su almacén -minimarket-, que es un importante centro social y no solo comercial. En la parte delantera, antes de la entrada, posee dos espacios cubiertos: a la derecha, una verdulería, y, a la izquierda, un estrecho cuarto con máquinas tragamonedas (la mitad malas). He visto muchas veces en almacenes de otros pueblos o de barrio espacios semejantes, con parroquianos similares a los de mi pueblo. Es una imagen típica del Chile "no-jaguar", por decirlo así.
Me impresioné, entonces, cuando de golpe y porrazo miré en la televisión un video captado por una cámara de seguridad -mi almacén también las tiene, porque lo han asaltado un par de veces- en que dos sujetos irrumpían en ese espacio y descargaban en pocos segundos decenas de balas sobre los desprevenidos jugadores. No apuntaron, vaciaron sus armas en ráfaga circular, nada más. Fue en Puente Alto hace pocos días. Murieron cinco personas. No he logrado conocer las circunstancias exactas, pero el ataque es un episodio más de una rencilla entre dos grupos que resuelven sus conflictos, por minúsculos que puedan parecer, con armas. Se supo que estas -una suerte de ametralladoras cortas de alto poder mortífero- eran fabricadas de manera casera, adaptadas por un "artesano" a partir de armas "de juguete" que se venden libremente en el comercio. Mis profesores emplearían aquí la elegante palabra "autotutela", un mecanismo que el derecho prohíbe, pero no extirpa, porque los procedimientos sustitutivos (el proceso, el diálogo y la negociación) a menudo no operan o se frustran. Quiere decir que el presunto ofendido y su grupo aplican directamente la fuerza sobre el presunto ofensor.
La tendencia es a pensar que esa cultura es ajena a uno mismo y propia de personas y grupos estereotipados que estigmatizamos. Sin embargo, es la forma primaria de defensa y, aun tratándose de una persona (supuestamente) civilizada, subyace en su psiquis larvada, acechante y pronta a despertar. El violento es el otro, se piensa: él empezó y soy la víctima.
Es falso que nuestra sociedad se divida en un grupúsculo (como se decía antes) de violentos y una inmensa mayoría (en la que, desde luego, nos ubicamos nosotros) de no-violentos. La violencia está en mí, en mi casa, en mi familia, en mi cultura. Las autoridades e instituciones estatales deben ser en extremo prudentes en el uso de la fuerza que monopolizan, en los hechos, solo en parte. En sus dichos y en sus acciones es preciso encontrar el camino para usar el mínimo necesario de fuerza y no ceder a la atávica estupidez de responder a la violencia con una violencia superior.