Miércoles, 27 de Mayo de 2020

Tan simple como un grano de sal

ArgentinaLa Nación, Argentina 27 de mayo de 2020

Como saben, los simplificadores me caen mal

Como saben, los simplificadores me caen mal. Toda vez que me veo en la obligación de debatir con uno de estos sujetos (no lo haría motu proprio, por cierto), siento la misma aversión. Porque frente a la inconmensurable complejidad de todo lo que existe, el tipo no hace sino un gesto de suficiencia, emite su opinión preñada de prejuicios y despacha cualquier explicación técnica con un desprecio indisimulado. Le repugna el hecho de que el pequeño grano de sal sobre el mantel esté compuesto de moléculas de cloruro de sodio y que esos átomos de cloro y sodio sean elementos de una tabla periódica abundante y, sin embargo, notable por su modestia, en comparación con la vastedad de la creación. Para él, es solo un gano de sal, qué tanto. Más aún lo enfurece que esos átomos estén a su vez constituidos por electrones, protones y neutrones, y no le vaya usted a decir que tales minucias tienen sus propios ladrillos, a tal punto que, cerca de Ginebra, han construido una gigantesca máquina de 27 kilómetros de circunferencia para intentar encontrar nuevas piezas del rompecabezas subatómico, esas que anticipan las teorías de la supersimetría. Se pondrá como loco al escuchar esa palabra, supersimetría, porque en qué mente perversa cabe que un grano de sal sea tan complicado y con qué otra intención, si no subvertir el orden natural de las cosas, podría alguien embrollar tanto el mundo. Si un grano de sal es tan complicado, ¡qué dirán de un elefante o de la Luna!
El simplificador serial cree por eso que todo problema es fácil de resolver. No es así. Ni cerca. Ocurre ahora, con este coronavirus que nos tiene acorralados. Contra reloj, los científicos (esos perversos que intentan subvertir el orden natural de las cosas) tratan de explicar sus mecanismos de contagio, se desvelan por una cura o por una vacuna, desarman la genética, se hunden en un laberinto que de tan pequeño resulta casi infinito. A cada paso, en cada sinuosa curva del ácido ribonucleico, se encuentran con nuevos desafíos y con otros interrogantes. Estos exploradores de lo inextricable son nuestros salvadores.
Ellos y, por supuesto, las sacrificadas gentes de los servicios de salud, que estudiaron bibliotecas enteras de fisiología, virología, enfermería, diagnóstico y terapia intensiva, y ahora están en una trinchera real y atroz, porque el enemigo es invisible, silencioso e intangible. También nos salvan aquellos cuyos empleos son esenciales y que uno ve en sus puestos de trabajo, enfrentando al adversario espectral.
El resto de nosotros debemos hacer lo único que en esta niebla de guerra ha demostrado reducir el número de contagios y, de este modo, desactivar el solo objetivo por el que un virus existe: replicarse. Mediante cuáles células, gracias a qué receptores, por medio de qué relojería ciega e impasible, en eso se encuentran trabajando los que en un grano de sal ven una astilla del universo y no un simple grano de sal. Honremos eso, por favor.
Lo sé, cuesta aislarse. Somos sociales. No es que nos guste estar con otros y ya. Nos hace falta. Es una necesidad básica. Pero ahora es momento de apretar los dientes y aguantar. Hay un truco mental que ayuda en estas circunstancias. Lo aprendí durante algunas de mis horas más difíciles. Consiste en preguntarse si eso que ahora te hace mal te hace mal por sí o porque habías anticipado que te haría mal. Duele más el pinchazo de la hipodérmica cuando pensás durante las dos horas previas en cuánto te va a doler que si dejás que el pinchazo, que dura 5 segundos, llegue y pase como el viento, el frío o el hambre.
Llevamos muchos días encerrados, y todavía no termina. Pero lo haremos más llevadero si dejamos de anticipar la angustia y nos concentramos en todo lo que le debemos al aislamiento (la salud, tal vez) y en que es nuestra parte en esta batalla que se nos presenta porque nada en el universo es simple. Ni siquiera un grano de sal.