Contextos bastardos
La capacidad de un funcionario público de autorizar letras de canciones es de un paternalismo ramplón.
La libertad de expresión es un derecho inalienable y no hay excusa que habilite a nadie a prohibir la difusión de una obra artística, por agraviante que sea. A lo sumo, la persona y el grupo insultados podrán reclamar reparación a la justicia, pero nunca ejerciendo censura previa sobre el mensaje cuestionado. La capacidad de un funcionario público de autorizar letras de canciones es de un paternalismo ramplón. Si el artista utiliza el escenario para propagar disparates, está en su derecho de hacerlo y debe responsabilizarse por sus acciones, tanto legalmente, como por la simpatía que genere en públicos cómplices y la repugnancia que provoque en aquellos a quienes afrenta.
En el caso de la murga Doña Bastarda, las paradojas son varias, porque el cuplé está bien escrito. No pretende ser humorístico, sino denunciar el nacionalismo que comienza con consignas edulcoradas y termina generando violencia. Hay una sutileza musical: cuando el concepto de patriotismo trasmuta del optimismo a la furia, la melodía pasa a tonalidad menor, marcando el dramatismo que se viene.
Los autores se han defendido de las críticas, no sin razón, en que la terrible cuarteta que refiere a convertir a las personas en jabón está sacada de contexto. Es verdad que no defienden esa atrocidad nazi sino que la critican. Sin embargo, lo que falla a mi juicio es precisamente eso: contexto.
Primero, porque la referencia a "los hacemos jabón" la vinculan con la guerra Israel-Hamás. Deberían separar los tantos: una cosa es criticar las acciones cruentas emprendidas por un primer ministro de un país democrático y otra muy distinta equipararlo al Holocausto. No es difícil inferir de esa asociación una crítica a toda la colectividad, algo absolutamente injusto tratándose de personas unidas por un credo religioso y no por el belicismo del actual mandatario de Israel.
Segundo: fallan en el contexto político. Porque denuncian el bombardeo de escuelas y hospitales, pero nada manifiestan contra las atrocidades practicadas por Hamás. Sigo echando en falta que las "murgas compañeras" hablen del horror del 7 de octubre, que fue filmado y exhibido con orgullo por sus propios perpetradores.
Tercero: fallan en el contexto sociocultural. Porque a escala global este conflicto ha provocado un rebrote del peor antisemitismo -ya no de derecha, como en el siglo XX, sino de izquierda- abonado por el poder económico de países totalitarios que financian no solo a los terroristas, sino también a medios de comunicación y universidades, invocando el verso del "antisionismo". Infórmense mejor antes de quedarse solamente con videítos de TikTok: el sionismo es nada más que un movimiento político que reivindica el derecho de los judíos a tener su propio estado. Hay sionistas de derecha y de izquierda. Un 20% de la población israelí es árabe y convive en libertad.
Ese antisemitismo enmascarado está presente en nuestro país: en aulas universitarias donde se prohibió dar una charla a un docente por ser judío. En carteles colocados en una facultad amenazantes contra estudiantes judíos. En el escrache contra la Escuela Integral, que obligó a los niños a salir por una puerta trasera. En tan grave contexto local, la murga alude a "hacerlos jabón". Ejerzan su derecho a cantar lo que quieran. Pero banquen que les marquemos que con esa metáfora se les fue la moto.