No todo puede ser miedo
Así comienzo este 2026: no todo puede ser miedo
Así comienzo este 2026: no todo puede ser miedo. No todo puede ser terror que nos arrincone, nos paralice, nos frustre o nos abrume con una narrativa permanente de desolación. Nos domina un lenguaje que reduce el mundo a negocios; abundante en información o desinformación, según se mire, pero cada vez más carente en humanidad. Un lenguaje sin el menor atisbo del dolor, de la solidaridad, de la gente concreta. Todo gira en torno a intereses, mientras la humanidad -paradójicamente- se vuelve cada vez más inhumana. Hace poco, en Tumaco, una líder cultural me lo dijo con una claridad desarmante: "No todo puede ser miedo. Alguien tiene que hacer el trabajo, pase lo que pase. Si todos nos hubiéramos paralizado en los momentos más crueles, nada existiría". Tiene razón. No se trata de romantizar la resiliencia, pero el mundo de hoy nos exige continuar incluso en medio de la tragedia, la criminalidad, la desidia y los intereses que todo lo erosionan. Debemos perseverar en la belleza, la bondad, la posibilidad y el propósito. La destrucción avanza rápido; la construcción, en cambio, suele ser más lenta, más silenciosa, menos visible. Colombia está llena de liderazgos valientes que, sin instituciones sólidas y muchas veces sin reconocimiento, han perseverado. Han entendido que no se pueden dejar robar el futuro, que hay que perderle el miedo al miedo... eso sí: con prudencia y con una claridad ética innegociable. Las palabras pueden tergiversarse y costar vidas -individuales y colectivas-, cerrar posibilidades, hipotecar el mañana. En contraste, las acciones silenciosas, cuidadosas, consistentes, valientes, estratégicas y oportunas permanecen. Hoy, la bondad del mundo no se mide por opiniones, deseos o intenciones, sino por acciones concretas; por los micro y macrocambios que refuerzan el valor de lo humano. El miedo no es solo una emoción: es, también, una herramienta de poder. Una estrategia política, económica y cultural que inmoviliza y fragmenta. Mientras muchos se quedan atrapados en el análisis del análisis, otros madrugan a destruir. Lo hacen con planes bien estructurados, articulando la narrativa -y esto es clave- con la acción. Una maldad coherente, organizada y eficaz, sostenida por una relatividad ética pasmosa. En El imperio del hombre, Giuliano advierte cómo hemos aprendido a justificarlo todo cuando se disfraza de progreso, eficiencia o éxito. La realidad es cruel, brutal, a veces sin límites. Pero nuestra capacidad de contener el caos y reconstruir no es menor. Se acaba de estrenar en Netflix una producción de Caracol Televisión titulada en inglés Defying Destiny. El nombre es precioso: desafiar el destino; no como una promesa utópica, sino como una decisión. La serie rinde homenaje a uno de esos liderazgos que han transformado este país: María Roa. Por eso, el título en español es María, la Caprichosa, reivindicando el "capricho" como perseverancia: no dejar de soñar a pesar de todo, avanzar en el bienestar propio sin olvidar la responsabilidad con lo colectivo. Hemingway lo expresó con crudeza: "El mundo nos rompe a todos". Luego, añadió lo esencial: algunos se vuelven fuertes en los lugares rotos. Muchas mujeres, comunidades y liderazgos en este país así lo han demostrado, construyendo transformaciones profundas en contextos de guerra, caos y marginación. La pregunta, entonces, sigue siendo urgente: si todos estamos obsesionados con sobrevivir y mirar hacia el abismo, ¿quién se encarga de construir el futuro? Porque no todo puede -ni debe- ser miedo.
La capacidad de reconstruir
Paula Moreno