Hilvanando memorias
Acabo de leer el anuncio del sepelio del contraalmirante Giani y se me puebla la memoria con recuerdos...
Estoy escribiendo esta columna el lunes de mañana: tengo tema con tanta anticipación porque en la página de los avisos mortuorios de El País acabo de leer el anuncio del sepelio del contraalmirante Giani y se me puebla la memoria con tantos recuerdos...
Él fue quien abordó, desde una pequeña nave militar, la cubierta del Mar del Plata II con la misión de detener a Wilson en el momento en que éste traspasase la frontera. Se había levantado la niebla y el río estaba calmo, como un espejo. Giani transbordó, subió hasta la cubierta y, en medio del borbollón de todos los que nos empujábamos para escuchar, le hizo a Wilson la intimación correspondiente. Y Wilson, con esa aguda combinación de firmeza e ironía tan suya le contestó: yo saqué pasaje en este barco para Montevideo y si no es por la fuerza no me bajo hasta llegar a ese destino. Y Giani entendió. Y así fue, el 16 de junio de 1984.
Llegamos al puerto de Montevideo escoltados por toda la flota de guerra de la Marina uruguaya; un puerto de Montevideo vacío, sin un alma, amurallado por los contenedores apilados ad hoc, para que no hubiese testigos del desembarco de Wilson y del posterior despegue del helicóptero que levantó vuelo con rumbo desconocido pero iba derecho al calabozo del cuartel de Trinidad. A los otros pasajeros del Mar del Plata II nos fueron sacando del puerto en grupos, desparramándonos por todo Montevideo: a mí me dejaron en Burgues y Bulevar.
El Partido Nacional tiene sus peculiaridades. El escudo partidario comienza definiendo: somos idea. Sí, el Partido es efectivamente idea, tiene un espinazo solido de conceptos que mantiene, adoptando diversas formulaciones según las épocas, siempre coherente entre sí.
Pero el Partido Nacional, desde siempre, (y hasta siempre) también se ha caracterizado por mantenerse en algo así como rueda de fogón, de campamento al anochecer, de circulación pertinaz de recuerdos y afectos. La épica partidaria se constituyó en los campos de batalla pero se evoca, se atesora. se convierte en trova de payadores y letra de canciones: perdura en la anécdota de algún blanco, sin título ni cargo alguno, acometiendo sin aspavientos uno de esos gestos que solo se le ocurren a un blanco.
Enhebrando recuerdos me viene a la memoria el negro Schwengler. ¿Qué hizo para que no nos podamos olvidar de él? Ya se habían llevado al Toba, ya se sabía o se temía el desenlace fatal. El Toba tenía un pequeño local comercial que había abierto para tener en el exilio una actividad y un ingreso: allí había colocado una banderita de los Treinta y Tres. Schwengler, que ayudaba en ese local, enterado de la captura de su amigo, se indignó: no es admisible que los sinvergüenzas que se llevaron al Toba se queden con su banderita. Y se dispuso a esperar, tapado por la noche, un cambio de la vigilancia del lugar para entrar rápidamente, agarrar la banderita y llevársela, fusionando en ese acto temerario y fraterno su afecto por el amigo, su desafío a la dictadura y su lealtad partidaria. al Partido Nacional.
Ejemplo de tantos servidores que, como Melitón Muñoz, cuando llegó al campamento de Aparicio para incorporarse, clavó la lanza en el suelo antes de apearse, y dijo que venía a servir a la Patria y al Partido. En ese orden. (Y sé que fue así porque me lo contó el Serrano).