La medalla de Homero
Mientras María Corina Machado se mordía la lengua en la Casa Blanca, Delcy Rodríguez le daba la mano al director de la CIA.
En un capítulo de Los Simpson, Homero descubre que nunca terminó el liceo y decide tachar el nombre del diploma del vecino y escribir el suyo. Algo así hizo Trump para terminar posando con la medalla del Premio Nobel de la Paz.
Mientras María Corina Machado se mordía la lengua en la Casa Blanca, en Caracas, Delcy Rodríguez le daba la mano al director de la CIA. Un rato después, llegaron a La Habana los restos de los 32 soldados cubanos que murieron el día en que Estados Unidos entró en Venezuela para secuestrar a Maduro.
Un día antes, Estados Unidos había comenzado a vender petróleo venezolano. Un poco más tarde, Trump y Rodríguez, quien tuvo bajo su ala al servicio de inteligencia y todavía retiene a más de 800 presos políticos, se tiraron flores por teléfono. Los hermanos Rodríguez (Jorge lidera la Asamblea Nacional) son hijos de un guerrillero muerto en los 70 por las torturas del servicio de inteligencia que Delcy terminó por comandar.
El padre integraba una guerrilla inspirada en la Revolución Cubana. Acabó detenido tras secuestrar a un estadounidense de una empresa que, décadas después, fue expropiada por Hugo Chávez. Su madre los crió con la idea de vengar la muerte del padre. Ellos lo lograron con creces.
Desde que empezó el año, o mejor dicho, desde que Washington empezó a cercar el Caribe (o quizá desde que Estados Unidos es un imperio), se han escuchado voces consternadas.
Hay indignación por la enésima intervención gringa, por el derecho, por la soberanía y por la medalla de oro que ahora ostenta un hombre casi tan obsesionado con lo dorado como con su ego.
Si recordaran que Chávez regalaba réplicas de la espada de Bolívar bañadas en oro. Le dio una hasta a Gadafi.
El gobierno de Uruguay se sumó a una declaración de países de izquierda y organizó una reunión con un instituto desconocido.
Le llaman Cefir, no tiene página web y en su Instagram de 200 seguidores hay siete fotos de Orsi, cinco de Lula y tres de Mujica.
Obsesionado con todo, pero fundamentalmente con el antigringuismo, un senador fue hasta la embajada cubana para solidarizarse por los soldados que murieron mientras, interviniendo en las Fuerzas Armadas de otro país, defendían al dictador venezolano. Al mismo tiempo criticaba la intervención y decía que aplaudirla era de cipayo.
No intenten entenderlo ni a él ni al presidente del Frente Amplio. Este último se justificó esgrimiendo que los derechos humanos se violan en todos lados y que, en plena intervención, no es lógico discutir temas de otros países, como el de los presos políticos. Mientras tanto, los familiares de estos rehenes hacían vigilia frente a El Helicoide, ese centro de torturas donde un año atrás el político español Juan Carlos Monedero dictaba conferencias sobre derechos humanos.
La izquierda española está cubierta de sospechas por sus vínculos con el chavismo. Se podría hablar del encuentro secreto en el aeropuerto de Barajas entre un ministro de Pedro Sánchez y Delcy Rodríguez, que tenía prohibido pisar suelo europeo. O del cuestionado rol de José Luis Rodríguez Zapatero, que se vende como mediador, siempre ha parecido agente del chavismo y se le acusa de ser un caballo de Troya de Pekín.
Pablo Iglesias, el socio de Monedero en la fundación de Podemos (un partido financiado por la Revolución Bolivariana), estuvo en Montevideo en 2022 para impartirles a políticos frenteamplistas un taller sobre la importancia de contar con "dispositivos mediáticos equivalentes a los que tiene el enemigo".
Por entonces, Iglesias estaba a sueldo del régimen iraní dirigiendo proyectos en medios de comunicación. Reconocía que tenía que "cabalgar las contradicciones" al cobrar de un régimen represor.
Era una decisión pragmática, decía, porque a Irán le interesaba que se difundiera en España y América Latina un discurso de izquierdas para desestabilizar a sus adversarios.
Un Irán al que le bastaron unos días de 2026 para masacrar a miles de personas. No se han leído muchos comunicados al respecto.
Y si alguien vio algo sobre Venezuela o Irán por parte de la CELAC o de los BRICS, que avise. Qué decir de Lula. Tantas décadas de complicidad con el socialismo del siglo XXI. En 2023 recibió a Maduro y habló de la "narrativa construida" sobre el autoritarismo en Venezuela.
El chavismo va camino de atornillarse todavía más bajo los auspicios de la mismísima CIA. El problema de fondo es mayor. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. es más peligrosa y menos hipócrita que las anteriores. Asoma, además, una paradoja: Trump no es paciente, le gustan las victorias rápidas y hay elecciones de medio término en noviembre. El hombre que señala a China como el gran rival sueña con un capitalismo de Estado al estilo de Pekín, que intervenga en las industrias y amenace la independencia del Banco Central. Por ahora, la economía resiste, pero cuando estornude, hasta en Uruguay nos vamos a resfriar.
Volvamos a Homero y a la tentación de corregir la historia tachando un nombre para poner otro.
A Trump lo obsesiona reescribir el relato de Estados Unidos. No le importa qué puede hacer por su país, sino a qué puede ponerle su nombre. Por la imposición de su amoralidad, una en la que la política es una extensión de su propia marca, logra contaminar todo.
El tiempo suele poner las cosas en su lugar, sí. El problema es que, antes del orden, vienen el ruido y las víctimas, de las que pocos se detienen a contar.