Doble discurso presidencial
Detrás del discurso sereno del presidente Orsi, el arranque del gobierno está siendo -sin exagerar- uno de los más refundacionales que hemos visto desde el retorno de la democracia.
A pesar de no ser del agrado de muchos, es notorio que el presidente Orsi tiene un estilo propio en el que se hace culto de la insipidez. Un tono deliberadamente calmo, respuestas que buscan siempre el punto medio, escasa confrontación y, sobre todo, una llamativa falta de definiciones nítidas. En tiempos de estridencias y gritos, esa moderación suena, para parte del electorado, casi refrescante.
La "parte buena" de ese registro es evidente: dialoga con rasgos muy uruguayos. El gesto entrador, el mate compartido, la idea de que todo puede hablarse un poco más antes de decidir. Ese estilo cae bien, tranquiliza, descomprime. Por cierto, es una muy mala forma de gobernar, propia de quien no tiene idea a dónde va, pero también es una bastante uruguaya.
Pero el mayor problema aparece cuando esa tónica presidencial no se condice con los hechos. Porque, detrás del discurso sereno, el arranque del gobierno está siendo -sin exagerar- uno de los más refundacionales desde el retorno de la democracia.
No por la audacia de un proyecto nuevo, sino por la vocación sistemática de desandar lo hecho por el gobierno anterior de Luis Lacalle Pou.
La tradición política uruguaya fue, durante décadas, otra. Construir sobre lo existente, aceptar -aunque hubiera habido oposición previa- reformas y medidas que funcionaban, corregir sin demoler. Incluso en alternancias ideológicas profundas, hubo una comprensión básica: el Estado no puede vivir en borrón y cuenta nueva cada cinco años. Hoy vemos lo contrario.
En educación, el retroceso es explícito. La vuelta de los sindicatos a todos los órganos de conducción no es un gesto menor: es la señal de un regreso a esquemas corporativos que ya demostraron su ineficacia. Es, además, la confesión total de que no habrá ninguna propuesta de reforma educativa de fondo: solo gestionar poder devolviéndoselo a las bases más radicales.
A eso se suma la marcha atrás en la liberalización de la educación universitaria privada, cerrando puertas que recién empezaban a entreabrirse. Uruguay necesita atraer mucho más conocimiento, más personas, más instituciones; para eso es menester abandonar la pretensión soviética que algunos aún sostienen y dejar que el mundo encuentre en esta tierra un lugar para enseñar, aprender e investigar.
El ejemplo del agua es todavía más elocuente. El área metropolitana seguirá, por muchos años, sin una solución definitiva al abastecimiento de agua potable mediante una segunda fuente. No por razones técnicas insalvables, sino porque el gobierno decidió, por motivos estrictamente políticos, ir para atrás con un contrato ya firmado para construir Arazatí. El resultado es previsible: incertidumbre, atraso y una vulnerabilidad que ya conocemos demasiado bien. La alternativa de Casupá sigue dependiendo de la misma fuente de agua, por lo que no resuelve nada de fondo.
Algo similar ocurre con las lanchas patrulleras. Más allá de los problemas que pudiera tener el proceso, había una solución en camino para fortalecer el control de nuestro territorio marítimo en pocos meses. Por motivos netamente políticos, el gobierno optó por dinamitarla en vez de corregir lo que fuera necesario. Probablemente vengan juicios contra el Estado, en los que pagaremos millones entre todos. Lo seguro es que seguiremos sin los medios adecuados para patrullar nuestro espacio oceánico durante muchos años más.
En economía, el patrón se repite. Se desarmó el pilar más importante y difícil de eludir de la regla fiscal -el tope al aumento del gasto- y se lo sustituyó por una meta de endeudamiento inocua durante todo este período. El mensaje es claro: la disciplina cede, la fiesta puede seguir y las consecuencias quedarán para después.
Podríamos seguir enumerando muchas otras medidas. Nos queda la duda sobre cuánto de este revisionismo es una decisión consciente de Yamandú Orsi o si, como bien dijo Lacalle Pou, al presidente lo "arrastran" sus mandos medios a operativos de demolición permanente. Lo que sí está claro es que Orsi cerró su primer año calendario sin un solo proyecto emblemático propio; lo mejor que tienen sus jerarcas para reivindicar es la aprobación del presupuesto. Ante esta ausencia, el rasgo más identificable de esta gestión termina siendo la marcha atrás respecto de medidas del gobierno anterior.
Un doble discurso presidencial: moderación en las formas, refundación en los hechos. Y esa contradicción, tarde o temprano, se paga.