Sábado, 17 de Enero de 2026

Santurrones por necesidad

UruguayEl País, Uruguay 17 de enero de 2026

Hay que sospechar de toda persona que se jacte de ser buena.

Hay que sospechar decididamente de toda persona que se jacte de ser buena. Más bien, de toda persona que se considere incapaz de ciertos males o de mal en general. Me refiero a esas ovejas que andan entre nosotros clamando: "¡No podía hacer otra cosa!", "¡No está en mi naturaleza hacer esas maldades!", "¿Cómo podría yo hacer una cosa semejante?". Esos convencidos de su propia magnanimidad, de su inextricable gentileza, de su corazón benevolente, me parecen a mí los más insufribles e inhumanos de todos. Prefiero una bestia consciente que un autopercibido santurrón convencido de que su naturaleza emana bondades como el Uno del neoplatónico Plotino emanaba por necesidad la realidad.

Bajo ese hechizo narcisista, el bondadoso piensa de sí mismo no poder sino el bien. Ese "no poder" es precisamente el centro de la cuestión. Remite a la noción de "necesidad", de la que nos hemos olvidado porque ya no nos interesan las cuestiones de metafísica. En parte, por ciertas payasadas New Age que nos han traído una noción de metafísica más cercana a energías, piedras curativas, jabones para el alma o duendes que influirían, como los dioses griegos, en nuestras insuficiencias cotidianas y en las alegrías espúreas que tenemos.

Si uno toma el Libro V de la Metafísica de Aristóteles, esa maravillosa pesadilla, se encuentra con que "necesario" se dice de "lo que no puede ser de otro modo que como es". ¡No puede ser de otra manera!

Pero la libertad es una cuestión de contingencia, no de necesidad. Y el mal que no sea libremente efectuado no es ningún mal, de la misma manera que el bien que no surja de una elección suficientemente consciente y robusta tiene muy poco de bueno. Esos santurrones que predican de sus propias acciones el no poder sino el bien no tienen nada de buenos, precisamente porque no podrían haber hecho otra cosa.

El mismo alegato a la noción de necesidad -en sus diversas variantes- para adjudicarse a sí mismos la natural emergencia del bien y la imposibilidad del mal demuestra que no son libres, y anula en el instante su presunción.

Nietzsche sostuvo algo parecido: mucho de la moralidad es, en el fondo, una forma de cobardía. No estaba tan errado el bigotudo, especialmente teniendo en cuenta que muchísimas de nuestras consolidaciones normativas, que pretenden resguardar alguna clase de bien, esconden una incapacidad para hacer las bestialidades que quisiéramos hacer, el ansia que muchas veces ocultamos de entregarnos a ciertas prácticas indeseables u objetables. No pienso en nada demasiado rebuscado.

Por ejemplo, decirle cierto improperio al vecino, tirar una maceta por la ventana, mojar con agua hirviendo un cuadro deforme, o justificar una estructura cultural entera como la Era Victoriana. Ni que hablar de ciertos actos de crueldad con la palabra. "¡Yo soy tan bueno que no podría decir una cosa así!" No es para creerle. Prefiero al más vil hijo de mala madre que pase por el valle e intente por un instante, consciente de su espantoso corazón, hacer un mal un poquito menor a los que está acostumbrado, que al santurrón por necesidad.

Ahora bien, además de mis exageraciones retóricas, hay cierto argumento filosófico que atender, y está en el Libro II de la Ética a Nicómaco de Aristóteles. La virtud no es por naturaleza, sino por hábito. La virtud requiere cierta consideración, pensamiento, deliberación, decisión, repetición. No es que a uno le surja la virtud espontáneamente, como al mar la espuma o al sol el calor; está lejos de ser un don natural en sentido absoluto. Ciertamente, uno puede nacer con ciertas predisposiciones (esto lo aceptan hasta los neurocientíficos) y diferencias individuales, y no seguirlas conscientemente o decidir contravenirlas. Nadie sale bueno de la fábrica, ni tiene la virtud garantizada por temperamento ni por ninguna clase de intención.

La naturaleza, signada en buena medida por la necesidad, a lo sumo nos ofrecería la capacidad para ser virtuosos. Ahora bien, en nuestro tiempo la palabra "naturaleza" resulta de igual manera sospechosa, de modo que no deja de ser extraño y paradójico que algunos afirmen su etérea naturaleza a la vez que consideran que la biología es ideología. Absurdos aparte, la virtud se forma, según Aristóteles, de otro modo: la insoportable levedad del hábito. Uno se hace bueno porque lleva a cabo actos buenos una y otra vez. Uno se hace justo llevando a cabo actos de justicia. Déle a cada uno lo que es suyo; no le corte la mano al que no se robó la manzana; distribuya mejor sin robar. Estas cosas.

Ahora bien, ¿sería justo si no pudiera no dar a cada uno lo que es suyo, si no pudiera dejar de cortarle la mano al que no robó la manzana, si no pudiera no distribuir mejor cierto bien? Decididamente, no. Las acciones que son hechas por necesidad -entendida en términos metafísicos- no son morales. Todo lo moral, sea lo que fuere, tiene en su fundamento la libertad, la posibilidad misma, el poder ser de otra manera de las cosas. Si el santurrón quiere decir de sí mismo que sería incapaz de no pegarle una patada al perro cuando aúlla en la noche, que lo haga; deberíamos saber, en todo caso, que sí somos capaces de pegarle a cierto perro metafórico y que, en buena medida, estamos llenos de esos perros. No es para celebrar -ni mucho menos- la capacidad de hacer maldades; no tendría sentido. La cuestión no es mucho más que recordarle a los santurrones identificados, y a las santurronerías que nos habitan, que únicamente somos buenos en la medida en que podamos ser viles.

No por una cuestión de cliché, sino por la condición metafísica de la libertad: lo posible. Donde no hay posibilidad, todo queda reducido a la necesidad. Con eso desaparece el bien, y ni que hablar de la libertad, que es el único y verdadero fundamento de todo bien.

Consejo para el santurrón: si usted quiere seguir siendo una maravilla andante a sus propios ojos, al menos tenga la inteligencia de decirle al otro que, habiendo podido hacer el mal, eligió hacer las cosas bien. Así tendrá usted el goce de la libertad, que se le había quedado olvidada en el baúl de las necesidades.


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