Libertad no hay una sola
La noción de libertad ha cambiado mucho, y eso trae consecuencias.
Libertad es una palabra "hot". Una idea fuerza. Pletórica de contenido y cargada de emotividad. Defendida con pasión desde hace siglos. Pero no siempre quiere decir lo mismo. La noción de libertad ha cambiado mucho, y eso trae consecuencias.
Para Aristóteles, la libertad estaba unida a la razón y a la virtud y tenía por sentido el florecimiento del ser humano como parte de la polis. Los estoicos desgajarán al hombre de la polis y pondrán la libertad como un derecho natural enmarcado en una finalidad de bien común. Para el Antiguo Testamento, el hombre es libre si cumple la voluntad de Dios, que informa su creación y su finalidad. Con Sto. Tomás, la libertad es un elemento fundamental para cumplir con la ley natural y la ley divina: amar a Dios y cumplir su palabra, son las realizaciones últimas de la libertad humana, que llevan al hombre a su máxima realización.
A partir de las reformas protestantes, con el repudio a la autoridad de la Iglesia y la introducción del sacerdocio universal, el camino de la libertad se empieza a abrir en varias vertientes y con el iluminismo escocés, vendrán dos quiebres: primero, el descartar la noción de una causa final en la creación del hombre, un objetivo de bien común y, luego, el basar todo juicio y criterio en la razón. El derecho ya no será consecuencia del deber, sino que lo precederá, ontológicamente.
Locke dirá que la libertad es, simplemente, la ausencia de constreñimientos externos (que nadie me ponga la pata encima). Para Hume, no hay bien y mal y si los hay, el hombre no tiene la capacidad de conocerlos. La libertad se limita a seguir las costumbres y las tradiciones. Su amigo, Adam Smith, creía que el hombre tenía la capacidad para conocer cuál es su interés y la libertad consistía en procurarlo, postulando que del universo de "egoísmos racionales" resultaría un bien general para la sociedad. Los franceses, con su revolución, proclamaron la libertad como un derecho natural limitado por idéntico derecho en los demás. Tiempo después, Montesquieu sostenía que la libertad consistía en la seguridad de la persona. Siempre dentro del concepto de lo que Isaiah Berlín llamó "libertad negativa". Para John Stuart Mill, la libertad consiste en hacer lo que uno desea y ese deseo estará determinado por su moral utilitaria. Tampoco aquí aparece la noción de bien común.
Para Berlín, la humanidad fue pasando de la libertad "negativa" de Locke, a lo que llamó "libertad positiva": ¿de qué me sirve que nadie me mande, si no tengo de qué vivir? La verdadera libertad es la que me permite desarrollarme y a eso tengo derecho. Aquí el limite de mi libertad avanza, lo que, inevitablemente, hará que la de otros tenga que retroceder. Queda por resolverse con qué criterios se resuelve eso. Hayek avanzará en el camino de la tolerancia iniciado por Locke, sosteniendo que el hombre es limitado en su razón : no puede saber todo, ni alcanzar una verdad absoluta. La libertad es el reconocimiento de esas limitaciones: nadie puede imponer a los demás y el Estado, menos. Ahora tenemos otro problema: ya no sólo no habría un objetivo de bien común que enmarca el derecho a la libertad, sino que tampoco habría un vínculo entre libertad y verdad.
La Suprema Corte de los EEUU, en 1992, definió la libertad como "el derecho (de cada uno) de definir su propio concepto de existencia, de (su) ser, del universo y del misterio de la vida humana". Otra baliza que se suelta.
Así llegamos a nuestros días. La libertad es un derecho individual (mío, independiente de todo marco general), cuyo sentido está en mi bienestar, sin referencia a un objetivo de bien común y sin vínculo directo con una noción de verdad. Libertad y verdad no son ya las dos caras de una misma realidad. Como, además, también se ha cortado el vínculo entre verdad y Democracia, no hay criterios de valor que justifiquen la creación de leyes o las orientaciones generales de gobierno. Todo será cuestión de mayorías, (y si eso no funciona, queda el recurso a una Constitución que ya trae los valores, incorporados históricamente por otros).
A todo esto, la Iglesia mantiene una noción de libertad asentada sólidamente en la filosofía del Derecho Natural, definiendo claramente su concepción acerca de la Democracia y de la Libertad. Acerca de la primera, señalaba Benedicto XVI, que no deseamos que el Estado nos imponga una idea específica sobre el bien y creemos, además, que el respeto por la libertad individual impide que el Estado, o el gobierno, decida acerca de la verdad. Es más, hablar de "verdad" suena a imposición antidemocrática. Así, la democracia contemporánea va deslizándose hacia el relativismo. Al punto de que el relativismo termina apareciendo como la verdadera garantía de la libertad.
Sobre la libertad, comenta Ratzinger: ".la libertad del individuo solo puede existir dentro de un orden de libertades. la misma esencia del concepto de "libertad" exige que sea complementado con otros dos, el de la ley y el del bien. Uno no puede querer libertad exclusivamente para sí mismo, la libertad es indivisible y debe ser vista siempre como una tarea a ser realizada para la humanidad en su conjunto. exige que emprendamos el entender la moralidad como una obligación pública y comunitaria" ("Values in a Times of Upheaval").
No es esto algo teórico, producto de la imaginación. Quién no ha oído (o dicho y aplicado a sus hijos), aquella máxima de que "hay que poner límites" ¿Y, para qué? Pues para que el niño aprenda a manejar su libertad.
Con libertad, no ofendo ni temo. Buenísimo. ¿Pero para dónde voy?