Un viaje a Washington
El viaje del presidente Gustavo Petro a Estados Unidos debería servir para algo más que el balance coyuntural de una agenda bilateral
El viaje del presidente Gustavo Petro a Estados Unidos debería servir para algo más que el balance coyuntural de una agenda bilateral. Es una oportunidad para recordar una verdad incómoda: las relaciones entre estados no pueden depender de afinidades ideológicas ni del péndulo político que domina a América Latina cada cuatro años. Los países que progresan construyen vínculos estables sobre intereses compartidos, no sobre simpatías personales, discursos de ocasión o impulsos de corto plazo. Colombia y EE. UU., como buena parte del hemisferio, comparten algo esencial: la defensa de la democracia, la institucionalidad, el comercio y la inversión como motores de prosperidad. Discutir con franqueza es legítimo; romper puentes por cálculo político es torpe. Cada giro abrupto en política exterior reinicia el reloj, encarece el desarrollo y erosiona la confianza de inversionistas y aliados, justo cuando el mundo se reordena y la competencia por capital y tecnología se endurece. Ese mismo error se repite a escala regional. América Latina lleva más de dos siglos intentando crecer fragmentada, construyendo pequeños feudos nacionales, cambiando reglas y prioridades con cada elección, y sorprendiéndose luego por la falta de integración y productividad. No es nuevo. Hace casi 200 años, Simón Bolívar advirtió que la independencia sin unidad era una victoria incompleta. Su proyecto de una gran federación, con mercado integrado, reglas comunes y defensa compartida se deshizo entre rivalidades regionales, caudillismos y desconfianza entre vecinos. También influyeron potencias externas que preferían una región dividida, fácil de negociar por partes y sin voz propia. El contraste es contundente. Europa aprendió, tras dos guerras mundiales, que la soberanía sin escala es vulnerabilidad: avanzó hacia un mercado común y reglas previsibles que trascienden gobiernos. EE. UU., una federación de estados, consolidó un mercado interno integrado que reduce el costo de transar, invertir y producir. Y el sudeste asiático, con sistemas políticos distintos, decidió dejar a un lado la guerra ideológica para integrarse productivamente. Hoy esos bloques atraen cadenas de valor, tecnología y capital; nosotros seguimos pagando el costo de la fragmentación en baja productividad, poca escala empresarial y alta volatilidad. Ese mensaje volvió a sonar en Panamá durante el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, organizado por CAF y celebrado el 28 y 29 de enero. El evento reunió a miles de líderes públicos y privados para discutir cómo posicionar a la región en el mapa geopolítico y productivo global. Allí, el consenso fue tan simple como urgente: si la región quiere "jugar en grande", necesita dejar atrás la polarización como identidad y construir un gran mercado con reglas claras y consistentes. No es retórica: significa homologar normas técnicas y sanitarias, bajar fricciones aduaneras, facilitar el comercio intrarregional, conectar infraestructura y energía, y proteger al inversionista y al ciudadano con mecanismos de arbitraje, cumplimiento y seguridad jurídica. Colombia puede y debe empujar esa agenda con pragmatismo: menos discursos y más acuerdos verificables sobre comercio, inversión y seguridad. La visita a Washington, como las discusiones de Panamá, deberían empujar una reflexión más profunda. No se trata de alinearse con una potencia ni de renunciar a la autonomía. Se trata de entender que la autonomía real se construye con integración, escala y coherencia, no con discursos cambiantes. Tras 200 años de fragmentación, quizás no falló el proyecto de Bolívar. Quizás seguimos sin escucharlo.