Un tiro en el pie
Quizá me equivoque
Quizá me equivoque. Pero creo que el alocado aumento del salario mínimo que dispuso el presidente Petro -23,7 %: 17 puntos por encima de la inflación- fue un autogol. En lugar de favorecerlo en las elecciones, lo va a perjudicar. Primero que todo, recordemos que solo un 10 % de las personas ocupadas en Colombia ganan el mínimo. Otro 48 % gana menos que eso y no se verá beneficiado por el aumento. Esto se debe a que nuestro mercado laboral se caracteriza por un elevadísimo grado de informalidad. Y aquí viene un segundo problema: al encarecer tanto el costo de la contratación formal, el Gobierno condena a los trabajadores a una informalidad cada vez más estructural. Según un estudio de Bancolombia, 730.000 empleos formales podrían desaparecer. Estos serán sustituidos, en la práctica, por arreglos laborales más precarios. En tercer lugar, el exagerado aumento afecta la creación de empresas, así como su supervivencia. Llega un momento en que los costos sencillamente no son recuperables. Tal y como suele suceder cuando los gobiernos populistas se llenan la boca hablando de "pueblo", esto beneficia, en términos relativos, a los más ricos y poderosos, pues las firmas grandes soportan mejor los aumentos. Entre tanto, las pymes -más del 90 % de las empresas del país- son arreadas al precipicio de la insolvencia. La producción nacional pierde mercado ante rivales extranjeros, que son más competitivos gracias a que sus presidentes no gobiernan con la batuta de la demagogia. Y menos empresas se crean, por lo que hay menos empleos nuevos para los trabajadores que el oficialismo se ufana de apoyar. En cuarto lugar, no solo los privados pagan salarios. El Estado también. El aumento de estos, junto con el de las mesadas pensionales, agrava aún más la crisis fiscal del país. Y el recaudo tributario se reduce, pues las empresas reportan menos utilidades. Finalmente -así el terraplanismo económico que predomina en el Gobierno lo niegue-, no cabe duda de que la trepada de costos laborales se trasladará, en buena parte, a los precios del mercado. Puede que el descenso de la tasa del dólar alivie un poco la carestía, pero en la medida en que este sea producto de un exagerado endeudamiento estatal -como es el caso-, el remedio será peor que la enfermedad. Aun así, los investigadores económicos hablan de una inflación que podría alcanzar el 7 % este año. Y en muchos sectores será superior. Y ahí está el tiro en el pie. La mayoría de empresas del país, para poder encajar el nuevo mínimo, tendrán que hacer dos cosas. Quienes devengaban un poco más que el mínimo anterior, pero menos que el actual, quedarán anclados al nuevo piso salarial. Esto tiene consecuencias para la moral de las personas y el ambiente laboral: un trabajador que se sentía justificadamente orgulloso de percibir más que el mínimo vigente sentirá que ahora recibe lo mismo que un compañero recién contratado, o de menor rango. Por otro lado, quienes sigan ganando más del mínimo -2, 3, 4, 5 o 6 millones de pesos- recibirán aumentos apenas ajustados al IPC del año pasado, o incluso menos. Eso no alcanzará a cubrir la inflación inducida por el Gobierno, por lo que el poder adquisitivo de ese grupo poblacional se verá notoriamente comprimido. En todo: alimentos, salud, transporte, educación, vivienda, servicios, etc. Y no a fin de año, sino desde este mes. Estos colombianos, que integran la clase media, son electoralmente importantes: es allí donde se forma buena parte del voto de opinión. Y cuando ellos, así como quienes ganan menos del mínimo, vayan a las urnas en unos meses, votarán con el sentimiento -acertado- de que el Pacto Histórico los empobreció. Si yo fuera candidato opositor, empezaría a hablar de inflación cada vez que pudiera. @tways / tde@thierryw.net
Tubo de ensayo
Thierry Ways
El irresponsable aumento del salario mínimo que decretó el Presidente puede salirle peor de lo que piensa.