Jueves, 15 de Enero de 2026

Almorzando con los vecinos

ChileEl Mercurio, Chile 15 de enero de 2026

Ni siquiera la sobria solemnidad que Jaime Antúnez suele imprimir a los actos de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales fue capaz de impedir la extraña domesticidad del encuentro

Ni siquiera la sobria solemnidad que Jaime Antúnez suele imprimir a los actos de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales fue capaz de impedir la extraña domesticidad del encuentro. El invitado era el Presidente electo y las preguntas, como corresponde a académicos que se esmeran en estar a la altura de tales, fueron sesudas o importantes. ¿Cómo logrará controlar la seguridad sin desmedrar el debido proceso o maltratar las instituciones? -preguntó, sin temor a feminizar el encuentro, una de las dos académicas presentes.
¿Cuál será la relación con los vecinos más inmediatos en momentos en que el orden mundial parece derrumbarse? -inquirió luego de una breve disertación José Rodríguez Elizondo-. ¿Qué hacer con la educación? -preguntó otro-. No ceje en acercarse a la realidad cotidiana de las personas, aconsejó la otra académica. Y así.
Pero ninguna de esas preguntas desató una reflexión conceptual, antecedida de silencios espesos y meditabundos, como la que habría hecho Ricardo Lagos; ni fue pretexto para mostrar soltura en el manejo de los datos y las cifras, con ánimo competitivo como habría ocurrido con Sebastián Piñera; ni dio ocasión para exponer, con habilidad retórica y trazos de poesía, las transformaciones estructurales que el país demandaba, como lo habría hecho a la menor provocación el Presidente Gabriel Boric; ni tampoco hubo un despliegue de experiencia y empatía, salpicada con bromas, como solía hacerlo la Presidenta Bachelet.
No, nada.
En vez de todo eso, sentado a la mesa, acompañado de su cónyuge, el Presidente electo parecía un vecino ante todo orientado a su vida familiar. Al hablar no desplegaba un personaje salvo a sí mismo, mientras comentaba su propia experiencia personal y familiar y la extendía, sin mediación teórica, a los problemas públicos. ¿Qué ocurre en tal o cual dimensión de la vida colectiva? Nada distinto, solía decir, a lo que ocurre a alguien que ha criado nueve hijos, alguien que ha vivido la economía doméstica o ha sido concejal, cosas así. La esfera pública como una extensión del hogar o de la propia experiencia: la alergia a la más mínima abstracción.
No fue precisamente como "Desde el jardín", la novela de Kosinski; pero podría inspirar una novela titulada Desde el hogar.
La domesticidad, en suma, como inspiradora de un programa gubernamental.
¿Algo malo en todo eso? No del todo. Aristóteles en la "Política" suele decir que el manejo de lo que hoy llamamos problemas públicos es, a fin de cuentas, y bien mirado, una extensión de la casa. La economía doméstica como el secreto de las finanzas públicas. No es arriesgado pensar que esa idea debió quedar sembrada en el Presidente electo desde que la oyó en las clases de derecho natural a las que siendo alumno asistió en la Universidad Católica.
Uno de los académicos presentes -un jurista de excelencia-, mientras cundía en algunos la sensación de que todo esto podía ser banal, trivial y sin fondo, lanzó un salvavidas y logró revestir de dignidad ese discurso sencillo centrado en la experiencia personal y subjetiva que mostraba el Presidente, al observar que quizá lo que ocurría en el país no necesitaba grandes transformaciones estructurales o globales (como se ha creído todos estos años en que nada parece digno de perdurar), sino una modesta mirada conservadora. El Presidente asintió al encontrar un relato a la altura de académicos para describir su propio punto de vista. Una mirada conservadora, continuó el académico, consiste en partir de la convicción de que si la realidad tal o cual se ha mantenido por largo tiempo -la observación surgió luego de oír una opinión algo desencantada del Presidente acerca del Poder Judicial- es porque en términos generales ha de ser, como la mayoría de los jueces, virtuosa. Luego, es necesario partir de la convicción de que las instituciones en las que precipita una larga experiencia han de anidar aspectos que sin duda deben mejorarse, pero ha de hacerse paso a paso, identificando y aislando los problemas, sin arriesgar el descalabro como consecuencia de anhelarlo todo.
El Presidente se alegró al descubrir tamaña profundidad en sus palabras.
Es probable que la clave de una cierta domesticidad en el discurso del Presidente electo oculte, subterránea y escondida, una sabiduría sorpresiva de índole conservadora. Karl Mannheim caracterizó al conservadurismo como un estilo de pensamiento que consiste en una cierta experiencia y concepción acerca del cambio. El cambio no como una reescritura de lo que hay, sino como una simple fe de erratas que se efectúa sin ningún ánimo totalizador; no como la edición de un texto, sino como detección de gazapos que hay que borrar y luego corregir. Quizá eso sea lo que está detrás de esa domesticidad y de ese discurso a ras de suelo con miedo al vértigo de las ideas; ese discurso a ras de la propia subjetividad sin mediación alguna que, mientras comía con parsimonia, pronunció el Presidente.
Luego de esa observación que confería a las opiniones hasta ese momento oídas la inesperada dignidad del conservadurismo, el Presidente subrayó que eso explicaba que su mano derecha en cuestiones económicas era un microeconomista, alguien capaz de resolver inductivamente los problemas.
El tiempo transcurría -ya iban casi dos horas y media de almuerzo y conversación- y mientras la jefa de gabinete hacia gestos y señas de que todo debía concluir porque otra reunión esperaba, y mientras la secretaria de la Academia con la misma sobria elegancia del presidente Antúnez, intentaba que todo terminara o al menos insinuara terminar, el Presidente continuaba entusiasmado (quizá por haber descubierto que no era domesticidad sino conservadurismo lo suyo) dando ejemplos de su propia experiencia familiar y personal y extendiéndola a los problemas públicos.
No hizo gala de ideas enrevesadas, pero sí de una natural afabilidad que, si se mantiene, podrá favorecer la cooperación. Él lo sospecha. Sabe que ya no está compitiendo y ahora puede ser él: un vecino despojado de abstracciones almorzando con los académicos.
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