Diálogos que confunden
El horcón del medio de nuestro pensamiento es la persona y su libertad.
Hay palabras bautismales. Diálogo una. Cualquier cosa que pase por un "diálogo" tiene patente de buena. Sirve para un barrido o para un fregado. Si no se llega a nada, no importa. Para el discurso políticamente correcto es mejor un diálogo estéril que una decisión oportuna. Es mejor llegar a la nada, pero producto de una "amplia y participativa" deliberación que a llegar a algo producto de ejercer la responsabilidad. Es como en el fútbol, ese pasecito infértil para el costado, que nunca se arrima al arco donde se hacen los goles. Todos la tocan, pero nadie hace el gol. Todos contentos, pero empatados.
Dialogar no es bueno ni malo. Puede hablar de apertura y tolerancia. También puede servir para dilatar decisiones y para distraer. Los gobiernos sin rumbo licúan en él sus responsabilidades y vacíos. No comerse la pastilla, diría Yanuzzi.
Ahora surge otro "diálogo", el de turno es la política internacional. Tuvo preliminares durante el año pasado, tan inocuos que ya nadie se acuerda. El de la seguridad social, el de las políticas sociales, el de la seguridad pública. La nada misma. Son la expresión de la falta de rumbo. Si no hay agenda de gobierno, que haya muchos diálogos parece la consigna.
Participan los partidos políticos, ONGs, sindicatos y corporaciones de todo tipo, y el que pase y golpee la puerta.
Imperceptiblemente, estas mesas, talleres y seminarios, políticamente correctos, van vaciando la democracia. No es que cuanta más gente participa en estas aulas paralelas se mejora la democracia. Todo lo contrario: se vacía y debilita. Sobre todo, cuando no llegan a nada que es lo que está pasando.
Hay una razón principal: nada es más representativo, plural y democrático que el voto universal. Siempre. Y estos "diálogos" lo que suplen es la participación democrática legítima por "instituciones bypass" que se saltean la expresión popular.
Deliberadamente es así, no es casualidad. La suma de representaciones parciales y corporativas anula la representatividad democrática dada por el voto.
Allí hay varios que se representan dos, tres y varias veces y otros que les diluyen su voz en un mar de sellos vacíos.
Pero hay algo peor que es la sustitución del Parlamento. Es la única representación popular y legítima de la soberanía nacional; el Poder Legislativo es el ateneo de encuentro y diálogo verdadero. Si se lo va vaciando con instituciones paralelas, se lo debilita a él y a la democracia. No se entiende por qué si en él están representado todos los uruguayos haya que sacarle temas para que otros, vaya a saber con qué legitimidad, deliberen lo que el Parlamento tiene como esencia. ¿O no hay comisiones de seguridad, de internacionales, de seguridad social o del tema que le ocurra? Las hay. Y participan los elegidos por el pueblo, no los ungidos por corporaciones interesadas en sus intereses particulares sean ideológicos, económicos o del que sea. El Parlamento que tiene mil defectos, hay una cosa que también tiene y es legitimidad. Y además cada cinco años la gente decide quien lo integra. ¿Quién elige a los que se sientan a "dialogar"?
Puede haber democracia con poderes ejecutivos de distinto tipo, hasta con monarquías, lo que no hay es democracia sin Parlamento. Y lo que va pasando es que silenciosamente, no sin intención, se va sacando del ámbito natural y democrático el debate de ideas.
¿Son los partidos políticos los únicos depositarios de la opinión pública? No, claro que hay otras organizaciones académicas, gremiales o corporativas, y por eso van decenas de estas todos los meses al Parlamento a dar opinión sobre cada proyecto de ley, pero ninguna de ellas representa la voluntad nacional. Sí intereses particulares. Se los escucha con respeto, pero sabiendo que no pasaron por la pila bautismal del voto. Es la urna lo que da legitimidad democrática. La urna y solo la urna.
Una última anotación. Los diálogos cuando se presentan siempre están inspirados en encontrar acuerdos. En verdad en el Parlamento se logran estos acuerdos todos los días sobre la mayoría de los temas. Se votan por unanimidad la mayoría de las leyes. Pero todos sabemos que en los temas esenciales tenemos opiniones diferentes entre los partidos. Hay que aplaudir las diferencias, no temerle, son la pluralidad que expresa la libertad. No hay que tener miedo de ser diferentes incluso pasionalmente expresadas estas posiciones. Lo que debe aterrar son las unanimidades. Primero porque suelen ser irreales y segundo porque ahogan la libertad.
Con el gobierno tenemos acuerdos y tenemos diferencias, marcadas, en nuestra inspiración ideológica. El horcón del medio de nuestro pensamiento es la persona y su libertad. Eso nos impulsa.
Las políticas nacionales que duran y dan fuerza a la democracia no se paren sin esfuerzo, y hasta frustraciones, pero sin atajos ni "diálogos" que vacían el Parlamento y confunden. Las diferencias no deben camuflarse
Juntos en la democracia, pero no entreverados.