Quitasoles
Tía Waverly y yo ya nos aprontamos a salir de vacaciones
Tía Waverly y yo ya nos aprontamos a salir de vacaciones. Por fin el mar, las gaviotas y el pan de huevo. También las puestas de sol y las machas a la parmesana, hechas en casa y con la fórmula secreta de la tía, irreproducible e inencontrable en cualquier restaurante, chiringuito o caleta del país. El perrito Braulio irá con nosotros, como siempre, aunque él en los veranos se pone más pasivo y reservado. Cosas de labradores (quizá es la alta temperatura y la falta de nubes, a lo que me sumo: mil veces prefiero un día nublado en la playa que otro de calor).
La cosa es que esta semana la tía no ha podido encontrar el quitasol. "No sé dónde lo dejé el año pasado, mijito", espeta, bastante confundida. Y es que los lugares en los que podría estar en el departamento no son muchos: un par de clósets, el lavadero y la bodega en el subterráneo. "Pero no está en ninguna de esas partes, mijito. ¿Cómo puede ser posible?". Rebelde sombrilla, ¿dónde estará? Trato de ayudarla recorriendo todo de nuevo y nada: el parasol ha desaparecido. "!Ay, mijito¡ ¿Qué vamos a hacer?". "Pues, querida tía, comprar otro". "!¿Otro?¡", grita, "!cómo se te ocurre¡".
Me quedo perplejo. ¿Se trata de economía, nostalgia, capricho? No me atrevo a preguntarle. "Mira, mijito: cada verano, mis sueños e ilusiones revolotean bajo el quitasol. Y los guardo hasta el año que viene. ¿Me entiendes?".
La verdad es que poco. Y no sé si será que se ha puesto adicta a los programas de política en las últimas semanas...