Miércoles, 27 de Mayo de 2020

En otra parte

ChileEl Mercurio, Chile 27 de mayo de 2020

En ciertas situaciones extremas sobre todo, la nostalgia es un bien.

La nostalgia es el dolor que se siente por lo amado que se tuvo y ya no se puede tener, por no poder, en consecuencia, regresar al lugar donde eso amado se encuentra. En ella hay un nítido componente aflictivo que emana de la carencia actual de esos bienes alguna vez poseídos. La nostalgia vuelve al sujeto -a diferencia del deseo o el anhelo- hacia el pasado, porque el nostálgico no sufre por un bien futuro inalcanzable, sino por un bien pasado que ya poseyó y ahora no puede recuperar.
Marcel Proust formula esa afirmación que podría servir de emblema de toda nostalgia: "el único paraíso verdadero es el paraíso perdido", es decir, un paraíso -una comarca de felicidad- irrecuperable en cuanto ya pasado -perdido- es el único auténtico paraíso, no uno prometido para el porvenir. Esta apreciación coincide parcialmente con el célebre verso de la Comedia: " Nessun maggior dolore che ricordarsi del tempo felice nella miseria ", sentencia que eleva a un absoluto el dolor proveniente de la nostalgia cuando el sujeto se encuentra en la miseria o, en términos proustianos, el mayor dolor es recordar el paraíso perdido en medio de un infierno.
El lado aflictivo de la nostalgia, sin embargo, posee una paradójica compensación que explica esa propensión a ir quedándose en ella y cultivarla hasta convertirla en un talante vital enfermizo. Ese aire placentero surge desde un abundante y envolvente mundo interior que la nostalgia es capaz de engendrar. El trabajo primoroso que hace con el pasado no se halla suficientemente bien descrito con la palabra "idealización", porque el mundo perdido sustituto engendrado por la nostalgia no es simplemente una versión cosmética y falsificada de la realidad (si es que esta pudiese establecerse), sino una nueva comarca enrarecida, fantástica, embellecida por la imaginación y poblada por elementos del pasado desprovistos de la dimensión deletérea y entrópica que caracteriza a todo lo humano.
Usualmente el mundo fabricado por la nostalgia, ese mundo que existe solo en la mente del sujeto que la cultiva, parece congelado en el tiempo, sin estar sometido al desorden, el envejecimiento y la muerte. Es esta la poderosa dimensión estética de la nostalgia. En ella, impulsada por la memoria, cualquier persona puede convertirse en un artista creador de mundos habitados por objetos inmarcesibles y a la vez pálidos, de atmósferas soleadas y a la vez suaves y brumosas, con esos habitantes siempre corteses, aunque escurridizos. Esos mundos son un refugio, una suerte de oasis para una persona cuya circunstancia es hostil, vulgar o enajenada y, en ese orden de cosas, en ciertas situaciones extremas sobre todo, la nostalgia es un bien, un don que trabaja a favor del equilibrio interno del alma.