Viernes, 15 de Noviembre de 2019

José Tola, un tímido feroz

PerúEl Comercio, Perú 15 de noviembre de 2019

A los 76 años, falleció ayer el reconocido artista peruano. Este es un perfil que profundiza en su peculiar personalidad y creación.

Por fernando ampuero



Un rendido admirador de la obra de José Tola (pero a quien le inquietaba la leyenda negra de su personalidad) se acercó un día a preguntarme si yo, por ser amigo personal del pintor, podía definirlo como artista y como ser humano. Después de pensarlo unos segundos, contesté: ?No puedo. Tola es una persona hecha de una sola pieza?.





¿Cómo podía separar yo al artista del individuo? Tal división, en otros casos, tal vez sea factible. Con Tola, no; él reveló una existencia sin fisuras. Su oficio y su periplo vital, dos misteriosas travesías enlazadas por su extrema vitalidad, desbordaron por igual lucidez y desvaríos, violencia y ternura, tristeza y júbilo. Además, habría que calibrar los diversos componentes de su formación. De un lado, el aprendizaje académico de las artes plásticas, que cumplió a cabalidad; de otro, las experiencias ? el vagabundeo por la India, los trabajitos al paso (como aquel en una morgue de Londres, donde se dedicaba a lavar cadáveres), la cárcel. Por su esencia contracultural, Tola derivó en dark de primera generación. Y ello se reflejó en su aspecto. Vestía de negro, fijaba miradas penetrantes, hablaba poco; pero si se decidía a hablar, descerrajaba su rabia. En los años ochenta, una bella novia lo invitó a su casa. La madre de la susodicha miró de reojo al artista y preguntó a su hija: ?¿De qué tumba lo has sacado??.





Ser insular, recluso en su taller como un monje medieval, artífice de deslumbramientos estéticos, Tola fue también un tímido feroz. Esto, si se quiere, explica en parte la confusión y la sensación de peligro que durante buena parte de su vida inspiró su conducta. Pero lo conveniente, para entenderlo, sería evitar ese nivel de impresiones vagas, superfluas.



Lo importante es saber que fue un pintor extraordinario y un artista de avasalladora intensidad. Pienso en los rotundos bríos que distinguían a maestros contemporáneos como Francis Bacon, Jean Dubuffet o Jean-Michel Basquiat; y pienso, también, en el enérgico trazo de un artista obsesivo como nuestro Sérvulo Gutiérrez. Tola figura en esa galería de individuos que vivieron en permanente estado de emergencia creativa. Expresionista revulsivo, virtuoso del color, inventor de cosmogonías, eterno observador de una época que lo fascinó y lo atormentó, Tola ha sido, a mi criterio, y a criterio de incontables espectadores, críticos de arte y coleccionistas, un genio de nuestro tiempo, un dotado del reflexivo arte de perturbar.





Escribo todo esto en pasado, por supuesto. De un pasado que comenzó ayer, tras la muerte de Tola en su casa de Miraflores. Por eso, ahora, soy alguien más consciente que nunca de que la vida y la muerte de los auténticos artistas expanden una estela de epifanías.





?Sus criaturas?





Tola vivió 76 años. Esta fue solo la edad de su cuerpo; la de su alma, podría contarse en centurias. Cito a continuación fragmentos de un texto que escribí cinco años atrás, a propósito de una muestra, ?Las voces de Tola?, exhibida en la sala Pancho Fierro de la Municipalidad de Lima, donde intenté dar una apretada síntesis de la trayectoria y el significado de su obra. ?En el arte de Tola pareciera que subyacen todas las formas y pigmentos del mundo, aunque rastrear las fuentes no es asunto fácil. Bajo una rápida apreciación de su proceso creativo vemos que él se inició en el arte figurativo (?Autorretrato?, óleo, 1965), y que años más tarde derivó en una etapa alucinada, con difuminados de gran destreza técnica (?Yo, Cristo?, óleo, 1980), como consecuencia de haber establecido amistad con la artista posindigenista Tilsa Tsuchiya (cuya obra añadía el legado japonés a las tradiciones del arte europeo y precolombino). Luego, tras una ruptura que lo hizo recomenzar su obra desde un informalismo elemental, plasmó complejas pinturas y ensamblajes con reminiscencias de ?las pinturas negras? de Francisco de Goya, de los rompecabezas de Jean Dubuffet y del desgarramiento visceral del más salvaje Art Brut, hasta arribar con sus monstruos siempre cambiantes a un período donde conjugó una explosión de colores y una constelación de signos-símbolos (flechas, estrellas, manos, ojos, dientes)?.





Tola estudió en Madrid, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde egresó con el título de profesor de dibujo y pintura, y al cabo, con una mochila a la espalda, emprendió un largo viaje aventurero por Europa y Oriente. Su obra, irreverente y cargada de un profundo ethos existencial, construyó un expresionismo de exaltaciones que recogió, replanteándolas, las eternas preguntas que nuestra especie se formula inútilmente: ?¿Qué pesa más en nosotros, la razón o el instinto? ¿Existen límites para la maldad de los hombres??. Y ante ello, como el gran artista que fue, respondió con visiones; vale decir, respondió desde su calidad de artista que solo percibía la belleza en su esencia dramática. Tola fundó su propia narrativa mítica, pero teñida con las luces y sombras de nuestra época, en un tiempo que siempre avanzaba y retrocedía y que finalmente fue cuajando en el bestiario antropomorfo que lo representaba, y nos representaba, a través de su sintaxis críptica y su estética inquietante. Tola, en suma, encarnó al artista ligado a los acontecimientos de su propia vida y, riesgos formales incluidos, a su manera de enfrentar el mundo con el hecho artístico.





En los últimos años, paralelo a su trabajo creativo, nuestro pintor acopió una conspicua colección privada de grabados de artistas que brillaron en las últimas décadas por su verdad poética, por su fuerza expresiva e incluso por su relumbrón o discutible reputación. ¿Qué trascenderá de todo esto?, le preguntaba yo, curioso. Él contestaba con una sonrisa, o un ¡quién sabe! Pero esta colección, quizá, le permitía ver al otro, convivir con el otro, y, a la vez, verse a sí mismo, lo que le ayudaba a definirse en su quehacer. Tola fue un artista de confrontación, que evolucionaba por derivaciones y vueltas de tuerca, y cuya obra avanzaba en círculos, mientras subía o bajaba por el largo espiral de un viaje interior, imbuido de profundas reflexiones, y que luego, a su retorno, nos traía un botín de sentimientos, sus lujosos hallazgos.





Cada persona que conoció a Tola se forjó una idea; para bien o para mal, lo amó u odió por alguna razón, pero todos, no me cabe duda, conservan a buen recaudo el tesoro de esa experiencia. Muchos han dicho que Tola estaba medio loco. ¿Y qué? ¿Quién no está loco, por favor? La mayoría de la gente valiosa que conozco en este mundo tiene algún tipo de locura, y los que no la tienen, por lo común, suelen ser zombis, parásitos de oscura gama (conformistas, perezosos, insensibles, aburridos). Tola, hombre leal y de espíritu noble, supo alcanzar un estadio superior de la conciencia: el de los artistas honestos, íntegros, verdaderos.