El mundo es un lugar peor
Hace unos años escribí en este periódico una columna sobre mi obsesión con las teorías de conspiración y de cómo había tenido que parar porque me estaba enloqueciendo, acostándome a las seis de la mañana muerto de miedo, convencido de que los Illuminati me iban a matar por haber escarbado tanto
Hace unos años escribí en este periódico una columna sobre mi obsesión con las teorías de conspiración y de cómo había tenido que parar porque me estaba enloqueciendo, acostándome a las seis de la mañana muerto de miedo, convencido de que los Illuminati me iban a matar por haber escarbado tanto. Luego de eso estuve un largo rato sin pensar en el tema ni consumir información al respecto y mi vida se volvió bastante más tranquila. Ahora que han salido los archivos de Jeffrey Epstein he intentado zambullirme de nuevo en ese tipo de material, pero me he abstenido porque lo poco que he investigado me parece demasiado turbio. Porque esto ya no solo se trata de premisas como que el hombre no llegó a la Luna o que las Torres Gemelas fueron tumbadas con explosivos; eso es apenas un abrebocas para novatos, el equivalente a primero de primaria en temas conspirativos. Hablo de secuestros, torturas y sacrificios, consumo de sangre y de carne humana, asesinatos disfrazados de suicidio, cacerías de personas y fiestas sexuales con menores de edad; cosas que suenan tan absurdas que parecen mentira, pero que es posible que sean ciertas porque cuando le das dinero y poder desmedidos al ser humano, este es capaz de las peores atrocidades; ejemplos sobran en la historia. Por eso, de ahora en adelante voy a creer todo lo malo que se diga de la gente, y entre más aberrado sea, más creeré que es verdad. Vean la pandemia de (hace ya) seis años. Al igual que muchos, siempre sospeché que se trataba de algo programado con el fin de ejercer más control sobre nosotros y de subir los precios de todos los productos; ahora, en cambio, estoy completamente seguro de que fue así. Por eso lamento enormemente haberme vacunado como un borrego más, entre convencido y presionado porque el carné que daban era un salvoconducto que permitía circular con cierta libertad después de meses de reclusión forzada. Los expertos en información oculta afirman que la escala social tiene siete niveles. En el más bajo estamos nosotros, las personas comunes, el 99 % de la población. Luego vienen los personajes del entretenimiento, gente a la que le dan un montón de plata a cambio de fama y silencio para que nos tengan distraídos y no cuestionemos nada. Arriba de ellos están los grandes medios, después los políticos y las figuras religiosas, todos puestos ahí para que tengamos la sensación de que podemos elegir y de que al frente de esta demencia hay alguien responsable que se preocupa por el prójimo. Posteriormente aparecen las corporaciones que generan dinero y luego el sistema financiero, que no solo lo maneja, sino que lo emite. Y encima de todo, un puñado de elegidos pertenecientes a todavía más pocas familias que son los que deciden lo que hay que hacer y cuándo hacerlo. No somos libres, no elegimos la música que nos gusta ni las series que maratoneamos en plataformas. Nuestros temas de interés no surgieron de forma espontánea, sino que fueron impuestos en pequeñas reuniones donde gente oscura decidió en qué tenía que basarse la agenda del momento. Estamos acostumbrados a identificar con nombres y caras a nuestros amos, pero el verdadero poder se esconde tras las sombras, desconocemos su naturaleza y su forma, y su mayor arma es el chantaje y el silencio. No es que estén corrompiendo al sistema, es que son el sistema, y por eso nadie investiga ni dice nada. ¿Cómo van a ponerlos tras las rejas si los políticos, los ejércitos y los jueces trabajan para ellos? Me parece que lo peor de todo esto que se está revelando no es solo el sufrimiento de las víctimas, sino la sensación de vacío, de arbitrariedad y anarquía, y la certeza de que el mundo es un lugar mucho peor de lo que creíamos porque quienes están al mando de él son personas inescrupulosas que toda la vida se han vendido como salvadoras. Y nosotros, muy ingenuamente, les hemos comprado el discurso.
No somos libres
Adolfo Zableh Durán